Homilía para el 30º Domingo del año A (23/10/2011)

Jesús resume toda la Ley y los profetas en un solo mandamiento: ¡amar! El hombre, por ser imagen de Dios, tiene como vocación y destino amar como el mismo Dios ama. Dios es amor. Desde que por Jesús conocemos la vida interior entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, sabemos que el hombre vive plenamente solamente, cuando comparte la vida.

No hay nada de todo lo que existe cuyo origen tenga otra explicación que el amor de Dios. Dios en sí mismo no tiene ninguna necesidad. La única razón de que haya creado algo que no sea él mismo, es la gratuidad de su amor, por el cual quería dar participación a otro ser en su vida. La Biblia lo grafica con la imagen sugerente del Señor Dios quien modeló al hombre con la arcilla del suelo y sopla en su nariz un aliento de vida. La creación es la primera declaración de amor que Dios nos hace. En ella se ve claro que Dios “nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

Aún más revela Dios su amor, cuando elige al pueblo de Israel como un padre o una madre ama a su hijo; como un esposo ama a su esposa; como un pastor su rebaño. Pero es en Cristo en quien llega a plenitud la manifestación del amor de Dios, quien crea en el hombre un corazón nuevo y un espíritu nuevo. De Cristo “ha sido difundida la caridad de Dios en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Ro 5, 5).

A partir de esta presencia del Espíritu en nosotros es posible, lo que Jesús le contestó al doctor de la Ley. Gracias al Espíritu en nosotros somos capaces de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu. Y gracias a esta presencia también somos capaces de amar al prójimo como a nosotros mismos. Estos dos amores son inseparables, hasta el punto de que un amor se verifica por el otro.

Jesús nos ha dado el ejemplo cómo se practica este amor doble. Los evangelios lo muestran en su relación con el Padre, al cual busca en la oración de la soledad; y en su amor al prójimo enseñando, curando, consolando a los que se presentaban en el camino. ¡Imitémosle a Cristo! Reservemos todos los días un tiempo generoso que permita llegar a una oración profunda; y tengamos cada día la delicadeza de prestar atención a alguien quien necesita de nuestra ayuda. El estímulo más fuerte nos viene de la Eucaristía , en la cual el Señor nos infunde su Espíritu para vivir el amor.


Luis T. Stöckler
Obispo Emérito
Administrador Apostólico
Sede Vacante
Diócesis de Quilmes