Homilía para la festividad de la Ascensión del Señor (05/06/2011)

Cuando llega la fiesta de la Ascensión del Señor, estamos llamados a afirmar nuestra fe en Jesús que se hizo accesible desde entonces en cualquier lugar. Hasta aquel momento, su presencia humana había estado reducida a su país; y el que quería verlo tenía que ir donde él. El cambio se iba preparando, cuando después de la resurrección su cuerpo transformado ya no estaba sometido a las leyes físicas. Durante cuarenta días, los discípulos fueron descubriendo su presencia viva de una manera nueva. Cuando las mujeres querían abrazar los pies del Resucitado, les dijo que no le retuvieran, “porque todavía no he subido al Padre”. Su cercanía iba a ser diferente. Es eso lo que sucedió, cuando los apóstoles lo vieron elevarse y una nube lo ocultó de la vista de ellos. En aquel momento no se ha marchado a alguna parte en una zona lejana del cosmos, sino entró, como dice nuestro Papa Benedicto en su libro ‘Jesús de Nazaret', “en la comunión de vida y poder con el Dios viviente. No se ha despedido , sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros” . En los discursos en el cenáculo Jesús dice precisamente esto a sus discípulos: «Me voy y vuelvo a vuestro lado». Es eso lo que sucedió con su ascensión: Su irse es precisamente un venir, un nuevo modo de cercanía, de presencia permanente, en cualquier lugar. Así comprendemos su palabra, cuando dio el mandato misionero de hacer discípulos suyos a todos los pueblos de la tierra: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

San León Magno, en oportunidad de esta fiesta, acuñó una frase que ilumina la reflexión sobre esta omnipresencia de Jesús, no solamente como Dios sino como hombre. Decía este gran papa: “Lo que había sido visible en nuestro Redentor, ha pasado a los sacramentos. Para que nuestra fe sea más noble y más fuerte, la vista ha sido sustituida por una doctrina aceptada por corazones creyentes, iluminados desde lo alto. Es la fe en esta presencia que ha dado a los apóstoles después de la ascensión del Señor tanta fortaleza. Con esta fe sanaban a los enfermos, resucitaban a muertos, expulsaban demonios y entregaban finalmente su propia vida. Y concluía San León su reflexión diciendo: “Todo lo que antes de la ascensión les había causado temor, después fue causa de alegría. Sus miradas ahora se levantaban hacia aquel, que estaba sentado a la derecha del Padre. Ya no les impedía la vista limitado de los ojos a contemplar en espíritu al que no se alejó del Padre cuando bajó a la tierra, ni se alejó de sus discípulos cuando subió al cielo” (Sermón 74).

Con esta mística de los ojos abiertos celebremos ahora la eucaristía. Los signos visibles del pan y del vino y las palabras audibles del mismo Señor aseguran su presencia.


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes