Homilía para el 28º domingo del año A (09/10/2011)

Cada vez que terminamos la Misa , recibimos el envío de ir y llevar la paz de Cristo al mundo. El Domingo de las Misiones es una ocasión para pararse a pensar si respondemos y cómo respondemos a la vocación misionera; una respuesta esencial para la vida de la Iglesia. Nuestra identidad como cristianos se define por la conciencia de ser enviados para seguir la misión de Jesucristo.

La fuente de la misión es el mismo Dios uno y trino. El Padre envía al Hijo para salvar a los hombres e infundirles el Espíritu Santo, para que sean hijos en el Hijo. Lo que se inició en María al recibir la Palabra eterna de Dios en su seno por obra del Espíritu, desató el crecimiento incontenible de la presencia de Dios en la creación. Lo que comenzó en Nazaret, se difundió primero en los pueblos de Galilea y Judea; pero también los países limítrofes con su población pagana fueron testigos del mensaje y los signos de Jesús. La salvación tenía que venir de los judíos, pero su destinatario es el mundo entero. Por eso, el Resucitado les da a los apóstoles como último mandato: “Yo he recibido todo el poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20).

Juan Pablo II, este impulsor de la evangelización, decía: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia , está aún lejos de cumplirse. Una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (RM, 1). Cuando se cae en la inercia y se conforma con lo alcanzado, el espíritu pierde su vigor y “se percibe el debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia Católica ”, observó Benedicto XVI en Aparecida.

“Algunos se preguntan si aún se puede hablar de actividad misionera específica o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se debe admitir que existe una situación única, no habiendo en consecuencia más que una sola misión, igual por todas partes. Hay que precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de reducir, si no desaparecer, la misión y los misioneros ad gentes” (RM, 32). “Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar” (RM, 34). Si alguien ha tenido la oportunidad de conocer países, donde el mensaje cristiano todavía no ha llegado al corazón del pueblo, nota fácilmente las diferencias culturales y sociales. La Madre Teresa de Calcuta ha sido una llamada de atención en un ambiente, en que los abandonados formaban parte de una sociedad, donde según las diversas castas se aceptaban las diferencias e injusticias.

“La evangelización es un proceso complejo y comprende varios elementos. Entre ellos, la animación misionera ha prestado siempre una atención particular a la solidaridad. Éste es también uno de los objetivos de la Jornada Mundial de las Misiones, que, a través de las Obras Misionales Pontificias, solicita la colaboración para llevar a cabo las tareas de evangelización en los territorios de misión. Se trata de sostener instituciones necesarias para establecer y consolidar a la Iglesia mediante los catequistas, los seminarios, los sacerdotes; y también de dar la propia contribución a la mejora de las condiciones de vida de las personas en países en los que son más graves los fenómenos de pobreza, malnutrición sobre todo infantil, enfermedades, carencia de servicios sanitarios y para la educación. También esto forma parte de la misión de la Iglesia ” (Mensaje Benedicto XVI).

Las Bodas del Hijo están preparadas. El Señor nos envía para que salgamos a los cruces e invitemos a todos los que encontremos. Apoyemos con nuestra oración especialmente a aquellos que están en las fronteras de la misión, a veces sin poder hablar, pero dando testimonio con su modo de vivir.


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes