Homilía para el 20º domingo del año A (14/08/2011)

Nos puede chocar la palabra que dirige Jesús a la mujer cananea, cuando le dice que él solamente ha sido enviado a las ovejas perdidas del pueblo de Israel y que “no está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”. Porque ha sido éste el plan de Dios: pactar una alianza con el pueblo judío en el Sinaí, para que fuera signo del único Dios verdadero frente a todas las naciones. Alianza que se renovó muchas veces por instancia de los profetas y que se expresaba con la palabra: “Tu serás nuestro Dios y nosotros somos tu pueblo, Señor”. Jesús no solamente reafirmó esta alianza, sino mostró lo que significa vivirla en profundidad. Su enseñanza sobre el Reino de Dios estaba dirigida a los hebreos para que la asumieran y a través de ellos se difundiera en el mundo entero.

La insistencia de la mujer cananea que le pide la curación de su hija endemoniada, lo conmueve a Jesús, y de cierto modo lo urge para adelantar lo que es la misión del pueblo judío para los demás. En la conversación de Jesús con otra mujer, la samaritana en el pozo de Jacob, él le dijo: “Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos” (Jn 4, 22). La cananea, sí, sabía a quien le pedía ayuda, y expresó su fe en el Mesías esperado por los judíos, llamándolo a Jesús: “Señor, Hijo de David”. Y Cristo le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” En ese momento su hija quedó sana.

Lo que en estos casos fue señalado como anticipo, quedó definitivamente instaurado, cuando Jesús entregó su vida por todos los hombres, derribando los muros entre judíos y paganos, esclavos y libres, hombres y mujeres, para que desde entonces formemos en la Iglesia un solo pueblo de hermanos y hermanas, hijos del mismo Padre. San Pablo, quien abrió las puertas a los paganos para que no tuvieran que someterse a las costumbres hebreas para bautizarse, nos reveló que según el designio de Dios a todos los hombres primero tiene que ser anunciado el evangelio, para que al fin los hermanos de su raza hebrea abracen la fe en Jesucristo. La existencia misteriosa del pueblo judío, disperso y perseguido en muchas partes, es para los cristianos un estímulo permanente de seguir la misión de Jesucristo y anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y sanar como él las dolencias de la gente.

La presencia del Reino de Dios, si bien debería ser reconocible en primer lugar en la Iglesia , sin embargo no queda restringida al ambiente interna de los fieles, sino debería trascenderlo y hacerse notar en la convivencia como ciudadanos. Jesús decía de sus discípulos que no son del mundo, pero sí en el mundo. Si hoy vamos a las urnas para elegir entre los candidatos para los comicios nacionales del próximo octubre, deberíamos guiarnos, en la medida de lo posible, por los criterios del Reino de Dios. Personas que defiendan la vida, desde sus primeros inicios hasta la muerte natural; que promuevan la justicia social y el bien común y que busquen la unión fraterna entre los argentinos.

Que el Señor nos ilumine en esta misión.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes