Homilía de la misa de inicio del ministerio episcopal en la Diócesis de Quilmes (17/12/2011)

 

Hermanas y hermanos:

Toda la Liturgia de este último domingo de Adviento nos prepara el corazón para centrarnos en el Misterio de Dios hecho hombre, en las entrañas de María, y nacido en el pesebre de Belén: el Dios con nosotros.

El sencillo relato de la Anunciación es un preludio del que narra el Nacimiento de Jesús, que escucharemos y contemplaremos en Navidad.

En su plan de salvación, Dios irrumpe en esta historia nuestra, sin estridencias, con sencillez, como pidiendo permiso, todo por amor a cada uno de nosotros. Es la “locura” de Dios, como dirá San Pablo. Por amor, se hace hijo de mujer, se hace siervo.

Ante el desconcierto de María, el ángel le dice: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido… concebirás y darás a luz un hijo… y será llamado hijo de Dios”. “¿cómo puede ser eso?... Es obra del Espíritu, dijo el ángel, por eso tu hijo será hijo de Dios”.

Luego, la humilde muchacha de Nazareth, al escuchar que “para Dios no hay nada imposible”, da su “sí” que expresa la entrega sin reservas a Dios. Es la obediencia de la fe: “yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí tu Palabra”.

Es una expresión que parece estar como sosteniendo aquella otra de Pedro en la barca, cuando Jesús le dijo “Navega mar adentro, y echen las redes”, el pescador contestó: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”. De nuevo, la obediencia de la fe. Esta vez desde los labios y el corazón de un hombre pecador, que ante la milagrosa pesca exclamará tirado a los pies de Jesús: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”.

Con esta motivación de la Palabra de Dios, me presento a ustedes, MI QUERIDA IGLESIA DE QUILMES.

Desde que el Santo Padre Benedicto me ha elegido para pastorear esta porción del Pueblo de Dios, he experimentado que Jesús me invita a dejar la orilla de lo conocido, de lo seguro, que es vivir en diócesis del interior del país, donde nací y crecí, para encarnarme en esta vital y superpoblada Diócesis de Quilmes. Ustedes se venían preparando en la oración junto al Padre Obispo Luis para recibir al nuevo Obispo. Para mí fue algo verdaderamente sorpresivo. Me encontraba en plena celebración de los cincuenta años de la Diócesis de San Francisco; iniciando una nueva etapa del plan pastoral; a poco más de seis años de estar en el este cordobés. Fue sorpresivo para mí, de verdad. Pero luego vino la Palabra del Señor, como la de hoy, “no temas…”. Es lo que nos sucede a todos, sacerdotes y obispos, religiosos y religiosas, cuando Jesús nos desinstala, nos llama a dejar y seguir.

Hermanos de Berazategui, Florencio Varela y Quilmes, vengo a ofrecerles mi corazón; a unirme al camino pastoral que vienen realizando desde aquel año 1976, cuando Pablo VI creó esta Iglesia particular y nos regaló a ese santo pastor: Mons. Jorge Novak. Qué iba a sospechar yo que tuviera que suceder a ese verdadero profeta, aquel día en el que los alumnos de la Facultad de Teología de Devoto, lo aplaudimos y saludamos en los pasillos cuando fue designado primer obispo de Quilmes. Eran días oscuros y tristes para el país. Estábamos desconsolados por los asesinatos y desaparición de compañeros nuestros y de insignes pastores. Su nombramiento fue una luz de esperanza. Su presencia de Padre, nos infundía serenidad y consuelo, como otros sacerdotes que nos contenían y pastoreaban.

Más que nunca ahora percibo que con su ministerio episcopal dejó gravada a fuego esta convicción: la misión de la Iglesia es evangelizar. Esto queda de manifiesto en el escrito del Pastor Dr. Arturo Blatezky: “Mi último encuentro con el Padre Obispo Jorge Novak”, que fue el 5 de julio de 2001, días antes de su pascua. “El Obispo dijo textualmente: “Mirá, cuando yo le entregue la diócesis a mi sucesor le voy a decir esto: ´yo no le entrego una diócesis con un programa especial. Porque el programa de esta diócesis es Cristo. Un Cristo antropológico, un Cristo encarnado en los hombres, en los pobres´.

Estas profundas y sencillas palabras del Padre Obispo, nos recuerdan estas palabras del documento de Aparecida:

“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29)

“Comunicar la alegría que se produce en el encuentro con la persona de Cristo, palabra de Dios presente en medio de nosotros, es un don y una tarea imprescindible para la Iglesia. En un mundo que considera con frecuencia a Dios como algo superfluo o extraño, confesamos con Pedro que sólo Él tiene “palabras de vida eterna” (Jn. 6, 68). No hay prioridad más grande que esta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios, al Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante (cf. Jn. 10, 10)” (Benedicto XVI, VD. 2).

La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo es una pasión por el otro.

La Iglesia nos propone asumir un nuevo estilo, más evangélico, que se caracterice por la cercanía a la gente, hasta dar la vida como Jesús. “En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de la vida” (DA. 139).

Acá estoy, hermanas y hermanos, para que, como veníamos rezando en la oración por el nuevo Obispo, juntos “podamos avanzar por caminos de comunión y participación, de misericordia, de justicia y de paz, y nuestra Iglesia diocesana se renueve en el compromiso con los pobres, el impulso misionero, la defensa de los derechos humanos y el servicio a la unidad de los cristianos”.

Queridos sacerdotes: me siento desde ya unido a ustedes para vivir este ministerio en fraternidad, compartiendo con alegría la pasión por la verdad y el gusto de servir a los hermanos. Nuestra unidad será el mejor testimonio de Cristo, ya que vivimos en un mundo que, como decía Pablo VI, es más sensible a los que dan testimonio que a los que predican. Como decía San Francisco de Asís: “Prediquen la Palabra de Dios dondequiera que vayan. Incluso usen palabras, si es necesario”. “La fraternidad presbiteral no excluye a nadie, pero puede y debe tener sus preferencias: las preferencias evangélicas reservadas a quienes tienen mayor necesidad de ayuda o de aliento” (PDV 74).

Queridos Diáconos Permanentes: como discípulos y misioneros del Reino, ustedes están ordenados para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la Liturgia, acompañando a las comunidades en estrecha unión con el obispo y el Presbiterio. Es un don precioso a la Iglesia, fruto de la renovación del Concilio Vaticano II. Son una verdadera riqueza de esta Iglesia Diocesana. Aprenderé a caminar pastoralmente junto a ustedes.

Queridas religiosas y religiosos: desde ya mi cercanía en su misión de hacer presente en la Diócesis los valores del Reino, con sus vidas totalmente consagradas para vivir las Bienaventuranzas. Gracias por su generosidad.

Queridos seminaristas: acá estoy para acompañarlos, junto a los todos los formadores, para asumir los comportamientos y el estilo de vida de Jesús, el Buen Pastor. Su alegría y generosidad, sea motivo para que otros jóvenes se animen a responder al llamado del Señor.

Queridas familias: sigan luchando para ser verdaderos santuarios donde nace la vida aceptada como don de Dios; lugar donde los bautizados se educan en la fe, donde se vive la experiencia de la comunión con Dios y donde se aprende a compartir la vida en fraternidad. En medio de las pruebas duras que pasan las familias argentinas, en general, les animo a renovar cada día el amor que sostiene en las dificultades, nos ayuda a perdonarnos, a corregirnos con dulzura, a valorar y querer a los abuelos, a las personas con capacidades diferentes.

Queridos niños y jóvenes: el Espíritu Santo, que es fuerza, dinamismo divino, cuenta con el entusiasmo, la creatividad y la alegría de ustedes para hacer presente a Cristo, Camino, Verdad y Vida, a los demás jóvenes y a la sociedad, que tienen hambre y sed de Dios. La Iglesia los quiere protagonistas en la evangelización, y no solo destinatarios.

A todos los enfermos, ancianos, sufrientes, privados de la libertad, a los que se sienten alejados de la Iglesia: a todos, en este día en que la Iglesia Diocesana recibe y acompaña a su nuevo obispo, les invito a que contemplen a Jesús el Buen Pastor, que les dice: “Vengan a mí, los que están cansados y agobiados que yo los aliviaré”.

Mi sincero agradecimiento al Sr. Cardenal Jorge Bergoglio, Arzobispo Metropolitano, que me ha puesto en posesión, y que hoy cumple sus 75 años. Gracias por su cercanía a esta Iglesia Diocesana.

Gracias, Padre Obispo Luis, por tus atenciones y tu compañía en estos días previos al inicio de mi ministerio en esta Iglesia, a la que has pastoreado por casi diez años. Gracias por tu paternidad. Nos unimos a tu acción de gracias en este día que cumples 51 años de sacerdote y 26 años de obispo. ¡Felicidades!

A los señores Obispos: gracias por su compañía y por este gesto de fraternidad de todas nuestras Diócesis; es una muestra de que la Iglesia argentina sigue dando pasos muy concretos por las sendas de la unidad y de la fraternidad que nuestro pueblo necesita. Gracias por acompañarnos.

Al Encargado de negocios de la Nunciatura Apostólica , Pbro. Robert Murphy, muchas gracias por acompañarnos. Es un signo de nuestra comunión con la Sede de Pedro.

Al Colegio de Consultores: gracias por su servicio en este tiempo de transición, acompañando a Mons. Luis. Sus palabras en la charla que tuvimos el mes pasado, me ayudó a conocer más de cerca la realidad pastoral de la Diócesis.

A los hermanos de otras iglesias y comunidades eclesiales: gracias por su presencia y oración. El recuerdo de nuestro primer obispo nos disponga a vivir intensamente los compromisos bautismales para una mayor comunión.

A los sacerdotes y fieles de la querida Diócesis de San Francisco que me acompañan. Muchas gracias! También a los sacerdotes, amigos y familiares venidos de mi Diócesis de origen, Río Cuarto, y de otros lugares del país: muchísimas gracias por su cariño, su cercanía y oración. Lo que he vivido y aprendido entre ustedes lo entregaré en esta porción del Pueblo de Dios que se me confía.

El cordial agradecimiento a todas las autoridades civiles: al comenzar este camino entre ustedes les invito a construir, desde la responsabilidad que se nos ha confiado, una sociedad fundada sobre los valores universales de la paz, la verdad, la solidaridad, el respeto por la vida y la dignidad humana, la justicia y la libertad.

A todas las personas de los medios de comunicación: gracias por su presencia; gracias a ustedes Jesús puede seguir hablando a las multitudes.

Querida Diócesis de Quilmes, gracias por recibirme tan cordialmente.

Hermanas y hermanos: Ya estoy entre ustedes. Como hombre de la provincia de Córdoba, vengo llegando al paso de la mula “malacara” del Cura Brochero… Pido al Señor, que nada me detenga en el servicio a los hermanos, a ejemplo de este hombre de Dios y de su Pueblo: verdadero modelo de pastor en la Argentina.

Al comenzar esta Eucaristía hemos rezado en el lugar donde reposan los restos mortales de los Padres Obispos Jorge Novak y Gerardo Farrell. ¡Están con nosotros! Que ellos intercedan por nuestra Iglesia Diocesana y por mi ministerio entre ustedes.

Me pone muy contento estar bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción. Desde niño la invoco como Madre y protectora. Es la patrona de mi parroquia y Diócesis de origen, de Villa de la Concepción del Río Cuarto.

Cómo no invocar a la Pura y Limpia Concepción, en estas tierras donde, desde antes que llegaran los diezmados y explotados hombres de los valles calchaquíes, los Quilmes, ya se había quedado junto al rio de Luján, la preciosa imagen de la Virgen Gaucha. Sea ella la luz que ilumine y guíe esta nueva etapa de la vida de la Iglesia que peregrina en Quilmes, Berazategui y Florencio Varela. Así sea.

¡Viva Jesús! ¡Viva María!

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes