Homilía para la celebración de Pentecostés (13/06/2011)

El Espíritu Santo que durante largo tiempo ha sido como un Dios desconocido, con los movimientos eclesiales ha entrado en la conciencia de muchos cristianos. De rezos pausados de oraciones al Espíritu se llegó a su experiencia dinámica que apela a la profundidad del corazón y se manifiesta visiblemente. Y en la Biblia se descubre de nuevo su presencia en la historia, desde la creación hasta el tiempo de la Iglesia.

En los inicios el Espíritu se cernía sobre las aguas, dando forma y vida a lo que Dios iba creando. El universo entero es su obra y un reflejo de su asombrosa diversidad en la unidad. Todo lo que la ciencia va descubriendo de la creación en su grandeza, nos causa estupor y veneración frente al misterio. Percibimos espontáneamente que detrás de este mundo, tanto en sus dimensiones infinitas cuanto en su organización microscópica, hay un espíritu superior que no forma parte del mismo mundo. Nosotros, los hombres, por ser dotados de inteligencia, somos capaces de conocerlo. Pero nuestra libertad también hace posible que lo ignoremos.

Dios, sin embargo, no abandona la obra de sus manos. En la historia de la salvación eligió hombres y mujeres para que el Espíritu actuara a través de ellos para orientar a los demás. Juan el Bautista fue el último en el Antiguo Testamento al que colmó con sus dones. Pero la manifestación mayor fue, cuando de manera única fecundó el seno de María, para que diera a luz al Hijo de Dios encarnado. Sobre él reposó el Espíritu, dando cumplimiento a la profecía mesiánica de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción”. Fue el Espíritu que llevó a Jesús al desierto para enfrentar al maligno; fue por el poder del Espíritu que expulsaba a los demonios; y prometió el Espíritu a sus amigos en la hora, cuando tengan que defenderse ante las autoridades. Es el Espíritu que les iba a enseñar y recordar todo lo que Cristo había dicho y los conduciría a la verdad completa. Para esto el Señor tenía que ser glorificado por su muerte y su resurrección. Primero él tenía que entregar su espíritu en las manos del Padre, para darlo después como resucitado a los apóstoles, soplando sobre ellos. Y finalmente, en Pentecostés derramó profusamente el Espíritu sobre la comunidad de los creyentes. El Espíritu que se había acostumbrado a vivir en el hombre en la persona de Jesús, como dice San Ireneo, salió de él para entrar en los discípulos para que formaran con Cristo un solo cuerpo. Así nació en Pentecostés la Iglesia , como comunión de amor en el Espíritu.

En ella cada uno y cada una participamos de la diversidad de dones, de ministerios, de actividades, que proceden del mismo Espíritu. No hay nadie que no haya recibido un don. El Espíritu quiere manifestarse por nosotros para el bien común. Lo que hemos recibido gratuitamente, con generosidad debemos brindarlo. La expansión de la fe que produjo el Espíritu Santo en Pentecostés no ha llegado todavía a su fin. La misión sigue. Y nos toca ahora a nosotros anunciar a Cristo a los alejados y a los que todavía no lo conocen, para que el Espíritu pueda darles la vida en plenitud.


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes