Homilía en la 34º Peregrinación Diocesana a Luján.
(09/09/2012)

 

Hermanas y hermanos:

Toda la Iglesia Diocesana hoy está, como cada año, a los pies de la Virgen, cuya imagen quiso quedarse a orillas de este río Luján. Los que estamos acá y los que no pudieron, también unidos en el deseo y en la fe. Es la primera vez que como Padre Obispo los acompaño, y estoy muy feliz. Muchos de ustedes tendrán muy presente al Padre Obispo Jorge, que inició el camino diocesano de Quilmes. Su corazón de tierno hijo de María palpitaba de amor contemplando a esta Madre de los pobres, pidiendo por los más humildes, los despreciados, los desaparecidos, los perseguidos y angustiados. Cómo olvidarnos de aquel momento de su vida, mayo de 1982, cuando al pedir por la paz en medio de la guerra de Malvinas, hizo el voto de hacer en nuestra Diócesis la “Casa de la Caridad”. Hoy queremos celebrar los treinta años de ese regalo de su amor de pastor y la intercesión maternal de María de Luján.

Con este emocionado recuerdo, queremos recibir la Palabra que hoy se ha proclamado. Jesús da cumplimiento a lo anunciado por las profecías. El Reino se hace presente en su Persona, con este signo admirable. Y la gente, en el colmo de la admiración, exclama: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Este clamor de alabanza manifiesta que ellos han creído que con Cristo llegó la era mesiánica prometida por el profeta.

El sordomudo es imagen del hombre cerrado en sí mismo, sin posibilidad de comunicarse con los demás. Significa la sordera a la Palabra de Dios y la incapacidad para profesar la fe. Estar mudo, simbólicamente equivale a la falta de fe. Pasar de la incredulidad a la fe supone una curación real de la sordera y del mutismo. El sordo no puede oír la palabra de Dios, y sin la Palabra de Dios no puede llegar a la fe y proclamarla. Dice san Pablo: “Creí, y por eso hablé; también nosotros creemos y por lo tanto hablamos” (2 Cor. 4, 13).

Este hombre sanado representa a todo ser humano, a quien le es concedida la gracia de oír rectamente, de escuchar, creer y hablar dando testimonio de su fe.

Jesús se hace cargo de la miseria de ese hombre que sufre. La gente, que creen en Jesús, lo han llevado hasta Él para que le imponga las manos y lo cure. Hoy también nosotros venimos acá, trayendo las miserias de nuestra propia humanidad; los dolores y sufrimientos de nuestro pueblo. Vienen a nuestro corazón las voces de tantas personas agobiadas, angustiadas; encerrados en la noche de la desilusión y el abandono; de tantos enfermos e impedidos; situaciones de maltrato físico y sicológico; descuidos y desprecios sociales y familiares; personas abusadas y desprotegidas; las víctimas de las adicciones y de la trata de personas; inseguridades laborales y económicas que angustian; falta de respeto a la dignidad y atropello a las libertades; nuevas formas de esclavitud y abusos de poder. También nuestras infidelidades y faltas de amor y de servicio; nuestra acomodamiento a lo fácil y el quedarnos de brazos cruzados, pensando que todo está bien así; que la responsabilidad es de otros; o que todo está perdido. Cuántos somos sordomudos para escuchar a Dios y para descubrirnos en la verdad de lo que somos realmente. Cuánta conciencia sorda, insensible. Cuando pensamos que lo conocemos y sabemos todo, que somos capaces de construir la vida solos, desde nosotros mismos, en esta sociedad cada vez más prescindente de Dios, entonces el Evangelio no nos dice nada, Dios no tiene nada que decir… porque en realidad estamos sordos.

Necesitamos que el Señor nos cure y nos libere.

Hay una mentalidad que supone que vale el que puede, el que tiene, el que triunfa, el que produce, el que sabe. Lo que proporciona buena vida material, en este mundo que pasa. Se fabrican nuevos ídolos, con nuevos nombres, nuevas “versiones”, que piden el sacrificio hasta de nuestra misma libertad, prometiéndonos bienestar, pero que finalmente nos entregan a la muerte.

El profeta nos anuncia otro horizonte; Jesús nos aparta de aquel ámbito que genera sordomudos. Lo enfermo, lo sin vida, se va a sanar, se va a convertir en vida. El desierto será fecundo. El que estaba impedido va a experimentar libre el oído y la lengua, para la fe y la alabanza.

Jesús toma en serio la miseria humana. Nos toca con sus dedos, cariñosamente con su saliva toca nuestra lengua. Qué ternura! Qué delicadeza! Qué cercanía! El Señor quiere también hoy sanarnos, renovarnos, abrir nuestros oídos para escuchar su Palabra; quiere que nuestra alma, nuestro ser entero se llene de alegría, liberándonos de los que nos ata, nos esclaviza, nos divide y nos enfrenta, y también quiere desatar nuestra lenguas para que expresemos nuestra alegría, el gozo inmenso de habernos encontrado con Él, que nos acaricia con su presencia tan cercana y servicial, haciéndonos sentir que somos como la perla más preciada, aquellos por los cuales él da su propia vida. Vemos en el Evangelio que la gente se llena de alegría, y admirados dan testimonio de lo que han vivido. Los apóstoles, tiempo después, cuando son arrestados por predicar el Nombre de Jesús, y les prohíben seguir anunciando la salvación del Señor resucitado, Pedro y Juan responden: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch. 4, 20).

Nuestra Diócesis de Quilmes, en esta Peregrinación, cuyo lema es: “Caminando con la Virgen, renovamos nuestra fe”, queremos iniciar el “AÑO DE LA FE”, para conmemorar con la Iglesia Universal , como lo ha querido el Papa Benedicto, los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II, que será el próximo 11 de octubre. Es por eso que convoco a toda la Diócesis a una Misión popular diocesana para renovar la alegría de la fe, bajo el lema: “Renovemos la alegría de nuestro bautismo”. Las distintas instancias de la Misión se desarrollarán a partir de febrero de 2013. A la Virgen de Luján encomiendo esta Misión en el “Año de la fe”.

Queremos también hoy celebrar a la Vida Consagrada , cuyo día ha sido ayer, 8 de septiembre. María es Madre y Modelo de la Vida Consagrada. La persona consagrada aprende de María a ser transparencia de Cristo, tratando de vivir al estilo de María, haciendo de su vida un Sí sostenido: Sí a la comunión trinitaria, Sí a Cristo y su Evangelio, Sí a la Iglesia, Sí al espíritu y enseñanzas de sus fundadores. Cómo no traer el recuerdo del querido “Negro” Manuel. Aquel hombre, uno de los tantos esclavos de este continente, que admirado por el Milagro de la carreta, aquí en Luján, con el corazón lleno de fe, experimentó la rotura de sus cadenas indignas, para atarse por amor al servicio de su Virgencita, “Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción del Río Luján”. Fue una vida consagrada, que experimentó el paso liberador de Dios por su vida, manifestado en aquel milagro materializado en esa humilde imagen, que abrió el oído del alma de Manuel para escuchar el llamado del Señor y entregarse totalmente en el servicio a esta celestial Señora, que sería un signo de esperanza en la pampa argentina, para despertar a la fe a tantas mujeres y hombres, necesitados de la salvación de Jesús. Este humilde esclavo de la Virgen, el Negro Manuel, también es un modelo de consagrados, un modelo de discípulo misionero de Jesús y de María.

En nombre de la Diócesis de Quilmes agradezco a las hermanas y hermanos consagrados en su día, por sus vidas entregadas a Dios en el servicio, particularmente a los más pobres y sufrientes.

Desde aquí abrimos el corazón hacia todo el país, unidos en el gesto solidario de la Colecta Más por Menos, con el lema: “Tu ayuda dignifica”, rogando ante la Madre de todos por una mayor equidad social.

Cada uno de nosotros tiene hoy tantas cosas en su corazón. Es que nuestra vida cristiana está tan modelada por las manos de la Virgen! Jóvenes y no tan jóvenes hoy nos sentimos parte de este amado pueblo argentino. Aquí palpita el corazón de nuestro pueblo creyente. Aquí cada uno tiene su lugar; acá no hay “acepción de personas”. Es la “Casa de mamá”, la Madre del pueblo. Cada uno de nosotros con su historia; o sea, cada uno con su promesa, su pedido, su agradecimiento, su ofrecimiento, su deseo, su herida, su pena, su amor, su esperanza, su frustración, su bronca o su desilusión, sus pecados y su confianza. Como en todo encuentro, brotan los recuerdos de momentos vividos y compartidos. También los traemos a este altar. Algunos ya terminaron su camino de fe; fueron llamados a su Casa. Hoy también los recordamos.

Con ustedes quiero dar gracias por estar aquí. Con ustedes me confío al cuidado de la Virgen, para que pueda ser fiel en este servicio a cada uno, como Pastor y Padre. Paso a paso, en este peregrinar de la fe, uno va entendiendo, por así decir, los designios de Dios, como María. Como cualquiera de ustedes, hace 37 años vine por primera vez a Luján; lo hice a pié, desde Liniers. Fue la primera peregrinación de los jóvenes, en 1975. Desde entonces todos los años he venido hasta aquí (los tres primeros a pie). Aquella primera vez, nos unía el canto: “Este es el tiempo de América. Este es tu tiempo Señor. Los jóvenes estamos presentes, testigos de tu gran amor”.

Hoy, con ustedes, mis queridos hermanos y hermanas de la Diócesis de Quilmes, quiero repetir que sigue siendo el tiempo de América, tiempo de misión y de esperanza, y como decía ese canto:

“Nuestro Padre nos llamó
a vivir en el amor
y a encontrar liberación todos juntos.
Es la Virgen de Luján, Madre gaucha como no hay,
quien nos va a acompañar al caminar.

Ya en América se ve, entre el odio y el amor,
que en el pueblo está viva la esperanza;
de saber que más allá del dolor que hay que vivir,
somos peregrinos hacia Ti”


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes