Mensaje de Navidad (23/12/2011)

 

Hermanas y hermanos:

En la noche de la primera Navidad, los pastores asustados, envueltos en una gran luz, escuchan la voz del ángel: “No teman, porque les traigo una buena noticia, una alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2, 10-11).

Ese signo sigue estando entre nosotros en tantos pesebres vivientes de nuestros barrios y ciudades, en los que armamos en nuestra casa o en nuestras vidrieras: un niño recién nacido en el pesebre. ¡Qué simplicidad y qué belleza! Es el milagro de la vida humana. Es el modo que Dios, Padre de toda bondad, eligió para darnos vida abundante y eterna: hacerse uno de nosotros. Es el gran regalo de Dios al hombre. Dios no está lejos del hombre, sino que se ha inclinado hacia él y se ha hecho carne (Jn 1,14), para que el hombre comprenda dónde reside el sólido fundamento de todo, el cumplimiento de sus aspiraciones más profundas: en Cristo (cfr Benedicto XVI. Verbum Domini , 10).

“No teman”, dice el ángel a los pastores. Eso quiere Dios en la Navidad : quitarnos el miedo. ¿Quién puede tener miedo a un niño que nace? Es fuente de alegría y no de temores. Ese es su mensaje para los hombres de todos los tiempos. Dios es amor. Quien permanece en su amor, lo recibe y lo ama, y vive la Buena Noticia en la alegría y la esperanza. Ante este Divino Niño nos podemos preguntar: ¿compartimos este proyecto de Dios, mostrándonos en la familia, en la comunidad cristiana, en el campo de la política y del trabajo, como Jesús en Belén, es decir, como una presencia que no despierta miedo o temor, sino que inspira paz, esperanza y alegría?

Frente a las realidades que nos llenan de miedo y de angustia, en la familia y en nuestra sociedad, mirando al Niño Jesús, nos preguntamos: ¿Buscamos cada día disipar los temores causados por el egoísmo, la ambición, la envidia, el rencor, la mentira, o sea, el pecado en todas sus formas, para que, en cambio, brille en nuestros corazones la luz de la gracia, de la verdad, del amor, de la justicia, del perdón y la paz?

El Niño Jesús es el gran regalo de Navidad. Es costumbre que intercambiemos regalos en esta fiesta de los cristianos. Para mí, ustedes, hermanas y hermanos de Quilmes, Berazategui y Florencio Varela, son el regalo que Dios me hace. Para mí son el Niño Jesús que nace en esta Navidad. Quiero regalarles, como ya lo he expresado, mi corazón.

Les invito a que, como el mensajero celestial del evangelio, digamos a quien sea: “te traigo una buena noticia, una gran alegría: ha nacido el Salvador. El Niño Jesús”. Somos mensajeros de alegría y de paz, porque anunciamos a Jesús, Vida nuestra. Así lo expresaba el Padre Obispo Jorge Novak, en su Carta Pastoral de Navidad de 1978: “¿Somos mensajeros de gozo o profetas decaídos que hacemos un mal servicio al Dios de la alegría y la esperanza? Un mensaje de gozo sin los correspondientes frutos de la paz y de la reconciliación no merece crédito; mucho menos el calificativo de cristiano. Y hablando de paz, evocamos ese bien mayor que es la vida, amenazada, no raras veces con apoyos legales y so pretexto de humanidad, desde el seno materno hasta los pasos vacilantes del anciano, que se arrastra desconcertado en un mundo que pareciera mezquinarle, con el espacio vital, las mínimas muestras de afecto que reclama con toda razón”.

Como los pastores que fueron a ver al recién nacido, tengo profundo deseo de verlos en sus comunidades, y en donde vivan, para compartir la alegría de encontrar juntos a Jesús, el Salvador.

De corazón: ¡FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO!

¡Dios les bendiga!


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes