Homilía para el 21º domingo del año A (21/08/2011)

En este día, el Papa Benedicto XVI culmina en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud , que ha convocado una multitud de jóvenes de todos los continentes. Desde que se realizó esta Jornada en 1987, con motivo de la visita pastoral de Juan Pablo II a nuestro país en Buenos Aires por primera vez, la participación de los jóvenes sigue confirmando el rol del Papa como garante de la unidad. Los mayores hemos tenido la dicha de haber conocido hombres extraordinarios en la sede del obispo de Roma; hombres que nos hicieron y nos hacen vibrar con la palabra de Cristo, dirigida a Simón Pedro: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. La figura del Siervo de Dios de Pío XII, la inspiración sorprendente y la bondad de Juan XXIII, la sensibilidad profética en un mundo en cambio de un Pablo VI, la cautivante alegría de Juan Pablo I, y el testimonio incansable que nos conmovió hasta su último suspiro de un Juan Pablo II. Aún muchas personas que no tienen fe, perciben al Papa como referente religioso para la humanidad.

El secreto de los sucesores de Pedro, sin embargo, no está en sus cualidades humanas, sino en la presencia del Señor de la Iglesia , que es Jesucristo, en aquel que él elige para representarlo. Cuando le cambió el nombre a Simón, el hijo de Jonás, llamándolo Pedro, es decir piedra, no le cambió su temperamento voluble, sino aseguró que él mismo iba a dar la firmeza imprescindible al que tenía que ser conductor de los Doce y garante de unidad del pueblo de Dios. Ya la profesión de fe de Pedro en Jesús como el Hijo de Dios vivo, no fue expresión de su perspicacia humana sino inspirada por el Padre que está en el cielo. Y la seguridad que el poder del mal no podrá prevalecer sobre la Iglesia , fundada sobre Pedro, viene de Cristo mismo. Ya en la última cena, Jesús le avisó a Pedro que había rezado por él, para que él, a su vez, conforte a sus hermanos. Y cuando le da la autoridad de atar y desatar, declara que la palabra de Pedro define lo que está permitido y prohibido, y le otorga el poder de excluir y reincorporar en la comunidad religiosa.

La Iglesia católica es conciente de haber conservado el ministerio del Sucesor del apóstol Pedro, el obispo de Roma, que Dios ha constituido como “principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad” (LG, 23). Este signo visible en la memoria de la mayoría de los demás cristianos está marcado por ciertos recuerdos dolorosos, por los cuales los Papas Pablo VI y Juan Pablo II han pedido perdón. Sin embargo, en el diálogo ecuménico surge la importancia de una figura que represente un lazo de comunión. Durante un milenio los cristianos estuvieron unidos “por la comunión fraterna de fe y vida sacramental, siendo la Sede Romana , con el consentimiento común, la que moderaba cuando surgían disensos entre ellas en cuestiones de fe y disciplina” UR, 14). Es ésta la misión imprescindible de Sucesor de Pedro. Juan Pablo II, consciente de esta obligación indeclinable, se dirigía al Patriarca ortodoxo de Constantinopla, pidiendo “que el Espíritu Santo nos dé luz e ilumine a todos los Pastores y teólogos de nuestras Iglesias que busquemos juntos las formas con las que ese ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido por unos y otros” (Ut unum sint, 95).

La unión entre los cristianos debe ser un testimonio que despierta le fe en el evangelio. Mientras tanto, vivamos lo que ya compartimos, en una entrega generosa. Pidamos hoy especialmente por los jóvenes, junto al Papa, entre ellos muchos argentinos. Que vuelvan con la decisión de Pedro, quien conciente de sus debilidades le dijo a Jesús: “Yo te quiero”. Y le fue fiel hasta la muerte.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes