Homilía para el 2º domingo de Adviento del Año B (04/12/2011)

Estamos en el tiempo de espera de la Navidad y de la última venida de Cristo. Navidad como memoria de la encarnación del Hijo eterno de Dios, a la vez, nos abre el horizonte a la manifestación definitiva de Cristo al finalizar la historia. Lo que ha sucedido en Palestina, hace dos mil años, - estamos convencidos que realmente ha sucedido - , nos da la certeza de la fe que Cristo volverá como lo ha prometido. El apóstol Pedro nos advierte, que el Señor no tardará en cumplir lo que ha prometido. ¿Cómo será eso? Pedro habla de un cielo nuevo y una nueva tierra que surgirá después de la desintegración de los elementos. Habrá un mundo nuevo, donde según el salmo “el amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán”.

La primera venida de Cristo preparó Juan el Bautista. La Iglesia repite hoy sus palabras: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”. ¿Qué significa esto en lo concreto? Por lo pronto, hay que tomar conciencia que tanto la vida personal como la historia del mundo tiene un término. Estamos de paso. Aún con el avance de las ciencias, la vida aquí es corta. Al mismo tiempo, la fe nos da la seguridad que el hombre no termina en la nada; que la muerte no es una puerta cerrada, sino un umbral donde pasamos a la vida eterna, y nos aguarda el Señor como juez justo. Allanar el camino para este encuentro, significa liberarnos ahora de las ataduras de lo pasajero y anticiparnos a la vida que nadie nos puede quitar. Vivir al estilo de Jesús y de los apóstoles, que no consideraban nada como propio exclusivo sino compartían lo que la providencia les hacía llegar. Allanar los senderos significa aceptar a los otros como hermanos en una familia grande y hacer de la pertenencia a la Iglesia una opción para siempre. Preparar el camino incluye el compromiso de hacer valer la enseñanza de Jesús en la sociedad y participar activamente en los diversos estamentos y asumir responsabilidad en el orden civil. Cada uno en el lugar donde le toca trabajar.

A diferencia del Antiguo Testamento, del cual Juan el Bautista era el último testigo, la vida de la Nueva Alianza no es concebida como una cuestión moral según los mandamientos, sino como una vivencia mística, ya que fuimos bautizados con el Espíritu Santo quien nos orienta, anima y fortalece. Gracias a su presencia en nosotros somos capaces de hacer grandes cosas y decirle al Señor con libertad: “Haz de mí lo que quieras” y pedir con fuerza: “Venga a nosotros tu Reino”.

Que durante este tiempo del Adviento cada uno y cada una se pregunte por los escollos que lo hacen atropellar en su camino y trate de sacarlos antes de llegar la fiesta de Navidad.

Luis T. Stöckler
Obispo Emérito de Quilmes