Homilía de la Misa de Ordenación Presbiteral
Jorge Eduardo Cloro

Parroquia “Ntra. Sra. de las Lágrimas”

Viernes 14 de agosto de 2015

Hermanas y hermanos:

“Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres”(Lc. 4, 18)  Este versículo del Evangelio de Lucas que hemos escuchado recién, es el que Jorge ha elegido como lema de su vida sacerdotal y que está transcripto en la hermosa tarjeta de invitación que hemos recibido.

Junto al texto del Isaías que nos narra su vocación profética, la Palabra de Dios pone a nuestra consideración el gran regalo del llamado de Dios y la generosa respuesta de quien se sabe amado por Dios y se dispone a seguirlo, asumiendo la misión que Él encomienda para el bien de su pueblo.

El evangelio nos muestra a Jesús predicando en la sinagoga. Luego de leer al profeta Isaías, afirma: “esta Escritura que acabo de leer se ha cumplido hoy”. Jesús se presenta como el ungido del Señor, el Mesías que viene a anunciar la Buena Noticia a los pobres, a devolver la vista a los ciegos, a liberar a los cautivos. Y para nosotros, que tenemos a Jesús resucitado, esto es una realidad cotidiana, esto siempre se “cumple” hoy; él está presente con su amor y su poder para fortalecernos y alentarnos: “¡Ahora es el tiempo favorable, AHORA es el día de la salvación!”. No sigamos dilatando lo que vale la pena.

Estas palabras de Jesús han tocado hondamente tu vida, Jorge. Por eso has querido compartirlas con nosotros en este momento precioso de tu vida. Ellas han cautivado tu corazón, y te has entregado totalmente a la misión, y te han llevado por caminos que, seguramente, nunca habías sospechado. Tantas hermanos y hermanos han experimentado con vos, a lo largo de todos estos años, la dicha de ser amados por Jesús, y de sentirse enviados al encuentro de los alejados, de los desechados, de los más pobres y olvidados. Misteriosamente fue el Señor encendiendo la llama de un amor más específico y que animó a responder a una especial consagración, que hoy se concreta en la ordenación sacerdotal en la Fraternidad Misionera. La “alegría del Evangelio” llenó tu corazón y tu vida entera al encontrarte cada día con Jesús, y esto de tantas maneras y en tantos momentos.

“Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres”. Inmediatamente vienen a la memoria aquellas palabras de San Pablo: “¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!”(1 Co. 9, 16). Qué oportuno es recordar aquello de Aparecida: “la vida se acrecienta dándola y se debilita en el aislamiento y la comodidad. De hecho, los que más disfrutan de la vida son los que dejan la seguridad de la orilla y se apasionan en la misión de comunicar vida a los demás” (DA, 360). Es una verdadera ley de la realidad.

Tu vida, Jorge, ha ido madurando en todo sentido; la Iglesia, cuando nos convoca a la tarea evangelizadora, no hace otra cosa que indicarnos un camino de maduración personal, y como también dice Aparecida: “la vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la misión” (DA, 360).

Tu ordenación presbiteral es ocasión para que todos, junto con vos, recobremos y acrecentemos el fervor, «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas […] Y ojalá el mundo actual —que busca a veces con angustia, a veces con esperanza— pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo»(EN, 75)

Es muy común entre nosotros que unamos acontecimientos de nuestra vida a otros de importancia en la vida nacional  o mundial, tanto civiles como religiosos… “nos casamos en el año del Mundial 78”… “nací el año que vino Juan Pablo II a la Argentina”…. “me ordenaron cura cuando durante el día de la Virgen”… o cosas parecidas… Vos, Jorge, podrás decir, fui ordenado sacerdote en el “Año de la Vida Consagrada”… “en el trienio de los 40 años de la diócesis de Quilmes“… o también, cuando Francisco había convocado el “Año de la Misericordia”. Yo creo que es providencial. A todos nos viene traer al corazón éste acontecimiento para el que nos preparamos: “el Año de la Misericordia”, “el Sínodo de la Familia” y “los 40 años de la diócesis”. Esto último puede sugerir a tu vida sacerdotal las huellas por las que camina esta Iglesia particular, tan propias del Concilio Vaticano II, y que fueron encarnadas en la vida de nuestro Padre Obispo Jorge Novak: la opción preferencial por los pobres, la pasión misionera, la defensa de los derechos humanos y el trabajo por la unidad de los cristianos. Es el colorido propio que tiene la vida pastoral de nuestra Diócesis de Quilmes.

Así como fue muy significativa en la vida de nuestro primer pastor la encíclica del Beato Pablo VI “Evangelii Nuntiandi” (8/12/1975), en tu vida sacerdotal, querido Jorge, seguramente estarán presentes las palabras del Papa Francisco en la  “Evangelii Gaudium” (24/11/2013) y la significación del  “Año de la Misericordia” que ha convocado.

Y esto, quisiera resaltar. La venida de Jesús inauguró un tiempo de gracia, de misericordia. Vino a ofrecernos una buena noticia que es luz para los ojos y liberación de nuestras esclavitudes. Es lo que hoy hemos escuchado en el Evangelio de Lucas que vos, Jorge, has elegido para esta celebración.

“La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia ».(MV. 10)

Decía el Beato Juan XXIII  al iniciar el Concilio Vaticano II, indicando un camino a la Iglesia:

« En nuestro tiempo, la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad … La Iglesia Católica, al elevar por medio de este Concilio Ecuménico la antorcha de la verdad católica, quiere mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella »

La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo. La Iglesia « vive un deseo inagotable de brindar misericordia »… Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón. Es el tiempo de retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos. El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.” (MV, 10)

A todas estas enseñanzas se adelanto nuestro querido Beato Cura Brochero, cuando escribía estas recomendaciones a los curas recién ordenados que le iban a ayudar, refiriéndose a cómo tratar a la gente: “que cuanto sean más pecadores, o más rudos, o más inciviles mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito, y aún en el trato familiar. Y si encuentran algo digno de reto, avísenme a mí para que yo lo reprenda, a fin de que los feligreses no se resientan con ustedes sino conmigo, porque ya sé yo cómo los he de retar”.

La Virgencita de Luján, a quien siempre te has confiado, te mantenga fiel y alegre en el servicio, y reciba nuestro agradecimiento, a la vez que le confiamos nuestros nuevos sacerdotes, nuestros seminaristas y todos los consagrados, y le pedimos nos regale muchas vocaciones a la Iglesia diocesana.