Homilía de la Celebración Ecuménica.
(01/06/2012)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Con profunda alegría comparto con ustedes esta celebración en el marco de la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Este año el tema que se ofrece para nuestra meditación está tomado de la primera carta de San Pablo a los Corintios: “Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor” (1 Co. 15, 51-58)

Contemplamos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, es decir, su resurrección, como un acontecimiento que transforma radicalmente a los que creemos en Él y nos abre el acceso a una vida incorruptible e inmortal. Reconocer y aceptar este poder transformador de la fe en Jesucristo nos sostiene a todos los cristianos en la búsqueda de la plena unidad entre nosotros.

Sabemos que cada año, diferentes grupos cristianos se ocupan de preparar el material para esta semana de oración. Este año lo hizo un grupo de Polonia. Conocemos que el pueblo polaco tiene una historia de valientes y repetidas luchas contra varias adversidades, y ha dado muestras de una gran determinación, animado por la fe. Como ha dicho el papa Benedicto en enero pasado, antes de clausurar esta semana de oración en Roma, los polacos “nos recuerdan que nuestra búsqueda de unidad se puede realizar de manera realista si el cambio se da ante todo en nosotros mismos y si dejamos que Dios actúe, si nos dejamos transformar a imagen de Cristo, si entramos en la vida nueva en Cristo, que es la verdadera victoria. La unidad visible de todos los cristianos siempre es una obra que viene de lo alto, de Dios, una obra que requiere la humildad de reconocer nuestra debilidad y de acoger el don. Pero para recoger una frase que a menudo repetía el beato papa Juan Pablo II, todo don se convierte también en un compromiso. La unidad que viene de Dios exige, por tanto, nuestro compromiso diario de abrirnos los unos a los otros en la caridad” (Ángelus, 22 de enero de 2012)

Las palabras de San Pablo escuchadas hoy concluyen con una acción de gracias: “¡Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo!” (v. 57). Este canto de victoria sobre la muerte se transforma en acción de gracias elevado al Vencedor. Hoy también nosotros, en nuestra oración, queremos dar gracias a Dios por lo que la gracia divina obró en el apóstol y por lo que la providencia divina realiza en cada uno de nosotros por medio del Señor Jesucristo. Al orar juntos, esperamos también nosotros ser transformados y conformados a imagen de Cristo. Esto se da ya entre nosotros al orar, porque cuando imploramos el don de la unidad de los discípulos de Jesús, hacemos nuestro el deseo expresado por el Señor en la víspera de su pasión y muerte en la oración dirigida al Padre: “para que todos sean uno” (Jn. 17, 21)

La presencia de Cristo resucitado nos llama a todos los cristianos a actuar juntos en la causa del bien. Unidos en Cristo, estamos llamados a compartir su misión, que consiste en llevar la esperanza allí donde dominan la injusticia, el odio y la desesperación. La meta de la unidad plena que esperamos con una esperanza activa y por la cual rezamos con confianza, es una victoria no secundaria, sino importante para el bien de la familia humana. Esta esperanza no es resignación o pasividad, sino respuesta pronta y atenta a toda posibilidad de comunión y fraternidad que nos dona el Señor. (Cfr. Benedicto XVI, 25/01/12)

Días atrás recibo un grato saludo desde Francia. Se trata del Hno. Leandro, un argentino que pertenece a la Comunidad de Taizé, a quien conocí en una visita que hice a ese monasterio hace dos años. Inmediatamente pensé en este encuentro de hoy, y en la persona del Hermano Roger (1015-2005). Busqué entre sus escritos esto que ahora comparto: “En mi juventud me sorprendía ver que los cristianos, a pesar de alimentarse de un Dios de amor, gastaban energía en justificar sus separaciones. Entonces me dije que era fundamental crear una comunidad con un pequeño número de hombres, pero que estuvieran decididos a dar toda su vida. Una comunidad en la que buscamos comprendernos y reconciliarnos siempre, en la que la bondad de corazón y la sencillez estén en el centro. Lograr juntos esta iniciativa cotidiana tan real como es reconciliarse todos los días y, así, hacer visible una pequeña ‘parábola de comunión´. Hacer realidad la reconciliación en la vida cotidiana. Hacerla realidad sin demora”.

Esa “parábola de comunión” que es Taizé, es una manifestación de la victoria de Cristo.

En otro de sus escritos leemos: “Dios no quiere que seamos víctimas de separaciones antiguas o nuevas entre cristianos. Durante siglos hemos vivido el recuerdo de esas separaciones. Al cultivar el recuerdo de los acontecimientos que han separado a los creyentes, mantenemos una herida profunda. Es necesario curarla. Hay cristianos que, sin demora, ya viven reconciliados allí donde se encuentran, muy humilde y sencillamente. “Comunión” es uno de los nombres más bellos de la Iglesia: en ella no puede haber severidades recíprocas, sino solamente la limpidez, la bondad de corazón, la compasión...”

Agradeciendo la acogida en esta Iglesia Anglicana, traigo a colación las palabras de condolencia del Reverendísimo Rowan Williams, arzobispo anglicano de Cantorbery, dirigidas a la Comunidad de Taizé para las exequias del Hno. Roger Schutz-Marsauche, asesinado durante la oración de la tarde en la iglesia de la Reconciliación, en Taizé: “Muy pocas personas de una generación consiguen cambiar todo el clima de una cultura religiosa; pero esto es justo lo que hizo el hermano Roger. Cambió los términos de referencia para el ecumenismo al desafiar a los cristianos de diversas lealtades a vivir juntos la vida monástica. Cambió la imagen misma del cristianismo para innumerables jóvenes. Cambió la percepción de las Iglesias sobre la absoluta prioridad de la reconciliación, primero en la Europa de la posguerra, luego a través de toda la tierra. Y puede que lo más importante sea cómo hizo todo esto sin ocupar un puesto de autoridad jerárquica, sin un puesto dentro de los juegos políticos y las luchas de las instituciones. Su autoridad fue verdaderamente monástica, la autoridad de un padre y de un hermano mayor en Dios, cuya visión procede de una espera paciente de Dios en la oración, del trabajo, los estudios, el discernimiento de una comunidad comprometida. Oramos para que la comunidad de Taizé, tan amada y estimada en todo el mundo cristiano, y más allá de él, siga haciendo lo mismo en los años futuros”.

Mis hermanas y hermanos, expreso el agradecimiento a los que han preparado con amor y dedicación esta Semana de oración y esta celebración ecuménica. Contemplando al Señor que vence con la fuerza de su amor, dejémonos contagiar de la alegría de su presencia y que la esperanza en su venida constante nos estimule, como hoy el Señor nos dice a través del texto paulino: “queridos hermanos, permanezcan firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, convencidos de que sus esfuerzos por el Señor no serán inútiles” (1 Co. 15, 58).

Amén.


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes