Catedral de Quilmes, 25 de mayo de 2012.

 

Sr. Intendente Municipal
Sres. Legisladores
Sres. Concejales
Autoridades del Poder Judicial
Hermanas y hermanos de otras confesiones cristianas
Autoridades Militares y Policiales
Representantes de las asociaciones intermedias
Instituciones del Partido de Quilmes
Abanderados, Docentes y alumnos
Personas de los Medios de prensa
Sr. Cura Párroco


HERMANAS Y HERMANOS:

“¡Señor, Dios eterno, alegres te cantamos…!”. Son las primeras palabras del himno en latín titulado TE DEUM. Hoy cantamos con alegría al Señor, por estos 202 años de la Patria. ¡Es la fiesta de todos! Queremos agradecerle a Dios, porque la Patria ante todos es un don: regalo precioso recibido de sus manos divinas.

Esta Patria en cuyo cielo reina la Cruz del Sur, como mostrando en la oscuridad de la noche la luz radiante del Redentor del mundo: Jesucristo, Señor de la historia.

La Patria es un don y es, también, la tarea de hermanas y hermanos que nos han precedido, unos nacidos en esta tierra americana y, otros, venidos del otro lado del mar; todos cobijados por la misma bandera celeste y blanca.

Antes de continuar, quiero decirles a todos, en este primer 25 de mayo que celebro como Obispo de Quilmes, que me siento contento de compartir con ustedes el ser ciudadano de Quilmes, con la responsabilidad pastoral también de acompañar en la fe a los hermanos de los Partidos de Florencio Varela y Berazategui. Vengo de una región muy rica en historia para los argentinos como es Córdoba, pero me emociona también pensar que ahora vivo en otra tierra donde se desarrollaron gestas tan importantes para la consolidación de nuestra Argentina. El primer gobierno patrio de 1810, fue precedido por años de luchas y conquistas de los criollos de este suelo. Quilmes fue testigo de ello: en estas riberas desembarcaron los ingleses con la pretensión de ubicar los productos de sus fábricas que España les impedía, pero los valerosos criollos resistieron y vencieron sin la ayuda de la alicaída Metrópoli hispana. Así fue creciendo el fervor patriótico que desembocó en un grito revolucionario aquel primer 25 de mayo.

El Te Deum, es un himno de alabanza y de acción de gracias. Hemos escuchado en la primera lectura (Col. 3, 12-17): “Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados”. Este himno, el Te Deum, hunde sus raíces en una antigüa tradición de la Iglesia y ha servido en los momentos significativos de la historia argentina para unir a la comunidad en actitudes constructivas y superadoras. Nacido hace más de 1600 años, es un himno que acompañó la historia de los pueblos, ciudades y naciones en inmemorables acontecimientos.

Porque la fe no afecta sólo una parte de la vida, sino que toca toda la vida del creyente. A veces se pretende reservar la fe para el ámbito privado. Se quiere relegar a la religión al fuero de la conciencia y que no influya en la vida social y pública: la vida profesional, la economía, la medicina, la política, la educación. “La fe es una decisión que afecta toda la existencia” (Juan Pablo II, V.E. 88) Por ello es que ha iluminado y fortalecido la vida de los pueblos.

El Evangelio proclamado recién nos presenta a la Virgen María , que en casa de su prima Isabel, exclama alborozada: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador”. Es el canto llamado: “Magnificat”. Se destaca la alegría y la sencillez de María, representante de los pobres de Yavé. Adora a Dios, pero reconoce también la presencia y la obra de Dios en su propia vida y en la historia de su Pueblo. La imagen de la Inmaculada en nuestra Catedral nos ayuda en estos sentidos pensamientos.

El Te Deum y el Magnificat, son himnos de alabanza y de acción de gracias. Son oraciones que nos invitan a liberar el corazón. Porque no sólo nos acercamos a Dios para pedirle lo que necesitamos, o para rendirle cuentas de nuestra vida, sino que también, y sobre todo, nos acercamos para adorarlo con todo nuestro amor, para reconocer su poder, su belleza, su santidad, su gloria.

La oración de alabanza nos invita a salir de nosotros mismos y de nuestro cerrado mundo, para admirar la grandeza de Dios y cantar sus maravillas.

San Agustín, lo expresaba en esta bellísima oración: “A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte, Señor. Tú mismo lo incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para Ti, ¡oh Señor!, y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en Ti” (San Agustín, Confesiones. 1.1.1).

Lejos de apartarnos de los demás, la alabanza nos previene de todo individualismo egoísta y destructivo; nos abre a la solidaridad que nos ennoblece y enaltece. La alabanza desinfla nuestro orgullo y soberbia, para disponernos a la humildad que nos hace hermanos de los demás y de toda criatura.

Por eso en el Te Deum cantamos “te alabamos…” un plural que expresa nuestro ser con los demás, con los que nos precedieron en el tiempo como con los contemporáneos, constructores de una misma historia humana.

Aquellos hombres y mujeres de Mayo de 1810, tuvieron un proyecto, miraban al futuro. También hoy nosotros, a orillas de este Río de la Plata, queremos elevar nuestros deseos al cielo, que son los del ciudadano común de nuestro pueblo:

Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas las formas
Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo
Alentar el paso de meros habitantes a ciudadanos responsables
Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y organizaciones sociales
Mejorar el sistema político y mejorar la tan preciada democracia que hemos conseguido
Afianzar la educación y el trabajo, como clave del desarrollo y de la justa distribución de los bienes.
Establecer estrategias para favorecer la seguridad integral de los ciudadanos

¡ARGENTINA, CANTA Y CAMINA! Reza la conocida oración por la Patria. Caminamos en la esperanza. No se trata de esperar de cualquier manera. Por eso en la oración pedimos al Señor “la alegría de la esperanza que no defrauda”. Pedimos la esperanza, pero no dejamos de caminar. Eso significa la valentía de un corazón grande, capaz de comprender y amar, evitando cualquier tipo de exclusión, que siempre es injusta y dolorosa; contraria al bien común. No es un caminar pegando “codazos” o “pisoteando” a los que caen o van más lentos. Es la valentía de un corazón que no deja de luchar y preocuparse mientras hay gente que no puede acceder a la educación, la salud, el trabajo digno, la vivienda… Un corazón magnánimo y generoso, que busca la verdad y la justicia, aprendiendo que éstas no se logran sin perdonar, y sin descartar el odio o el rencor” (Mons. Arancibia. 25/5/08).

Señor Jesucristo, ¡alegres te cantamos! Desde estas riberas históricas donde nació la Patria, queremos decirte:

Tú nos convocas.
Aquí estamos, Señor, cercanos a María, que desde Luján nos dice:
ARGENTINA, ¡CANTA Y CAMINA!


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes