Homilía para la fiesta de Nuestro Señor de los Milagros de Mailín (18/09/2011)

“Cuando sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Con la presencia de ustedes en la fiesta de nuestro Señor del Milagro de Mailín, esta promesa del Señor se hace concreta y palpable. Porque es él quien nos atrae y nos une a todos; es el Cristo que ha sido levantado en la cruz y nos convoca desde lo alto.

Pareciera una contradicción que nosotros hagamos una fiesta frente a esta realidad dolorosa y que, siguiendo la tradición de la Iglesia , queramos exaltar la cruz. ¡Qué escándalo! decían los judíos; ¡qué locura! decían los griegos en tiempos de San Pablo, cuando él les predicaba una Cristo crucificado. Porque los unos iben en busca de prodigios, los otros en busca de sabiduría (cr. 1 Co 1, 22-23). “Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, decía el apóstol, “por él el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14). “Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres” (1 Co 1, 25).

Para el pensamiento humano nunca ha sido fácil comprender esta verdad de la fe. Ya el apóstol Pedro quería retener a Jesús para que no corriera el riesgo de la persecución y muerte. Jesús le dijo entonces: “Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son de Dios, sino de los hombres” (Mt 16, 23). Lo que parecía tan humano, en realidad era inspiración de Satanás. En cambio, se la muerte de Jesucristo es asumida como fuente de vida y signo de amor, nuestro pensar y, sobre todo, nuestro sufrir alcanza un sentido muy profundo. Estamos con esta afirmación en el centro del mensaje cristiano. Cuando exaltamos la cruz, no queremos justificar o minimizar las injusticias y atrocidades que cometen los hombres, o adormecer la conciencia del pueblo, sino manifestar nuestra adhesión a Jesucristo, quien trastocó nuestros sentimientos y resentimientos al asumir y destruir nuestra miseria por su amor total en la cruz. “Ustedes estaban muertos”, dice el apóstol, “a causa de sus pecados, pero Cristo los hizo revivir con él, perdonado todas nuestras faltas. Él canceló el acta de condenación que nos era contaria, y la hizo desaparecer clavándola en la cruz.” (Col 2, 13-14).

¿Cómo se entiende que la Iglesia haga con motivo de la cruz de Cristo un fiesta y que no se limite a la celebración del Viernes Santo? La razón nos da la fe: Con la muerte voluntaria del inocente Siervo de Dios, la maldición que pesaba sobre nosotros, se ha transformado en bendición; y los ayees de la amenaza se trastocaron en bienaventuranzas. Lo que parecía derrota, en realidad era victoria. Exaltamos la cruz, porque en ella la humillación fue contrarrestada por el perdón y la humildad. Exaltamos la cruz, porque el egoísmo fue superado por la entrega. Exaltamos la cruz, porque en ella la argucia legal fue reemplazada por la rectitud del corazón. Exaltamos la cruz, porque en ella la enemistad entre las clases y las naciones fue vencida por la hermandad. Exaltamos la cruz, porque en ella la prepotencia del imperio fue desarmada por el servicio al Reino de Dios. “Pertenecer a este Reino”, decía Pablo VI, “ es una dicha paradójica hecha de cosas que el mundo rechaza” (EN 8). Pero es dicha, la única dicha verdadera y perdurable. Es la dicha de Pascua. Es la dicha de la Iglesia.

Y no estamos solos en este camino. Nos acompañan nuestros Santos. Su vida ha sido una manifestación de esta dicha paradójica del Reino. Han sido gozosos por haber sido considerados dignos de sufrir por Cristo, como los apóstoles cuando los habían azotado en el sanedrín por haber anunciado a Jesús como el Salvador. Y le han servido al Señor reconociéndolo en los enfermos, los presos, los pobres, los perseguidos, sufriendo con ellos hasta morir por ellos. Ellos aplicaron cen su vidas la palabra del apóstol quien se solidariza con los otros, cuando dice: “¿Quién es débil sin que yo me sienta débil?, y que también nos hacen entender la fraxe: “Si hay que gloriarse de algo, yo me gloriaré de mi debilidad” (2 Co 11, 30). Su ejemplo y compañía es un estímulo para nuestras comunidades y cada uno de nosotros, pastores, consagrados y fieles laicos, a seguir como ellos al Señor con generosidad. Nosotros debemos reconocer que las cruces que llevamos, a veces son las consecuencias de nuestras propias debilidades; cargarlas sirve entonces para nuestra purificación. Pero ciertamente hay también cruces que otros nos imponen, como lo hicieron con Simón de Cirene. Sabemos que el cargarlas, ayudamos al Señor para redimir a los demás. Él nos invita a soportar las cargas ajenas como lo hizo él. La salvación la alcanzó no por vida de buen ciudadano en Nazaret, ni por la enseñanza y la denuncia durante su vida misionera, sino por la entrega en la cruz. Con ella nos abrió el camino al Padre.

Nos acompaña en el seguimiento del Señor su Madre que estuvo con él al pie de la cruz y que nuestra diócesis venera como primera patrona. Ella vive exaltada al lado de Jesús resucitado. Ahora en la eucaristía, al recibir el cuerpo del Señor, ella también entra en comunión profunda con nosotros, porque este cuerpo fue engendrado en su seno. Por eso, indisolublemente participa en el Misterio Pascual que ahora celebramos, y nos anima a tener confianza en su Hijo al cual aclamamos: “¡Te adoramos, Cristo, y te bendecimos, porque por tu santa Cruz redimiste al mundo!”.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes