Homilía para el 2º domingo de Pascua del Año A (01/05/2011)

A la distancia de seis años, la figura del Juan Pablo II no solamente no ha perdido nada de su atracción cautivante, sino por el contrario está manifestando cada vez más su trascendencia para nuestro tiempo. Cuando él acepto el ministerio petrino el 16 de octubre de 1978, tenía claro que debía llevar la Iglesia al tercer milenio, en un mundo que había entrado en un cambio profundo. Sus palabras y gestos proféticos de casi 27 años como pastor universal de la Iglesia siguen guiándonos y han inspirado, aún después de su muerte, los sínodos de obispos que asesoran a su sucesor Benedicto XVI. El término “nueva evangelización” que será el tema del próximo sínodo en 2012, lo usó justamente Juan Pablo II, cuando nos convocó en Santo Domingo en el año 1984 para impulsar la celebración de los 500 años de la evangelización de nuestro continente americano. Habló entonces de la necesidad de una nueva evangelización, nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión; una nueva evangelización que desplegara con más vigor “un potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre, para generar, desde el seno de América Latina, un gran futuro de esperanza”.

El hecho que Dios haya dado la señal, por un milagro fehaciente reconocido por la Iglesia , que Juan Pablo II está a su lado, asegura que él sigue acompañándonos confirmando el legado de su magisterio. En su peregrinar por el mundo para llegar a los hombres en su entorno propio, nos visitó en la Argentina en dos oportunidades: en junio de 1982, en momentos difíciles para nuestra Nación durante la guerra de la Malvinas ; y en abril de 1987, cuando recorrió el país para encontrarse con el mundo rural, con los enfermos, con los inmigrantes, los consagrados, los laicos, los empresarios, el mundo del trabajo, los cristianos evangélicos, y finalmente con los jóvenes en la primera Jornada mundial en Buenos Aires. La expresión de su primera encíclica: “El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión”, no fue un enunciado teórico sino la pauta de su incansable peregrinar. Él estaba inspirado por la palabra del Concilio que “mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre” (GS 22). Por eso, la Iglesia en su accionar no puede ser detenida por nadie. Cristo, el Buen Pastor de todos los hombres, despierta en ella la solicitud de estar cerca de los que lo necesitan.

En el día de hoy, en que Juan Pablo II ha sido beatificado, es oportuno recordar que el llamado a la santidad es un tema permanente en sus cartas y predicaciones durante todo su pontificado. Aquí una expresión de la carta apostólica después del Gran Jubileo, con la cual marca las líneas pastorales al entrar en el nuevo milenio. “No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad” (NMI 30), dice el papa. “Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede « programar » la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña : « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » ( Mt 5,48).

Como el Concilio mismo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos « genios » de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este « alto grado » de la vida cristiana ordinaria . La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia” (NMI 31). Y el papa habla entonces de los medios de esta pedagogía de la santidad: de la oración, de la Eucaristía dominical, del sacramento de la Reconciliación , de la escucha de la Palabra y del anuncio de la Palabra. Y nos recuerda que la comunión con Cristo necesariamente debe llevar a la comunión con los hombres. Comenzando por la comunión intraeclesial, la caridad debe proyectarse hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano. “Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos” (NMI 49).

En este contexto Juan Pablo habla también de la primacía de la gracia, es decir de que la santidad es fundamentalmente obra de Dios. Sin Cristo, no podemos hacer nada. Recordemos que en al Año Santo 2000, con motivo de la canonización de Sor Faustina Kowalska, dispuso que el segundo domingo de Pascua se designe en adelante como el “Domingo de la Misericordia Divina ”. “El mensaje consolador se dirige sobre todo a quienes, afligidos por una prueba particularmente dura, o abrumados por el peso de los pecados cometidos, han perdido la confianza en la vida y han sentido la tentación de caer en la desesperación. A ellos se presenta el rostro bondadoso de Cristo y hacia ellos llegan los haces de luz que parten de su corazón e iluminan, calientan, señalan el camino e infunden la esperanza” (Homilía 30-04-2000).

Ha sido en vísperas del domingo de la Misericordia Divina , el 2 de abril de 2005, que Juan Pablo II fue llamado a la casa del Padre. Y es hoy, nuevamente en este domingo, que en Roma se celebró su Beatificación, que el pueblo en el día de su entierro ya había reclamado en alta voz con el “santo súbito!”, en la plaza de San Pedro.

A partir de hoy podemos pedir públicamente que Dios, por su intercesión, nos ayude:

Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Papa Juan Pablo II y porque en él has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de la cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor.

Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.

Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de tus santos.

Amén.

Luis T. Stöckler
Obispo de Quilmes