Homilía para el 26º domingo del año A (25/09/2011)

La llamada a trabajar en la viña del Señor llega a todos. Vinimos al mundo para vivir en comunidad y aportar cada uno por su trabajo para el bien común. Cumplir con esta voluntad de Dios es la ley común. Dios invita, no obliga a la fuerza. El hombre es libre y por eso responsable de sus actos y de su destino. Lo que importa es el proceso interior de la persona. Escuchar lo que Dios nos pide y ponerlo en práctica, es el buen camino. Aún cuando alguien está contrariado con la voluntad de Dios pero hace lo que pide, va por buen camino.

Los que están muy seguros de sí mismos, y gozan de la consideración de la sociedad, corren mayor peligro que los despreciados y marginados. Jesús se lo avisó a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Los publicanos y las mujeres en situación de prostitución, en cambio, no se consideraban perfectos y eran más sensibles a la enseñanza del Reino de Dios. Dios recibe al que se arrepiente de su camino. En realidad, las dos actitudes de la rebeldía y de la buena voluntad se encuentran en cada uno. Todos los días debemos responder a la invitación del Señor. “Ojalá, escuchen hoy su voz: No endurezcan su corazón como sus padres en el desierto, aunque habían visto mis obras”, dice el salmo (94).

Tanto el profeta Ezequiel como Jesús en el evangelio nos advierten que debemos prestar atención a la disposición del corazón para hacer la voluntad de Dios. No es suficiente tener buena voluntad sino hacer lo que Dios nos pide. Quien escuchó y aceptó el primer llamado al seguimiento y no siegue caminando, se equivoca si piensa poder mantener este lugar; en realidad va retrocediendo y vuelve a una vida trivial y mediocre. El “más” en el seguimiento de Cristo no significa acumular actividades a través del tiempo, sino entrar en una transformación más profunda del ideal, y del modo cómo nos relacionamos con el Señor y con el mundo que nos rodea.

¿Cómo sucede esto? Nuestras obras no solamente nos acompañan (Apc 14, 13), sino nos transforman, tanto cuando actuamos bien como cuando obramos mal. Nuestros actos cambian nuestro modo de ver y juzgar las cosas. Cuando cedemos a una debilidad con el propósito de probarlo hasta cierto punto, no sabemos se después de haberlo probado veamos y juzguemos como antes; y si no, lo que antes nos parecía inaceptable, después nos puede parecer deseable. Antes y después de nuestros actos no somos los mismos. Cuando uno consiente interiormente a limitar su entrega, puede esto marcar el momento en que el rumbo de su vida cambia de sentido, como cuando uno desliza por una pendiente, sin poder parar la cada. A la inversa, los que son generosos en la entrega, son capaces de cosas grandes, que antes resultaban imposibles.

El ejemplo de la obediencia nos ha dado Jesucristo. El Padre era su devoción a quien buscaba en la soledad para descubrir su voluntad. La voluntad humana y la voluntad divina estaban en él en un permanente diálogo. La sumisión a la voluntad del Padre le daba a Jesús la seguridad de ser coherente en el camino de su misión, que lo llevó, a través de las pruebas interiores y luchas exteriores, hasta el fin. “Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte en cruz”.

San Pablo, en la carta a los filipenses, nos impulsa a la misma coherencia. Nos exhorta que, por el Espíritu que Cristo nos alcanzó, no hagamos nada por interés ni de vanidad, y que la humildad nos lleve a estimar a los otros como superiores a nosotros mismos. Obedecer significa prestar el oído, darnos cuenta de lo que el otro nos tiene que decir. Porque Dios se comunica con nosotros no sólo en la soledad, sino también por el prójimo.

La Iglesia es un lugar preferido para ejercerse en la común escucha de la voluntad de Dios. Su magisterio continuo guía no sólo a los fieles sino tiene como destinatarios a todos los hombres. La Palabra de Dios transforma el mundo. Pero es necesario que sea anunciada; oportunamente o inoportunamente, como lo hace el Santo Padre en sus viajes apostólicos.

De nuestra parte, tratemos de ser coherentes escuchando la Palabra y poniéndola en práctica.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes