Carta Pastoral a las Comunidades en el Día Nacional del Enfermo (13/11/2011)

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Con esta carta, los obispos argentinos a través de la Comisión Episcopal para la Salud , queremos invitarlos nuevamente a brindar su atención a un campo pastoral, donde se juega con mayor sensibilidad nuestra fidelidad a Cristo. Nos referimos al mundo de los enfermos, a los cuales Jesús hacía sentir con preferencia su cercanía. En este año, declarado por el Papa “Año de la Vida ”, queremos apelar a su conciencia a defender la vida en todas sus fases, pero especialmente en sus comienzos y en su final. Tenemos motivos serios para insistir en la responsabilidad de los cristianos en hacer escuchar su voz en estos momentos, en que muchas otras voces reclaman el reconocimiento legal del aborto y la eutanasia.

Valoramos que en nuestro país el gobierno de la Nación otorgue a la madre del niño por nacer, a partir del cuarto mes del embarazo, la asignación universal y reconozca así el derecho del nuevo ciudadano a ser respetado y cuidado por la sociedad. Es una señal que debería ser entendida como iniciativa para defender la vida humana desde el primer instante. A partir de la concepción, con la cual está definido el código propio de cada ser humano, nadie puede arrogarse la autoridad de quitarle la vida. Porque está en juego el derecho más fundamental de todos los derechos humanos, que es el derecho a la vida. Es un derecho que no se atribuye, se reconoce; no se otorga, se respeta.

No es nuestra intención juzgar a las mujeres que han sido sometidas a presiones tan fuertes por parte de familiares y amigos, o han sido mal asesoradas por médicos y personal sanitario, y se sintieron psicológica y socialmente obligadas a ceder al aborto: no hay duda de que en este caso la responsabilidad moral afecta particularmente a quienes directa o indirectamente las han forzado a abortar. Pero no podemos callarnos frente a la verdad y debemos llamar las cosas por su nombre, apelando de manera particular a la conciencia de los legisladores y autoridades sanitarias, que a su vez están expuestos a las presiones de instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y difusión del aborto en el mundo. “Estamos ante lo que puede definirse como una “estructura de pecado” contra la vida humana aún no nacida” (Cf. EV 59).

Cuando nosotros, como cristianos, bregamos por el respeto absoluto a la vida, estamos motivados por la convicción de nuestra fe que el hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios y está destinado a vivir para siempre, hasta la eternidad. La vida es un don. Quien ha sido engendrado o engendrada no volverá a la nada. Estamos llamados y llamadas a participar en la misma vida de Dios, ya ahora mientras vivimos en esta tierra y después en plenitud total.

Esta convicción nos inspira también a defender la vida de los ancianos y enfermos, especialmente cuando se declina su existencia. “Cuando prevalece la tendencia a apreciar la vida sólo en la medida que da placer y bienestar, el sufrimiento aparece como una amenaza insoportable, de la que es preciso liberarse a toda costa. Aparece entonces la tentación de la eutanasia, esto es, adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin a la propia vida o la de otros” (cfr. EV 64). Solo Dios es el dueño de la vida. Cuando ya no hay posibilidad de curación, estamos llamados a implementar los cuidados paliativos que prevén el alivio del sufrimiento, sin anticipar ni postergar la muerte. Como cristianos sabemos que “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos” (Flp 2, 8). “Vivir para el Señor significa también reconocer que el sufrimiento, aun siendo en sí mismo un mal y una prueba, puede llegar a ser fuente de bien. Llega a serlo si se vive con amor y por amor, participando, por don gratuito de Dios y por libre decisión personal, en el sufrimiento mismo de Cristo crucificado” (Cf. EV 67). Ayudemos a los enfermos y ancianos a vivir con dignidad, tan activamente como sea posible, antes y aun en el momento de la muerte.

“El evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. Cuando la Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente – desde la concepción a su muerte natural – es uno de los pilares sobre los que se basa toda sociedad civil, quiere simplemente promover un Estado humano” (Cf. EV 101).

Reciban, queridos hermanos y hermanas, nuestro apoyo y nuestra bendición en el compromiso compartido por la vida y la dignidad de los conciudadanos, especialmente de los más débiles y de quienes cuidan de ellos.

Buenos Aires, 15 de septiembre de 2011.


Mons. Luis T. Stöckler
Presidente
Comisión Episcopal
para la Pastoral de la Salud