Homilía para la fiesta de Corpus Christi (27/06/2011)

Esta fiesta de Corpus es la prolongación de la celebración del Jueves Santo, en el cual Jesús nos ha dejado la Eucaristía como prenda de su presencia permanente. En ella se resume de forma sacramental lo que profesamos de Dios que amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo único. El misterio de la encarnación, que manifiesta y oculta a la vez al Hijo eterno de Dios, en este sacramento perdura hasta el fin de los tiempos. Aquí él está presente como Dios y hombre, con su cuerpo y alma resucitados. Vemos pan, pero es su cuerpo; parece vino, pero es su sangre. Quien quiere encontrarse con él, aquí lo encuentra. Verlo, admirarlo, adorarlo nos hace sentir la presencia del que nos ha creado y nos lleva grabados en la palma de sus manos y nos invita: “Vengan todos los que están afligidos y agobiados, yo los aliviaré”. El que come su carne y bebe su sangre, permanece en él.

En la Eucaristía Jesús nos une a la vez entre nosotros. Al comulgar el mismo pan, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo. Pareciera que nosotros lo incorporamos a Jesús, como cuando comemos y bebemos en nuestras casas, pero aquí sucede a la inversa: es él que nos asume en su persona y nos hace uno en él. En la Eucaristía se construye la Iglesia. Por eso, en la participación de su celebración se define la autenticidad de sus fieles. La aceptación del que está a mi lado, delante y detrás de mí y que afirma como yo con el “Amén” su fe en “El cuerpo de Cristo” al recibirlo, es el criterio para saber, si realmente comulgo con el Señor. “Si ante el altar te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, reconcíliate primero con él y después ven a ofrecer tu sacrificio.”

Pero la unión con Cristo no se limita al círculo de los creyentes. Lo que se consagra es el fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. La Eucaristía abre el horizonte, en el cual entra el mundo entero por el cual Jesús ha entregado su vida. Nos impulsa a llevarlo a todos los pueblos para que sean sus discípulos. La comunión nos inunda del amor de Dios que quiere llegar a los que todavía no lo han conocido. Así comprendemos que, a medida de la evangelización de los pueblos, la misa del domingo ha dado origen a toda una cultura, marcando un día dedicado a Dios que a la vez da al hombre el descanso necesario en su lucha por la vida. Y San Pablo nos hace ver que no solamente los hombres, sino la creación entera está aguardando la manifestación de la libertad de los hijos de Dios. Entrar en comunión con Cristo, confirma nuestra pertenencia a este mundo que en la eucaristía ya experimenta un anticipo de su transformación.

Esta visión personal, eclesial y universal nos hace comprender la expresión del Concilio, que la Eucaristía es el centro y la cumbre de la vida cristiana. Que su adoración nos haga tomar conciencia de la grandeza y del amor insondable de nuestro Dios y Señor.


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes