Homilía para el 6º domingo de Pascua del Año A (29/05/2011)

En la última cena, en que los apóstoles sentían angustia por la separación de su Maestro, Jesús los prepara para una nueva relación que se establecerá, en el futuro, entre Él y los discípulos. Les habla de otro Paráclito que van a recibir y que permanecerá en ellos. Será éste su defensor y fuerza, que les quitará la sensación de orfandad y les asistirá para recordar y comprender la verdad de lo que les había dicho. “Volveré a ustedes”, les dice. Se refiere al Espíritu por el cual Él es uno con el Padre, y por el cual al mismo tiempo se hará uno con ellos. Ellos serán partícipes de la vida misteriosa del Dios trinitario. Es un don.

A esta presencia de Cristo en nosotros se refiere el apóstol Pedro, cuando nos exhorta a estar siempre dispuestos a testimoniar delante de cualquiera que nos pida razón de la esperanza que tenemos. “Con suavidad y respeto”, agrega. Y si tenemos que sufrir por eso incomprensión y difamación, deberíamos acordarnos que el discípulo no es mayor que el Maestro quien padeció una vez por los pecados y se entregó por todos para llevarnos a Dios.

Dar la razón de la esperanza no significa elaborar un discursó apologético que convenza al otro de nuestra postura, sino comportarse como servidores de Cristo y preferir sufrir haciendo el bien, que haciendo el mal. El otro debe notar que con Jesús nos une un vínculo de gran amor. Y amar no es solamente un sentimiento, sino una actitud que se manifiesta en hechos concretos. El Señor lo dice: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos”. Y lo repite: “El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama”.

En los Hechos de los Apóstoles vemos que el don del Espíritu no estaba reservado al grupo de los que se habían iniciado con Jesús, sino que fue trasmitido por los apóstoles a las personas que habían abrazado la Palabra de Dios y fueron bautizados en el nombre de Jesús. Es el primer testimonio del sacramento de la Confirmación. Gracias a la fuerza del Paráclito la Palabra se ha difundido y la Iglesia está presente en todo el mundo.

Pero para que la fe sea trasmitida hoy es necesaria una nueva evangelización, que alcance los nuevos escenarios que en las últimas décadas han surgido dentro de la historia humana. Nos encontramos en una época de profundos cambios en los ámbitos sociales, culturales, económicos, políticos y religiosos que exigen un estilo audaz de entrar en diálogo con el hombre actual. El secularismo ha invadido la vida cotidiana de las personas y desarrollado una mentalidad en la cual Dios está, de hecho, ausente, en todo o en parte, de la existencia y de la consciencia humana. El mandato misionero está lejos de haberse cumplido. El Papa Benedicto XVI nos invita a una relectura del presente a partir de la perspectiva de la esperanza que el cristianismo ofrece como don. El próximo Sínodo de los Obispos, que se celebrará el año 2012, quiere dar una respuesta a este desafío.

Pidamos al Señor que su Espíritu nos ilumine y despierte en nosotros la audacia de dar la razón de nuestra esperanza, con la convicción y la alegría propias de los que están llenos del Espíritu.


Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes