MENSAJE DE CUARESMA – 2016

“La misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio”
(Francisco, MV. 12)

 
Hermanas y hermanos:
 
Iniciamos la Cuaresma en el marco del Año Santo de la Misericordia y la celebración de los 40 años de la Diócesis de Quilmes. El lema que nos acompaña es: “Renovar el anuncio”. Particularmente estos cuarenta días son para renovarnos de corazón. Revestirnos del hombre nuevo, animados por la palabra del Salmo 51, 12 que reza: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu”. El Papa Francisco al convocar este Año de la Misericordia nos dice: “La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona” (MV. 12)
 
Renovar el anuncio, celebrando los cuarenta años de esta Iglesia que peregrina en los partidos de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui. Lo haremos desde la esencia de lo que somos como familia diocesana, marcada desde el inicio por la acción pastoral del primer pastor, el Padre Obispo Jorge Novak. Testimonió la misericordia del Padre, evangelizando a los pobres, abogando por los derechos humanos y trabajando por la unidad de los cristianos. Todo un pueblo lo acompañó en ese derrotero.
 
Muchas veces ha repetido el Papa Francisco: “La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo” (MV 12). Como dice al comenzar su carta de convocatoria al Año Santo: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”. Por eso, al iniciar este tiempo cuaresmal, tiempo de reflexión y de cambio de vida, nos suenan muy fuerte en el corazón estas palabras de san Pablo: “Nosotros somos embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: Déjense reconciliar con Dios (2 Cor. 5, 20)
 
Todos estamos invitados a peregrinar a los lugares designados en la diócesis para renovar nuestra vida cristiana con el regalo que la Iglesia nos hace concediéndonos las indulgencias. Los sacerdotes de toda la diócesis se han organizado para estar en lugares públicos para escuchar a los fieles en el sacramento de la reconciliación y, acompañados de diáconos y fieles, recibirlos y bendecirlos en el nombre de Dios.
 
“Misericordiosos como el Padre” es el lema del Año Santo. Todos somos testigos de la misericordia del Padre. A ello nos invita el Papa Francisco cuando dice: “Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (MV 12).
 
La cuaresma es el tiempo apropiado para “Renovar el anuncio”, examinando nuestra propia vida a la luz de la misericordia del Padre, y ser misericordiosos como Él. Es la invitación que Dios me hace como pastor de ustedes. Es el Señor resucitado que, como a Pedro, me pregunta: ¿me amas? Los invito que cada uno, con la misión que Dios le regaló, se ponga en la presencia de Jesús, para dejarse abrazar por su amor misericordioso y se deje perdonar por Él. Así, todos reconciliados por él, podamos renovar el anuncio de su Reino.
 
“Renovar el anuncio” es no olvidar la enseñanza de otro gran obispo, Enrique Angelelli: “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”, y lo rubricó con su sangre. Este año celebraremos los 40 años de su pascua.
 
Francisco también nos invita a vivir el Año Santo en esa tónica: “¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo” (MV 15).
 
“No podemos escapar a las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento y de beber al sediento. Si acogimos al extranjero y vestimos al desnudo. Si dedicamos tiempo para acompañar al que estaba enfermo o prisionero (cfr. Mt 25,31-45). Igualmente se nos preguntará si ayudamos a superar la duda, que hace caer en el miedo y en ocasiones es fuente de soledad; si fuimos capaces de vencer la ignorancia en la que viven millones de personas, sobre todo los niños privados de la ayuda necesaria para ser rescatados de la pobreza; si fuimos capaces de ser cercanos a quien estaba solo y afligido; si perdonamos a quien nos ofendió y rechazamos cualquier forma de rencor o de odio que conduce a la violencia; si tuvimos paciencia siguiendo el ejemplo de Dios que es tan paciente con nosotros; finalmente, si encomendamos al Señor en la oración nuestros hermanos y hermanas. En cada uno de estos “más pequeños” está presente Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado, llagado, flagelado, desnutrido, en fuga... para que nosotros los reconozcamos, lo toquemos y lo asistamos con cuidado. No olvidemos las palabras de san Juan de la Cruz: «En el ocaso de nuestras vidas, seremos juzgados en el amor»” (MV. 15).
 
Les comparto algunas propuestas para vivir esta Cuaresma:
- Unirnos a las “24 horas para el Señor”, los días 4 y 5 de marzo. Un signo comunitario de la necesidad de la oración. Las parroquias y capillas, los movimientos, las comunidades religiosas, decidirán de qué modo implementarán esta iniciativa del Papa Francisco.
- Como gesto solidario, los invito a unirnos activamente a la “Campaña Diocesana de Fraternidad – Cuaresma 2016”, con el lema: “Compartiendo, hacer visible la misericordia de Dios”. De esta manera seguimos adelante con el Proyecto Diocesano, continuando con la construcción del refugio para que nuestros hermanos en situación de calle tengan un lugar donde sentirse más dignos. Este año se dedicará un porcentaje para ayudar a seis emprendimientos del área ECOSOL (Economía social y solidaria de Cáritas) en los tres distritos.
- Otro gesto comunitario, conmemorando al querido beato “Cura Brochero”, es la “3ª Peregrinación brocheriana a pie”, el domingo 13 de marzo, desde la Catedral a la Casa de Retiros “Beato Cura Brochero”. El lema es una frase suya: “Yo confío en la Misericordia de Dios”. Participemos e invitemos a muchos.
 
En este camino cuaresmal hacia la celebración gozosa de la Pascua, los invito a participar de las celebraciones y eventos que se les propone desde las parroquias o demás organismos eclesiales, invitando también a otras personas, sean cercanas o alejadas de las prácticas religiosas. Es un modo de ser instrumentos de la acción misericordiosa de Dios en el pueblo. Así, seguramente, la Pascua tendrá mejor sabor a Evangelio vivo. ¡Gracias!
 
Dios los bendiga y la Virgen santa los cuide. Fraternalmente
 

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

 
Quilmes, 1 de febrero de 2016