Homilía de la misa en el Día de María Inmaculada, patrona de la diócesis
(08/12/2012)

Hermanas y hermanos:

Como pueblo de Dios hoy celebramos con alegría a la Inmaculada Concepción de la Virgen María , la mujer elegida para ser Madre de Dios y dada a nosotros por su Hijo Jesús como Madre nuestra.

En las capillas de los barrios, en las iglesias y santuarios de pueblos y ciudades, el pueblo creyente hoy festeja y acude a María para contemplarla en su sencillez, para experimentar su ternura maternal, para expresarle sus alegrías y sus dolores, para pedir su poderosa intercesión.

También nosotros, como pueblo peregrino en la Diócesis de Quilmes, venimos a honrarla y a ponernos bajo su amparo. Qué cercana la sentimos a esta Madre llena de gracia , como la saluda el Arcángel Gabriel. Cercana a nuestra historia quilmeña en esta Iglesia Catedral, siglos atrás humilde capilla de la ribera del sur. Cercana la sentimos al contemplarla en Luján; cercana la sienten los paragüayos que hoy la saludan como Nuestra Señora de Caacupé; tan cercana la sienten los correntinos y litoraleños cuando la invocamos como Virgen de Itatí; y que cerquita la sienten los catamarqueños y santiagueños que todos estos días han peregrinado hasta la Virgen del Valle. El pueblo de Dios ha encontrado en Ella “la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulo y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que (María) se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente” (DA 269).

De la mano de la Virgen María, con toda la Iglesia, en nuestra diócesis de Quilmes hemos iniciado el Año de la fe, con el lema: “Renovemos la alegría de nuestro Bautismo” . Queremos conmemorar los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, valorando que la Iglesia es el pueblo de Dios que peregrina en la historia, poniéndonos en estado de misión permanente. Esto significa para nosotros que:

“a) El centro de la misión es Cristo. Él es la “Luz de los pueblos”. La iglesia está al servicio del anuncio del Reino, santificada por el Espíritu pero necesitada, a la vez, de la conversión permanente, en sus miembros y en sus estructuras…

b) Lo que nos hace Iglesia es la común dignidad de hijos e hijas de Dios que nos dio el Bautismo. Este es el sacramento más grande, con él cada cristiano y cristiana se identifica con la vida entregada y renovada de Jesús. Nuestra misión quiere ser participativa, corresponsable, donde cada uno y una ponga en juego sus dones, sus carismas, sabiendo que son de todos, que están al servicio de todos…

c) El Concilio nos devolvió la Escritura, que estuvo secuestrada por los miedos a las falsas interpretaciones demasiados años. En la Escritura late la vida de Jesús, sus opciones, sus búsquedas, sus hermosas parábolas del Reino. Sin las Escrituras nos quedamos sin Jesús. Nuestra misión debe estar entretejida con la Palabra de Dios, ofrecida con sencillez, celebrada con confianza, interpretada con humildad y sencillez.

d) El Concilio nos recordó la importancia de la Comunidad. No se puede ser cristiano solo. Si somos miembros del cuerpo de Cristo debemos alentarnos y cuidarnos unos a otros como verdaderos hermanos y hermanas. La misión debe ser hecha en comunidad, y debe conducir a la renovación y enriquecimiento de cada hermano y hermana.

e) El Concilio reafirmó que la Iglesia no es un grupo verticalista y centralizado, sino que es una comunión de Iglesias presidida por la Iglesia de Roma y su obispo. Pero cada Iglesia diocesana es, en comunión con las demás, la Iglesia de Cristo. Unidos a nuestro obispo somos una verdadera familia de hermanos y hermanas. ” (Pbro. Sergio Agüero, “Algunos elementos que configuran la perspectiva de la misión popular diocesana del año de la fe” . Vicaría de Evangelización. 28/11/12).

Hace unos años, en el santuario de Aparecida, Brasil, el Papa Benedicto al finalizar el rezo del rosario con el pueblo decía: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe, destinada a guiarnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirles en primer lugar: permanezcan en la escuela de María. Inspírense en sus enseñanzas. Procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que ella, por mandato divino, les envía desde el cielo” (DA 270).

En la “escuela de María” aprendemos a ser discípulos misioneros de Jesús. Ella nos enseña a mantener las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad que distinguen a los discípulos de su Hijo. Ella nos indica cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa. Crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida al otro, especialmente si es pobre, necesitado o sufriente. La presencia de María en nuestras comunidades ha enriquecido y seguirá enriqueciendo la dimensión materna de la Iglesia y su actitud acogedora, que la convierte en verdadera “casa y escuela de comunión”, en espacio espiritual que prepara la misión (Cfr. DA 272). Como María, la nuestra Iglesia tiene que ser ternura, consuelo, refugio de pecadores, casa de todos, puerta de entrada, estrella que anuncia un nuevo día.

A muchos de nosotros, la fiesta de la Inmaculada Concepción nos recuerda el día de nuestra Primera Comunión. En estos días, miles de niños se han acercado por primera vez a la mesa de la Eucaristía. María , como en Caná de Galilea, nos dice: “hagan todo lo que Él les diga”; y Jesús, su Hijo, nos dice hoy también: “hagan esto en memoria mía”. Las dos presencias, Madre e Hijo, son causa de nuestra alegría y esperanza. Que nuestros corazones se unan gozosos para alabar y bendecir a Dios, que en su Hijo Jesús, nacido de María, nos ha elegido para ser hijos suyos.

Permítanme unirme a la oración de cada uno para dar gracias a Dios y la Virgen en este día. Dentro de unos días se cumple el primer año de estar con ustedes. Es ocasión para pedirles perdón por mis desaciertos y errores, mis limitaciones y la impericia de los inicios. Les pido que rueguen por mí para que sea el pastor que merecen. También es ocasión para dar gracias, porque es un regalo muy grande estar aquí con ustedes junto a la Inmaculada, puesto que desde mi bautismo crecí junto a Ella, en mi parroquia natal de Río Cuarto, que por pura delicadeza de Dios también fui párroco de allí. Y por otra fineza del amor de Dios, la Inmaculada me ampara en mi pastoreo junto a ustedes en esta querida Diócesis de Quilmes. Motivo sobrado para ponerme con ustedes bajo su maternal protección, que nos llena de ternura y confianza, a la que tantas veces le decimos: vida, dulzura y esperanza nuestra. Y decirle cada día, y a cada rato, como el querido Cura Brochero, con alma de niño: Mi Purísima.

Así sea.

AVE MARÍA, PURÍSIMA. SIN PECADO CONCEBIDA


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes