Homilia de la misa de Ordenación Presbiteral de Lucas Smiriglia



Jueves 19 de marzo de 2015. Solemnidad de San José
 

“Por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren”

(Jn. 17, 19)

Hermanas y hermanos:

Estas palabras de Jesús en la oración de la última cena, son las que Lucas eligió como de su ordenación sacerdotal. Todos nos hemos enterado de esto por esa hermosa carta que vos, Lucas, nos has hecho llegar hace uno días. Gracias por compartirnos estas cosas tan profundas de tu corazón. Por eso estamos acá y, espiritualmente, tantos que por diversas razones no pueden hacerlo hoy. Junto a vos, queremos dar gracias a Dios por ese llamado que te ha hecho y por tu “sí” generoso de este día.

Elegiste para este momento tan esperado de tu vida el día de San José, custodio de Jesús y de María. Como decís en tu carta, “para que él como formador de Jesús, interceda ante su Hijo Jesús para que siga trabajando en vos un corazón de pastor que quiera constantemente y para siempre santificarse por sus hermanos”. Junto con vos así lo pedimos en esta Eucaristía. Seguramente el esposo de María recibe tu pedido. Como lo dice esa piadosa oración a San José: “toda mi confianza está puesta en ti. Que no se diga que te he invocado en vano. Y, puesto que tu puedes todo ante Jesús y María, muéstrame que tu bondad es tan grande como tu poder”.

“Por ellos me consagro yo, para que también ellos se consagren”. Es verdad que todo el Pueblo de Dios está consagrado, ha sido constituido como sacerdocio real por su incorporación a Cristo; sin embargo, el mismo Jesucristo, nuestro gran Sacerdote, eligió a algunos discípulos para que ejercieran públicamente y en su nombre, el ministerio sacerdotal en la Iglesia, al servicio de los hombres. Él, que fue enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles para que ellos y sus sucesores, que son los obispos, completaran en el mundo su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor. Los presbíteros son constituídos cooperadores de los obispos con los cuales, unidos en un mismo ministerio sacerdotal, son llamados para servir al pueblo de Dios.

Lucas, al asemejarte a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, y al unirte al sacerdocio de los obispos, quedarás consagrado como auténtico sacerdote del Nuevo Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar al Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, especialmente la Eucaristía.

Anuncia la alegría del Evangelio que tú mismo has recibido y experimentado. Medita la Palabra del Señor, cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas.

Por tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse al sacrificio del Señor, que por tus manos se ofrecerá sobre el altar, en la celebración de la Eucaristía. Tené conciencia de lo que haces e imita eso que conmemoras. Al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, procura morir al pecado y vivir una vida realmente nueva.

Lucas, al comenzar tu carta nos decís: “en esta instancia de mi camino vocacional estoy confiado en que Dios es fiel y misericordioso, y experimento cómo su bondad me cuida y me mantiene por su camino. La ordenación quiero que sea esa consagración de mi vida a ese Dios, para que a través mío muchos otros se encuentren con ese rostro misericordioso y bueno que visualiza a través de sus mediadores y apostando  porque creo, en que el lugar donde quiere darle forma a ese rostro sea la Hermandad (los Operarios Diocesanos), una fraternidad en la cual nos ayudamos como hermanos y compañeros a vivir mejor nuestro ministerio”.

Apenas fue elegido Papa, Francisco dijo: “el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Han pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. ’Grande es la misericordia del Señor’, dice el Salmo”. (Angelus, del 17 de marzo de 2013)

Lucas, serás ministro de la misericordia de Dios, serás un servidor de ese Dios que no se cansa de perdonar. Serás ministro de la reconciliación, ese precioso sacramento del perdón. Como el mismo Francisco lo ha dicho en varias oportunidades, el confesonario no debe ser una “sala de tortura”, y lo dijo porque muchos cristianos así lo viven con algunos de sus ministros. No nos hemos de cansar de pedir perdón, y tampoco nosotros, los sacerdotes, no nos debemos cansar de ser misericordiosos.

Serás también partícipe de misión de pastorear, al modo de Jesús, el Buen Pastor. Al estilo de San José, nuestra misión es custodiar, preocuparse, como un pastor de sus ovejas. Custodiar requiere bondad, pide ser vivido con ternura. “En los Evangelios San José aparece como un hombre fuerte, valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien lo contrario: denota fortaleza de ánimo, capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, capacidad de amar. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura” (Francisco, 19 de marzo de 2013).

En eso, precisamente, consistió, en lenguaje laboral, la “entrevista de trabajo” que tuvo Pedro con Jesús, antes de ser puesto al frente del rebaño, con la triple pregunta: “¿me amas Pedro?”… y la consabida respuesta del humilde pescador de Galilea: “Señor, tú lo sabes todo, tu sabes que te quiero”. Luego la encomienda de Jesús: “apacienta mis ojejas”. La gran virtud de nuestro ministerio: la caridad pastoral.

Lucas, tené presente el ejemplo del Buen Pastor que no vino a ser servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.