Homilía para el 16º domingo del año A (17/07/2011)

Cuando Jesús anuncia el Reino de Dios, no se refiere a un cielo encima del firmamento, sino al poder de Dios en esta nuestra tierra. Cuando lo compara con la buena semilla, el grano de mostaza y la levadura, está hablando de realidades de la vida común de la gente. Nos abre así los ojos para que detrás de todo lo acontece descubramos “cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo”. Y nos hace ver que entre las cosas ocultas están las obras del maligno que tampoco es de otro mundo sino actuando aquí.

Si bien debemos estar atentos que las espinas no ahoguen la buena semilla, como escuchamos el domingo pasado, sin embargo, no hemos de dejarnos llevar por la impaciencia, cuando la cizaña crece entre nosotros. La fuerza germinadora del trigo es incontenible y podemos confiar que Dios es el dueño absoluto. Pareciera una contradicción que el que tiene todo el dominio no lo use para exterminar a los insolentes. Pero la Palabra nos enseña, por el contrario, que lo hace indulgente de todos. Dios muestra su poder sobre todo en la misericordia.

Al obrar así, Dios enseñó a su pueblo, dice el libro de la Sabiduría , “que el justo deber ser amigo de los hombres”. Dios cuida de sus hijos y los “colma de una feliz esperanza, porque, después del pecado, da lugar al arrepentimiento”. Es esto lo que Jesús hacía al acercarse con preferencia a los pecadores. “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, para que se conviertan” (Lc 5, 31-32). Pero el ejemplo del mismo Jesús pone en claro que, ser amigo de los hombres no significa de ninguna manera claudicar y callar, cuando el maligno está sembrando cizaña en nuestra sociedad. Sus invectivas contra la hipocresía y vanidad de los escribas y fariseos eran contundentes, y el distanciamiento de los poderosos era evidente. Seguir su ejemplo implica cargar con la incomprensión y el rechazo y no dispensa de la denuncia.

En este momento, en que en el Parlamento de nuestro país se plantea la propuesta de la legalización del aborto, sentimos los pastores de la Iglesia la urgencia de apelar a la conciencia de los legisladores, a no contraponer la vida de la madre a la vida del hijo por nacer, sino a alentar y ayudar a la madre a recibir a su hijo; como profundización de la decisión feliz del Gobierno de la Nación de otorgar la asignación universal a partir del cuarto mes del embarazo; reconociendo a la criatura como ciudadano con derecho a la vida. Cuando nosotros, como cristianos, bregamos por el respeto absoluto a la vida, estamos motivados por la convicción de nuestra fe que el hombre, desde el seno materno, pertenece a Dios. La vida es un don. Quien ha sido engendrado o engendrada, no terminará en la nada, sino permanece para toda la eternidad. Pero “el evangelio de la vida no es exclusivamente para los creyentes: es para todos. Cuando la Iglesia declara que el respeto incondicional del derecho a la vida de toda persona inocente – desde la concepción a su muerte natural – es uno de los pilares sobre los que se basa toda la sociedad civil, quiere simplemente promover un Estado humano” (EV 101).

La Iglesia no impone la verdad a nadie, pero la debe anunciar. Y debe advertir, que Dios confundirá la temeridad de los que no creen en la plenitud de su poder. El Hijo del hombre al final quitará de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal. “¡El que tenga oídos, que oiga!

¡Pidamos, hermanos y hermanas por nuestra patria!


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes