Homilía para la clausura de la Misión Popular Diocesana, víspera de Pentecostés (18/05/2013)

Hermanos y hermanas

“Celebremos con alegría nuestro Bautismo” ha sido el lema que nos ha motivado y acompañado desde el inicio del AÑO DE LA FE en nuestra diócesis de Quilmes. Con ese espíritu lo hemos vivido cuando lo anuncié en la puerta misma de la casa de todos los argentinos, la Basílica de Luján, en nuestra peregrinación diocesana al encuentro de nuestra Madre la Virgen.

Simbólicamente, la puerta de la Basílica nos lleva a contemplar “la puerta de la fe” (cf. Hch. 14, 27) abierta para todos, la puerta de la Iglesia. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el Bautismo ( Cf. Rm. 6, 4 ), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre” (Benedicto XVI “Porta Fidei” 1).

Acá estamos los bautizados de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui, celebrando con la Iglesia del mundo entero la Fiesta grande de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, verdadero cumpleaños de la Iglesia de Jesucristo. Es lo que nos muestra la primera lectura de hoy. Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo… El Dios de la Alianza, rico en misericordia, nos ha amado primero; inmerecidamente nos ha amado a cada uno de nosotros; por eso, lo bendecimos, animados por el Espíritu Santo, Espíritu vivificador, alma y vida de la Iglesia. Él, que ha sido derramado en nuestros corazones, gime e intercede por nosotros y nos fortalece con sus dones en nuestro camino como discípulos y misioneros (DA 23).

Escuchamos recién en Hechos de los Apóstoles, la transformación que el Espíritu operó en el corazón de los discípulos; los impulso con todo su ardor a salir, a ir a la multitud, para proclamar las maravillas de Dios . Ha sido el mismo Espíritu que nos ha impulsado desde el seno de nuestras comunidades a ir al encuentro de nuestras hermanas y hermanos de barrios y ciudades de nuestra diócesis en esta Misión Popular. El amor de Cristo nos urge (2 Co. 5, 14) no quedarnos mirándonos entre nosotros y nos impulsa a evangelizar. Como los apóstoles, sacudidos por la presencia del Resucitado que les muestra sus llagas, prueba de su amor extremo por toda la humanidad, experimentamos el soplo de su Espíritu para reavivar esta huella profunda de nuestra Iglesia quilmeña, la pasión misionera. Hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido a favor de la evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. Como decía San Agustín: “los creyentes se fortalecen creyendo” (PF 7).

Es lo que hemos vivido en estos meses del año. Dejamos la comodidad de nuestra casa, de nuestras comunidades y sus reuniones habituales, para tocar los timbres y golpear las puertas de las casas de nuestros vecinos. Dejamos de lado los prejuicios, la vergüenza, nuestros esquemas mentales, para saludar, dar a mano, escuchar, decir una palabra, identificarnos con la Iglesia de Jesucristo, como creyentes de la mano de la Virgen; experimentar nuestra pobreza, nuestra limitación, nuestra ignorancia; descubrir qué poco podemos decir o hacer frente al dolor, la injusticia, la incomprensión, la soledad, la marginación, la muerte. Sólo llevábamos una certeza, la cruz de Cristo: su amor entregado por vos, por mí, por cada uno; su Evangelio. ¡Y cuánto fruto, hermanos! ¡Cuánta cosecha! Esto que estamos viviendo hoy. Como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles: “cada día el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse” (Hch. 2, 47) Bien nos dicen los obispos en Aparecida: Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo (DA 29) Por eso mismo, gracias a las misioneras y misioneros de nuestras comunidades cristianas, gracias religiosas y religiosos, gracias diáconos y sacerdotes por su pasión en la misión…!

Al iniciar la celebración de hoy, hemos recordado a esos TESTIGOS DE LA FE en nuestra diócesis de Quilmes; seguramente hay muchísimos más. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de la verdad que el Señor Jesús nos dejó (cf. PF 6).

A todos estos testigos los podemos unir en una figura, en alguien que ha sido un regalo de Dios para el sur del gran Buenos Aires: el Padre Obispo Jorge Novak, pastor según el corazón de Cristo, amigo de Dios y de los pobres, misionero incansable, defensor de los derechos humanos, servidor de la unidad de los cristianos. Un mártir de la fe.

En la generosidad de los misioneros se manifiesta la generosidad de Dios, en la gratuidad de los apóstoles aparece la gratuidad del Evangelio.

Con esta certeza, hermanas y hermanos, como Iglesia de Quilmes hoy queremos enviar a uno de nuestros sacerdotes como misionero a la Iglesia de Haití, al P. Juan José Vassallo. Hoy para nosotros es todo un signo de la obra del Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu de Dios es un manantial de generosidad. Por eso nos invita a dar con generosidad. Dar hasta que duela, como decía Madre Teresa de Calcuta. Desde nuestra pobreza – porque no nos sobran los ministros ordenados- queremos compartir con las hermanas y hermanos de Haiti este sacerdote que tanto ha trabajado y sigue trabajando entre nosotros, hasta ahora en la Parroquia de Itatí, en Bº La Paz, de Quilmes Oeste. Si damos con generosidad, en vez de despojarnos, nos enriquecemos, en lugar de vaciarnos, nos vamos llenando de una riqueza superior, invisible a nuestros ojos. Así lo dice la Palabra: Hay más felicidad en dar que en recibir (Hch. 20, 35). Nuestro corazón se llena de fuerza y de vida cuando uno da “no de mala gana y forzado, porque Dios ama al que da con alegría (2 Co. 9, 7).

En el trayecto de este camino misionero que hemos realizado, Dios nos sorprendió con precioso regalo, una verdadera caricia para el mundo y, particularmente, para nuestra Argentina: la elección del Papa Francisco.

El nos dirigió estas palabras a los obispos argentinos: “Les expreso un deseo: que toda la pastoral sea en clave misionera… Una Iglesia que no sale, a la corta o a la larga, se enferma en la atmósfera viciada de su encierro. Es verdad también que a una Iglesia que sale le puede pasar lo que a cualquier persona que sale a la calle: tener un accidente. Ante esta alternativa, les quiero decir francamente que prefiero mil veces una Iglesia accidentada que una Iglesia enferma. La enfermedad típica de la Iglesia encerrada es la autorreferencialidad; mirarse a sí misma, estar encorvada sobre sí misma como aquella mujer del Evangelio. Es una especie de narcisismo que nos conduce a la mundanidad espiritual y al clericalismo sofisticado, y luego nos impide experimentar “la dulce y confortadora alegría de evangelizar”. Les deseo a todos ustedes esta alegría, que tantas veces va unida a la Cruz, pero que nos salva del resentimiento, de la tristeza y de la solteronia clerical. Esta alegría nos ayuda a ser cada día más fecundos, gastándonos y deshilachándonos en el servicio al santo pueblo fiel de Dios; esta alegría crecerá más y más en la medida en que tomemos en serio la conversión pastoral que nos pide la Iglesia” (FRANCISCO, Vaticano, 25 de marzo de 2013).

Entre nosotros, hoy, hay personas que han hecho un camino catecumenal, oyeron hablar de Jesús y se han decidido a seguirlo. Durante doce encuentros catequísticos estas personas adultas, entre ellos algunos adolescentes y jóvenes, hicieron un camino de iniciación cristiana. Algunos decidieron ser bautizados… otros manifestaron el deseo de recibir por primera vez la Eucaristía o de ser confirmados… En ellos fue haciéndose más brillante la presencia de esa Persona que a todos hoy nos une y convoca: ¡el Señor Jesús!

Qué lindo sería que cada uno de ustedes nos compartiera lo que han experimentado en este catecumenado. Es imposible hacerlo ahora. El hecho de que están acá, es una palabra más que elocuente que Alguien los llamó, los convocó. Es el mismo que se ha grabado a fuego en sus corazones, y en los nuestros, en la Semana Santa , en la Pascua. Muchos de ustedes allí se bautizaron, hicieron su primera Comunión. Momentos de profunda alegría para ustedes y sus familias. En la Pascua se nos manifiesta el Dios que nos ama y a ese Dios anunciamos; su existencia no es una amenaza para el hombre de hoy; es el Dios que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta nuestra esperanza en medio de las pruebas… Porque los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras (DA 30).

El Evangelio de hoy, hermanas y hermanos, nos muestra a Jesús resucitado en el lugar donde hizo la última Cena con los discípulos. Se les aparece y les dice: Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo es el que nos puede transformar nuestros corazones con su soplo, con su fuego, con su poder y con su luz. Siempre es posible cambiar con su auxilio. Si no cambiamos no es porque él no puede, sino porque nos respeta delicadamente. No nos atropella, no nos obliga. Respeta nuestras decisiones y hasta nuestra debilidad. Pero si lo invocamos, como los apóstoles reunidos con la Virgen María , si le pedimos que él nos impulse, entonces nuestra vida se va sembrando con actos de amor sencillo y sincero. Así nos va renovando, y poco a poco, a veces también de golpe, desaparecen del corazón los rencores, los celos, las envidias, las amarguras. Es una liberación que él produce en nuestro interior, desapegándonos de nuestros egoísmos, nos aleja de nuestras adicciones nocivas, de nuestros malos apegos y vicios. El nos va llenando de esperanza, de fortaleza, de alegría en medio de las pruebas, y nos hace sentir libres, “nuevas criaturas” (1 Co. 5, 17).

La Palabra de Dios nos habla hermosamente de los frutos que el Espíritu produce en nosotros cuando lo dejamos actuar, y los resume en estos siete: “Amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de uno mismo” (Gal. 5, 22-23) Así es como el Espíritu Santo nos va haciendo parecidos a Jesús, el Ungido del Padre, el Cristo, el Mesías. Nos hace santos con el Santo, hijos con el Hijo. El Aceite, el Crisma, que hoy se derrama en cada uno de ustedes, que hoy se confirma, los hace uno con el Ungido, el Cristo. De allí nuestro el dulce nombre de CRISTIANOS que nos identifica.

¡Que la Virgen María nos acompañe para ser fieles discípulos misioneros de Jesús!


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes