Homilía en la Vigilia Pascual, Catedral de Quilmes (07/04/2012)

 

Hermanas y hermanos:

En esta Vigilia, la más santa de las noches, celebramos gozosos la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La Iglesia celebrará esta fiesta solemnemente durante ocho días. Todo el texto del Nuevo Testamento es un mensaje de la resurrección de Jesús. Es el punto “Omega” del destino del hombre en que se cumple el plan creador y redentor de Dios.

Para San Pablo la resurrección de Cristo es el signo universal que Dios ha ofrecido a toda la humanidad. Cristo murió por todos y resucitó por todos. En él se define Dios como el que es capaz de acompañarme en la muerte, sufriéndola conmigo y venciéndola, como convirtiéndola en un puente hacia la otra orilla, la ribera de la vida eterna. La salvación que Cristo nos ofrece no se clausura en esta tierra, sino que desemboca en la eternidad.

Con su resurrección Dios nos muestra que jamás nos olvida, y nos revela que Él nos ama para toda la vida.

La resurrección es el supremo hecho de amor, el sí del amor que da sentido a la existencia.

Sin la resurrección, la nuestra muerte sería la constatación de que todo anhelo humano es inútil, que todo el esfuerzo que en esta vida realizamos desde que nacemos no sirve para nada, que todo termina en una frustración total.

A medida que crecemos, todo se presenta para que tomemos en serio la vida; una vez que maduramos, que nos estabilizamos y adquirimos cierta seguridad para manejarnos, sentimos que la vida se nos escapa. Parece que todo es un engaño.

De todos modos, algo misterioso en nosotros se moviliza para perseverar, volver a empezar, no aflojar… Lo estamos viendo y viviendo en estas horas. Luego de la fatalidad de este tornado que azotó a Buenos Aires, hombres y mujeres, de todos los barrios están moviéndose para reconstruir, uniéndose para arreglar la casa, los negocios; reclamando por el restablecimiento de la energía eléctrica, para poder hacer lo que hay que hacer para levantar de nuevo… volver a empezar… Es que, pese a lo fugaz de la vida, todos, en lo hondo, abrigamos la fe en el futuro, en el mañana. Es que sin alguna esperanza no podríamos vivir.

Dios, que nos ha creado para la vida y que amándonos no nos puede abandonar en la muerte, ese Dios nos ha dado en la resurrección de Cristo la respuesta definitiva. Así nos queda más claro a dónde apuntan nuestras esperanzas terrenas, esa sed de permanecer, de vivir siempre.

La resurrección también nos revela por qué ninguna esperanza ya cumplida detiene nuestro caminar; siempre queda una reserva en nosotros que nos mueve a buscar más, algo hacia lo que nos dirigimos, pero que por nosotros mismos no podemos alcanzar. Como creyentes que somos, decimos con San Pablo: “Sé en quién he puesto mi confianza” ( 2 Tm. 1, 12).

La Pascua no es sólo una verdad ya cumplida, más allá de nosotros, sino una verdad que nos envuelve a cada uno. Queda demostrado que la muerte no es omnipotente. Que es un “paso”. El Señor ha vencido no una muerte, sino la muerte. Por eso dice San Pablo: “La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?” ( 1 Co. 15, 55)

El grano de trigo muere para dar fruto. Es la imagen que Jesús usó para enseñarnos que la muerte no es la palabra final. La última palabra es la Vida. Esa es la esperanza que hay en cada uno de nosotros. Nos parece imposible que la muerte engendre vida. Pero eso imposible ya es realidad en Jesús resucitado.

Con la Pascua de Jesús da un giro la historia humana. Sin la Pascua no habría Evangelio, ni Nuevo Testamento, ni relato alguno sobre el Cristo histórico, ya que la Resurrección es lo que arroja luz sobre toda su existencia desde el nacimiento hasta la cruz. Todo se ve desde la fe en el Señor resucitado. Allí se inicia de golpe el cristianismo.

El Señor resucitado lleva sus llagas que luego muestra a los discípulos. Así nos revela que la Pasión no ha sido una derrota. El amor que da la vida no se pierde, es asumido por el mismo Dios. La Cruz es el poder del amor de Dios. Creer en el Resucitado es creer en el Crucificado; implica aceptar el sentido del dolor, de los fracasos. La fe en la resurrección me lleva a tomar en serio el seguimiento del Jesús histórico.

Porque creo que Jesús resucitó podemos decir que tuvo razón cuando se identificó con los pobres y débiles, cuando vino no para ser servido sino para servir. Esta fe, que luego renovaremos solemnemente con las velas encendidas, implica una lucha diaria contra todo lo que significa muerte en medio nuestro: la violencia, el poder que aplasta y degrada; la explotación del hombre por el hombre. La defensa de la vida en todas sus formas debe estar arraigada en nuestras conciencias.

Jesús resucitado aún lleva las cicatrices de las llagas de la pasión, de los clavos de la cruz. La unión con el Señor Resucitado nos compromete en la solidaridad con los que sufren, que son parte del Cuerpo de Cristo. Jesús no está separado de los hombres de la historia. Lo expresa magníficamente el Concilio Vaticano II, del que celebraremos los 50 años de su inauguración: “el gozo y la esperanza, las lágrimas y angustias del hombre de nuestros días, sobre todo de los pobres y de toda clase de afligidos, son también gozo y esperanza, lágrimas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada hay de verdaderamente humano que no tenga resonancia en nuestro corazón” (GS 1)

Hermanas y hermanos de la Diócesis de Quilmes: esta Pascua 2012 es muy particular. Muchos hoy no tienen luz ni agua, ni el techo de su casa tan siquiera. Algunos lo han perdido todo a causa de este catastrófico tornado del miércoles a la noche ¿qué me dice Jesús? ¿qué nos pide el Señor?


El pasado 2 de abril, conmemorando los 30 años de la Guerra de Malvinas, comentaba, en Florencio Varela, que el Padre Obispo Novak, arrodillado ante la Virgen de Luján en su Santuario, imploraba la paz. Pero su oración iba acompañada de un voto, de un compromiso. Viendo que, además de las atrocidades de la guerra, cundía el hambre y la falta de trabajo, prometió levantar una Casa de la Caridad, y proclamar 100 días de solidaridad en Diócesis, desde el 1° de mayo al 7 de agosto de aquel 1982.

Mis hermanas y hermanos de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui, en esta Pascua, a 30 años de aquel signo de amor que los unió ante el infortunio, hoy también quiero anunciarles que próximamente, en toda la Diócesis iniciaremos la “Campaña PADRE OBISPO JORGE NOVAK: 100 días de solidaridad”. ¡Que él, pastor ejemplar, desde el cielo nos ayude!

Desde la Vicaría de Solidaridad, Caritas Diocesana y Pastoral Social, luego de evaluar los hechos recientes y sus consecuencias en los hogares de la diócesis, comunicaremos el inicio formal de esta campaña, a la que convoco a todos los fieles católicos, pero también a toda persona de buena voluntad de los Partidos de Berazategui, Florencio Varela y Quilmes que componen nuestra Diócesis.

Creemos que el Señor Resucitado actúa constantemente en todas las dimensiones de la vida humana, en su gran diversidad de culturas y experiencias religiosas. El Señor actúa en el mundo allí donde los hombres luchan por vivir las virtudes fundamentales del reino de Dios: la verdad, la justicia, el amor, la paz. Toda dignificación y auténtico crecimiento humano lleva el sello del espíritu del Señor Resucitado.

En esta noche santa, hemos contemplado qué grandioso es el plan creador de Dios. Pero más maravillosa es la nueva creación en Cristo Resucitado y su espíritu. Ante todo esto, hermanas y hermanos, el corazón no atina a otra cosa que gritar y cantar…

¡ALELUYA!
¡VIVA EL SEÑOR JESUS RESUCITADO!
¡ALELUYA! ¡ALELUYA!


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes