Homilía para el 25º domingo del año A (18/09/2011)

La parábola de los viñadores difícilmente se puede comprender como modelo para la organización de una empresa; ni hoy, ni tampoco en tiempos de Jesús. Que todos los obreros reciban el mismo jornal, tanto los de la primera como los de la última hora, no responde a nuestro concepto de la justicia. Se puede comprender que los de la primera hora, al recibir como últimos el pago, pensaban algo más de lo convenido. El propietario, sin embargo, mantiene su actitud: “Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?”.

Con esta historia llamativa Jesús quiere hacernos comprender que Dios es nuestro Señor, el único para todos los hombres, pero que manifiesta su poder en la bondad y misericordia. Todo es suyo: la viña del mundo y nosotros mismos que fuimos creados para colaborar con él. Su señorío, sin embargo, no lo ejerce al estilo de un empresario. ”Los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos”, dice el Señor. El Reino de Dios es distinto. La actitud del dueño en la parábola es la de un padre o una madre de familia, quienes quieren a todos sus hijos por igual, pero brindan mayor dedicación a los débiles, a los enfermos y a los que más les hacen sufrir. Los que son considerados últimos por los hombres, Jesús los busca en primer lugar. Y los busca para que sientan el amor que el Padre les tiene; y los invita a trabajar con el, porque la cosecha es grande, y faltan muchos que todavía no han descubierto el amor de Dios.

Los que trabajan por el Reino, se alegran con cada uno que acepte la invitación y adquiera así la dignidad de trabajar juntos en una gran familia. No hay envidia. Si la nobleza del alma se nota en aquel que se compadece del otro en sus necesidades, más todavía en aquel que se alegra con los dones que el otro ha recibido. Todos somos hijos del mismo Padre, pero a cada uno lo ha hecho distinto. Por eso, mutuamente nos enriquecemos con los diferentes dones que Dios nos ha dado en su inmensa sabiduría y bondad. La única recompensa que satisface al hombre es el sentirse hijo amado por el Padre, vivir en plena comunión con él y con los hermanos; el dinero y los bienes compartidos pueden ser un medio para ello, pero no el fin.

Cuando Jesús decía que muchos de los últimos serán los primeros, hablaba de nuestra vocación que fuimos llamados después del pueblo elegido de Israel. Pero nuestra dicha no es menor que la de nuestros hermanos mayores. Y Dios sigue llamando a todos los pueblos. Nadie está excluido de su corazón misericordioso. Ésta es la buena noticia del Reino. Pero el llamado debe ser aceptado por cada uno con libertad para entrar en la viña y ser de la familia de Dios, y no quedar afuera a la hora de la paga. Hasta la última hora de nuestra vida Dios quiere compadecerse de nosotros, como lo hizo Jesús con el buen ladrón en la hora de su muerte.

Pidamos al Señor que esta Eucaristía nos haga testigos de este amor, para ganar a alguien que todavía no trabaja en la viña.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes