Homilía de la ordenación presbiteral de Ariel Aguilera y Luis Pereyra (08/05/2011)

Queridos Ariel y Luis:

A partir de hoy participarán del triple oficio de Cristo como profeta, sacerdote y pastor. Lo que les quiero trasmitir en este momento tan decisivo de su vida, entiéndanlo como un legado.

Primero: Para ser profeta, el sacerdote tiene que ser convencido de la resurrección de Cristo. Creer verdaderamente que Cristo ha resucitado no es solamente el convencimiento de la veracidad del hecho en sí, sino una convicción tan profunda que lo lleva a uno a entregarse a Él. Uno no se ordena por adherirse a una doctrina, a una moral, a un mensaje espiritual, sino a alguien al que no ve, pero que está presente y sostiene todo lo que existe. Creer en Jesús, Dios y hombre, es un acto de amor. Y el verdadero amor es confiarse al amado, totalmente, con cuerpo y alma, y para toda la vida. El amor verdadero siempre es total. No se puede amar a prueba, como no se puede morir a prueba, decía una vez Juan Pablo II a los jóvenes. Sean hombres de oración permanente, especialmente cuando tengan que pasar por pruebas. Los momentos difíciles son los momentos de Dios y les servirán para que su fe sea cada vez más pura. Así serán iluminados para comprender la Palabra y anunciarla con libertad como testigos creíbles del Resucitado.

Segundo: A partir de hoy, ustedes serán dotados del don de representar a Jesucristo, como solamente los sacerdotes ordenados pueden hacerlo. Si bien la validez de los sacramentos está siempre garantizada cuando ustedes los celebren en adelante, ayuden a nuestra gente a descubrirlos por la manera cómo ustedes mismos los viven. Esto vale para los bautismos, los matrimonios, la unción de los enfermos, la reconciliación. Pero me refiero especialmente a la Eucaristía como el centro y la cima de nuestra vida. No dejen de celebrarla siempre. Su rol no se restringe a celebrarla con el pueblo, sino a celebrarla por el pueblo; es decir por una multitud que no está presente, pero para la cual el Señor entrega su vida en cada misa. La palabra que la liturgia dirige hoy a ustedes, cuando reciban la patena y el cáliz, es una máxima para siempre: “Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Así, con su entrega personal, “serán de corazón ejemplo para el Rebaño”.

Tercero: El lema que ustedes eligieron: “Consuelen a mi pueblo” expresa su llamado a ser pastores. El desafío que esto significa en medio de la población inmensa de nuestra diócesis, ya lo pudieron apreciar en los años de su formación. Aunque la mayoría de nuestra gente todavía se declara católica, sin embargo, no forman parte del rebaño. La observación del evangelio en el tiempo de Jesús, quien “al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor”, vale también hoy.

El buen pastor, dice Jesús, conoce sus ovejas y las ovejas lo conocen a él. Para que esto sea realidad, seguramente no podemos quedarnos en nuestras capillas esperando a que la gente venga, sino hemos de salir para buscar las noventa y nueve ovejas que se han perdido. Como Jesús, debemos caminar para encontrarnos con la gente donde está. En las misiones que hemos compartido en estos años ya se dieron cuenta que las puertas casi siempre se abren, y que muchas familias están esperando que por fin la Iglesia se acerque a sus casas, más todavía si el mismo sacerdote entra en su hogar. Ariel y Luis, caminen y levanten la voz sin temor, como Isaías: “¡Aquí está su Dios! Ya llega el Señor con poder. Como un pastor, él apacienta su rebaño”. ¡Cuántos sufrimientos están escondidos en nuestras casas! Ahí se confirma su mandato diaconal de la caridad que pertenece a la esencia de la Iglesia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio. “Consuelen, consuelen a mi Pueblo”, dice Dios. “Apacienten el Rebaño de Dios, que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios”. Pero ahí descubrirán también, cuántos valores y dones ha dado Dios a su Pueblo, que debemos rescatar para que sean reconocidos y puestos al servicio de la comunidad. “Apacienten el rebaño no pretendiendo dominar a los que les han sido confiados”, sino aprendiendo con ellos. Todos debemos escuchar la voz del Señor; “y así habrá un solo Rebaño y una solo Pastor” (Jn 10, 16).

Y ustedes, mis hermanos y hermanas todas, sigan rogando al dueño de los sembrados que envíe más trabajadores frente a la cosecha abundante.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes