Homilía de la celebración en el Catedral
(09/07/2012)

 

Hermanas y hermanos:

Estamos participando de la celebración de la Eucaristía, en un nuevo aniversario del fallecimiento de nuestro primer pastor diocesano, el Padre Obispo Jorge Novak.

En este al altar, donde él tantas veces ofreció el sacrificio de Cristo por nosotros y donde se alimentó en su vida cristiana, también hoy Jesús, el Buen Pastor, sigue dando su vida por sus ovejas. En el misterio pascual que celebramos, nos vamos identificando con el Señor muerto y resucitado, único Salvador del mundo. En el misterio de su muerte y resurrección, Dios ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a todos a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cfr. Hch. 5, 13). En el bautismo hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos, así también nosotros andemos en una vida nueva (Cfr. Rm. 6,4). La fe en el Resucitado, una “fe que actúa por el amor” (Gal. 5,6), se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del ser humano (cf. Rm. 12,2; Col. 3,9-10; Ef. 4, 20-29; 2 Co. 5,17).

Es aquí, en la Eucaristía donde nuestro Padre Obispo Jorge fue configurado por el Señor en un verdadero pastor de su pueblo, hasta dar la vida por él. Es natural que todos queramos aferrarnos a esta vida; la defendemos, nos defendemos ante las injusticias, luchamos por los derechos a la vida, y se nos hace difícil llegar a tener que darla por los demás, en las pequeñas y en las grandes circunstancias de la existencia. Precisamente en este sacramento de nuestra fe, anunciamos la muerte de Cristo por nuestra Salvación. Muerte por amor. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn. 15, 13). En el altar, cada día, el cristiano, y por ende, el pastor va entregando su vida con Cristo, a la vez que se alimenta de Él.

Cuando el Padre Obispo Jorge fue invitado a disertar en la Facultad de Teología de la UCA, con motivo de la celebración de los 25 años de la Clausura del Concilio Vaticano II, al iniciar su exposición, luego de invocar al Espíritu Santo (a quien encomendaba su vida entera), empezó a hablar del ministerio episcopal; y lo hizo como un hombre de fe, un cristiano cabal, y no sólo como profesor y doctor de Historia de la Iglesia. Notablemente fue citando a los primeros Padres de la Iglesia. Decía textualmente: “Cuando pasamos a considerar el ejemplo de los Santos Padres que ejercieron el ministerio episcopal hallamos nuevos estímulos, los que somos sucesores de los Apóstoles, para actuar pastoralmente en una época de grandes cambios culturales y de una profunda renovación de la Iglesia, suscitada por el Espíritu Santo a lo largo de nuestro siglo, y que halla en el Concilio Vaticano II consolidación, ordenamiento interno e impulso decidido con identidad católica y dimensión ecuménica”. Al hablar de San Atanasio y otros obispos de su época, el Padre Obispo Jorge comenta: “¡Qué modelo de seguridad en la fe, de paciencia inalterable en las persecuciones, de promotor de la santidad cristiana! En aquellos santos varones, en quienes brillaba a la par la sabiduría cristiana y la santidad de vida, los obispos encontramos hoy estímulos fortísimos para cumplir con el más sagrado de nuestros deberes: la defensa, profundización y extensión de nuestra santa fe católica”.(Conferencia-testimonio en Devoto, 23 de mayo de 1990, pag. 1 y 3).

En este aniversario del fallecimiento del Padre Obispo, queremos hacerlo considerando cómo él hizo vida las enseñanzas del Concilio Vaticano II en su ministerio. (Las reseñas que hemos escuchado anteriormente lo reflejan).

Los grandes causes de la pastoral diocesana muestran cómo fue plasmando el espíritu renovador del Concilio: la misión, la opción preferencial por los pobres, la defensa de los derechos humanos y el ecumenismo.

Es así como leemos en uno de sus escritos: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio! (1 Co. 9, 16)… Mi gestión como Obispo, sucesor de los Apóstoles, que se identificaban como servidores de Jesucristo, llamados para ser enviados y elegidos para anunciar la Buena Noticia (Rm. 1,1), que no se avergonzaban del Evangelio… (Rm. 1,16), mi responsabilidad era y es asegurar a la Iglesia diocesana su plena capacidad y despliegue del dinamismo evangelizador actuado en el Espíritu Santo. Para lograrlo, y siguiendo fielmente las orientaciones del Concilio Vaticano II y las de la Santa Sede , en perfecta comunión con el sucesor de Pedro y con el Colegio Episcopal, traté de crear y cultivar los organismos de comunión y participación infaltables en toda Iglesia Particular” (Conferencia-testimonio; Devoto, 23/5/1990, pag. 23).

Su compromiso con la sociedad queda expresado en estas frases: “Nos ha dicho reiteradamente el Papa Juan Pablo II: “el hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia”. Recibida la ordenación episcopal salí, como alguien diría, a la calle, para conectar con el hombre en su situación concreta. También abrí la puerta de mi modesta oficina, para que la calle se metiera dentro”. “En 1981, con motivo de mi viaje a Roma, los delegados regionales de la C.U.T.A. me entregaron una carpeta con material informativo sobre el grave deterioro social de los trabajadores, para ponerlos en manos del Papa”. Y en 1990 decía: “La situación ha empeorado. Gran parte de la problemática familiar tiene su verdadera causa en la disolución del mundo del trabajo… Nos ha faltado una Pastoral de conjunto a la altura de los documentos de la Santa Sede , pero con una bajada de línea que señalara bien las medias verdades, y el peligro no sólo del marxismo ateo, sino también del liberalismo económico igualmente enemigo de Dios y de la persona humana”. (Cf. Idem)

Indudablemente la mayor calidez del encuentro social que he experimentado como obispo ha sido con el pueblo más inmediatamente confiado a mis desvelos pastorales. En los centros urbanos y en los barrios periféricos, en las villas de emergencia y en los asentamientos siempre he encontrado la misma fe, el mismo entusiasmo religioso, la misma adhesión a la Iglesia. Espontáneamente vienen a la memoria la visión que Dios nos revela a través de su profeta: “aquél hacia quien vuelvo la mirada es el pobre, de espíritu acongojado, que se estremece ante mis palabras” (Is. 66, 2). El contacto con los fieles, dadas las pocas distancias y la densa concentración de población, es continuo, múltiple y mutuamente edificante.” (Cf idem, pg. 19)

Luego se refiere a los otros dos cauces pastorales: “La experiencia de humanidad acumulada en mis años de obispo me significó providencialmente un crecimiento en mi dimensión cristiana y eclesial. Me refiero a mi estrecha colaboración con los representantes oficiales de las Iglesias protestantes en la Argentina. La defensa de la dignidad de la persona humana nos llevó, en octubre de 1976, a fundar el “Movimiento Ecuménico por los derechos humanos” (MEDH), donde el riesgo no era tan remoto, nos facilitó un mejor conocimiento mutuo y generó una amistad cristiana verdadera, compenetrada de respeto mutuo.” (cf. Idem, pg. 19)

Mucho podríamos decir del modo como el Padre Obispo hizo suyas las enseñanzas del Concilio. Creo que viene bien citar lo que la Constitución Lumen Gentium dice: “el obispo, enviado por el Padre de familias a gobernar su familia, tenga siempre ante los ojos el ejemplo del Buen Pastor, que vino no a ser servido, sino a servir (cf. Mt. 20, 28; Mc. 10, 45) y a entregar su vida por sus ovejas (cf. Jn. 10, 11)”. “Siendo él deudor para con todos, a la manera de Pablo, esté dispuesto a evangelizar a todos (Cf. Rm. 1, 14-15) y no deje de exhortar a sus fieles a la actividad apostólica y misionera.” (LG 27)

Ustedes, mis hermanos, son quienes han conocido directamente a su Pastor en su entrega apostólica. Como decía un antiguo hombre de las letras, Ramón Llul (1232?-1316): “el amor nace del recuerdo, vive de la inteligencia y muere del olvido”. Recordar a nuestro primer obispo a todos nos despierta a la fe cristiana que lo animó y, en la medida de nuestras posibilidades, imitar su vida. Con la ausencia de una persona tan amada y respetada, el amor a él se agranda como la sombra del árbol cuando el sol se aleja. Recemos por su eterno descanso y, por qué no, encomendémonos a su intercesión para lo que necesitemos para nuestra vida cristiana. No nos cabe duda que, al estilo del Cura Brochero, fue un hombre de Dios, que vivió y murió por su pueblo. Que este aniversario de su pascua sea ocasión para renovar nuestro compromiso en la difusión del Reino de Jesús, fieles en el servicio al Pueblo de Dios que peregrina como Iglesia de Quilmes.

La Virgen María, a quien honramos hoy como Nuestra Señora de Itatí, y que animó la vida y el ministerio de nuestro primer pastor, nos ayude a vivir en la esperanza, proclamando nuestra fe en el Señor muerto y resucitado, hasta que Él vuelva.


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes