Catedral de Quilmes (04/04/2012)

 

Hermanas y hermanos:

Esta celebración, al umbral del Triduo Pascual, tiene una riqueza de simbolismos que nos llenan de alegría. El obispo acompañado de todos los miembros del Presbiterio y del Diaconado de la Diócesis. Los recipientes llenos de aceite que se bendicen para los sacramentos de la fe. Los sacerdotes renovando ante el Padre Obispo las promesas de fidelidad sacerdotal. Son los signos que acompañan al gran signo: Jesús que se entrega en su Palabra y en su Cuerpo y Sangre por nuestra salvación.

Hoy contemplamos a Jesús, el Ungido por el Espíritu “para anunciar el Evangelio a los pobres”…”para anunciar un año de gracia”.

Uno de los símbolos del Espíritu Santo es la unción con el aceite. En el Antigüo Testamento los reyes, los sacerdotes y profetas eran ungidos para que tuvieran la fuerza necesaria para cumplir con su misión.El aceite en la unción es signo exterior de la elección divina, acompañado de la irrupción del Espíritu, que toma posesión del elegido (1 Sa. 10,1-6; 16,13). El Ungido por excelencia es Jesús, el Hijo de Dios.(Heb.1,9).

En el Bautismo y en la Confirmación nosotros somos ungidos. Esta unción no significa sólo que somos elegidos, sino que somos capacitados para cumplir la misión que Dios nos da en esta vida. Para ser discípulos misioneros del Reino, para cumplir nuestra tarea como fieles laicos y como consagrados necesitamos no sólo la fuerza, sino también la sabiduría que viene de lo alto. La unción simboliza al mismo Espíritu Santo que se derrama para darnos sabiduría. Por eso en la primera carta de San Juan se nos dice a los cristianos: “ustedes conserven la unción que recibieron de él, y no tendrán necesidad de que nadie les enseñe” (1 Jn. 2,27)

Hoy, todos los presentes, fieles y sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, obispo y pueblo fiel, le pedimos al Padre que renueve en nosotros la unción del Espíritu que hemos recibido en el Bautismo, la misma unción con que ungió a su Hijo amado, y que Él nos comunicó por la fuerza de su Espíritu.

Pidamos al Padre ser plenamente hijos suyos. Que experimentemos su abrazo de Padre misericordioso, y que sus manos se posen sobre nosotros curando nuestras llagas de hijos pródigos que, arrepentidos, volvemos a su Casa. Que su amor, que mana mansa y pacientemente de su corazón paternal, se derrame sobre todo su Pueblo, la Iglesia , hermanándonos, sin dejar ningún huequito o fisura por donde se filtren las divisiones, la envidia, el rencor.

Hermanos sacerdotes, hemos sido ungidos para ungir a los hermanos; pidamos al Señor nos ayude para hacerlo con corazón de padres. Un verdadero padre es el que se da por entero a su familia, en todo y para siempre.

Recordando al padre de la parábola que nos cuenta Jesús (cfr. Lc. 15):

Un padre que cuando abraza, abraza a todos los hijos, justos y pecadores, al que quedó y al que se fue y volvió.

Un padre que cuando reparte no se guarda nada. “Hijo, todo lo mío es tuyo”. Por eso cuando perdona no mezquina nada, sino que festeja a lo grande.

Un padre que cuando espera no se cansa, espera siempre, espera todos los días, espera todo lo que haga falta, y a todos los hijos.

Queridos hermanos sacerdotes: en estos días de semana santa, nuestro pueblo nos testimoniará con su presencia en las celebraciones, al acercarse a la reconciliación, al realizar sus actos y gestos de piedad cristiana, que los anima una fe profunda en el Dios siempre fiel, que ama para siempre, en ese Dios lleno de ternura y compasión que muestra su fidelidad en el perdón, perdón que reabre siempre el futuro. Decir que uno cree en el perdón de los pecados es confesar que siempre hay futuro, que el futuro nunca está cerrado, que siempre se puede volver a comenzar. Que Dios va siempre adelante, nos espera siempre adelante con su misericordia para recibirnos, para darnos la vida, la vida eterna. Nosotros, con nuestro ministerio sacerdotal, somos servidores de esa esperanza que el creyente tiene en Dios.

La sola presencia del sacerdote en medio de pueblo, es fuente de esperanza, porque es signo de que Dios sigue viniendo a su encuentro para salvarlo. Cuántas veces contemplamos de cerca esta realidad cuando administramos el sacramento de la unción de los enfermos.

Nosotros, sacerdotes, apoyémonos en ese Dios que se nos revela en Jesucristo, y abrámonos a quien nos necesita. Nos reconocemos necesitados de Dios, pero a la vez ayudamos a otros con nuestro don. Es parte central de nuestra misión ayudar a otros a creer, ayudar a otros a esperar, ayudar a otros a amar. Y si no lo hacemos, nuestra vida se convierte en un escándalo para el pueblo de Dios. Quizás no resolvemos nada, pero sostenemos la esperanza de los otros a lo largo del camino. ¿ Un engaño que anestesia?. No; una certeza que sostiene. (cfr. José Maria Recondo.”Alegres servidores de la esperanza”. CEA, pg. 92).

En momentos más renovaremos las promesas sacerdotales. Demos gracias a Dios por este regalo de su amor: el sacerdocio. A la vez renovemos la promesa de asemejarnos a Cristo Buen Pastor, dando la vida cada día por la salvación del rebaño que se nos ha confiado. El corazón se nos llene de entusiasmo y emoción al recordar el momento en que dijimos: “Aquí estoy”, cuando fuimos llamados por la Iglesia. Fue el día del “sí” de nuestra ordenación sacerdotal, cargado de alegría y esperanza. Es el “sí” que hoy renovamos con amor humilde y confiado, a este Jesús que no ha venido a ser servido, sino a servir.

Es mi deseo y mi oración en esta Eucaristía que, al renovar estas promesas, el buen Padre Dios nos renueve la gracia de tener estos gestos de unción, estos gestos sacerdotales y paternales, que ayudan a que todos sintamos que la Iglesia es “casa y escuela de comunión”.

Queridos hermanos diáconos: han sido llamados a servir a la Iglesia, fortalecidos, en su mayoría, por la doble sacramentalidad del Matrimonio y del Orden. Ordenados para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la liturgia, especialmente para los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio; también para acompañar a las comunidades, especialmente en los más pobres, enfermos y olvidados. Esta celebración los llene de ese espíritu que los anime a insertarse más en el cuerpo diaconal, en fiel comunión con el Obispo y en estrecha unidad con los presbíteros y demás miembros del pueblo de Dios.

Queridos seminaristas: en este día que contemplamos el regalo del sacerdocio en la Iglesia , les comparto estas palabras de Jesús: “Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor… No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes”. No nos cansemos, no nos asustemos, no tengamos miedo. No somos nosotros los que hemos elegido el camino pascual de Jesús. Él nos ha elegido porque quiso, y nos ha elegido asegurándonos su permanente presencia hasta el final: “yo estoy con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt.28,20). Esto nos da a todos mucha serenidad interior, pero a la vez nos compromete: “Los he destinado para que vayan y den fruto” (Jn. 15,16). (E. Pironio; Cristo entre nosotros, PPC, Madrid 1998, 141).

Hermanas y hermanos: Nuestra gran pasión es “evangelizar”. Qué bueno es recordar lo que hace más de treinta años nos dijo Pablo VI: “Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo – como Juan Bautista, como Pedro y Pablo, demás apóstoles y evangelizadores – con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea esta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas”.( E.N. 80).

María Santísima, en quien el Ungido del Padre se ha hecho carne, nos acompañe con su amor de Madre, para ser fieles servidores de nuestros hermanos, alegres testigos de la esperanza, humildes discípulos del Señor.


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes