Homilía para el 32º domingo del Año A (06/11/2011)


Los últimos domingos del año litúrgico nos preparan ya para el tiempo del adviento y el día de la manifestación clara y definitiva del Señor. La parábola de las vírgenes a la espera del novio, cinco de ellas prudentes y cinco necias, nos advierten que siempre hemos de estar prevenidos, porque no sabemos el día ni la hora.

Aunque no podemos ver al Señor todavía, sin embargo, él se deja encontrar ya ahora por los que lo buscan.

Lo que la primera lectura dice de la Sabiduría , podemos entenderlo como dicho de la Palabra eterna, es decir del Hijo de Dios. “Se deja contemplar fácilmente por los que la aman y encontrar por los que la buscan. Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean”. San Pablo dice lo mismo a los Romanos: “Sus atributos se hacen visibles a los ojos de la inteligencia, desde la creación del mundo, por medio de sus obras” (Ro 1, 20). Pero la convicción de la existencia de Dios y de Jesús como su Hijo no alcanza. Hay que desear a encontrarse con él. El que ama espera al amado, aún cuando el otro demora. La carta a los Hebreos dice: “La fe es la garantía de los bienes que se esperan, la plena certeza de las realidades que no se ven” (Hebr 11, 1). ¿Lo esperamos a Jesús de verdad?

Lo que hemos celebrado en estos días, en la fiesta de Todos los Santos y en el día de los Difuntos, nos hace tomar conciencia que la historia personal y universal tiene un fin, en cuyo horizonte está Cristo quien sale a nuestro encuentro. Hoy muchos no quieren hablar de la muerte; lo que aumenta la ansiedad de la distracción o el activismo agobiante. Es ahí que la Iglesia nos repite aquel grito que se oyó a medianoche: “¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!” ¿Tenemos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes del evangelio?

Pidamos al Señor que al recibirlo en la eucaristía nos quite los miedos, haga más fuerte nuestra fe en su presencia, nos alegre con la esperanza de poder verlo y aumente nuestro amor en cada instante que su providencia nos ofrece para compartir la vida.

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Luis T. Stöckler
Obispo emérito de Quilmes