Homilía de Mons. Carlos José Tissera, en la Catedral de Quilmes con motivo del Te Deum por los 206 años de la Revolución de Mayo y la instauración del primer gobierno patrio.

Sr. Intendente Municipal
Sres. Legisladores
Sres. Concejales
Autoridades del Poder Judicial
Hermanas y hermanos de otras confesiones cristianas
Autoridades Militares y Policiales
Representantes de las asociaciones intermedias
Instituciones del Partido de Quilmes
Abanderados, Docentes y alumnos
Personas de los Medios de prensa
Sr. Cura Párroco

HERMANAS Y HERMANOS:

Nos hemos reunido en esta Catedral para celebrar los 206 años de la Revolución de Mayo y el establecimiento del primer gobierno patrio.

El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de Buenos Aires expresó el primer grito de libertad para nuestra patria. El 9 de julio de 1816, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia nacional. Este 25 de mayo tiene una significación especial al celebrarse el bicentenario de lo acontecido en la Casa de Tucumán. Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo forjaron, y recordamos la presencia de la Iglesia en aquellos momentos fundacionales.

En la última Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino, promulgamos un documento que titulamos “El Bicentenario: tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos”. Pensamientos para estimular el diálogo desde un hecho histórico que nos dio origen como Nación y que, a su vez, nos interpela a pensar juntos qué país queremos ser.

El Papa Francisco, en su Exhortación “La alegría del Evangelio” dice:

“La Iglesia proclama «el evangelio de la paz» (Ef 6,15) y está abierta a la colaboración con todas las autoridades nacionales e internacionales para cuidar este bien universal tan grande. Al anunciar a Jesucristo, que es la paz en persona (cf. Ef 2,14), la nueva evangelización anima a todo bautizado a ser instrumento de pacificación y testimonio creíble de una vida reconciliada. Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural” (EG 239)

En estas palabras nos basamos para hacer este aporte a todo el pueblo de la Nación Argentina, como lo hicimos hace ocho años, cuando nos aprestábamos a celebrar el Bicentenario. En ese ocasión expresábamos:  “Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social”. Para que la democracia sea efectiva y real, debe darse no sólo a nivel político, sino también a nivel social y económico, asegurando la protección de la dignidad de la persona humana. Sabemos que “no hay democracia estable sin una sana economía y una justa distribución de los bienes, aunque entre todos debemos seguir trabajando a fin de hacerla realidad y que no quede solo en una consigna o en un plano teórico o meramente emotivo”  (CEA. “Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad” 2008)

No hay plena democracia sin inclusión e integración. Esta es la responsabilidad de todos, en especial de los dirigentes. El Papa Francisco nos lo recuerda, diciendo: “Quien tiene los medios para vivir una vida digna, en lugar de preocuparse por sus privilegios, debe tratar de ayudar a los más pobres para que puedan acceder también a una condición de vida acorde con la dignidad humana, mediante el desarrollo de su potencial humano, cultural, económico y social”. (CEA. El Bicentenario, n. 26)

Hemos proclamado hoy el Evangelio de Lucas, y escuchamos la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro. Jesús nos invita a prestar atención a esas personas sumidas en la miseria y la angustia mientras estamos felices en nuestras comodidades y tratamos de no dejarnos cuestionar por su presencia. Aunque todo parezca estar bien, la indiferencia ante las necesidades del pobre nos coloca en un camino que lleva a la oscuridad y a la ruina.

El miércoles pasado, el Papa Francisco comentó este evangelio en la Plaza San Pedro, y decía:

 “Jesús dice que un día aquel hombre rico murió -los pobres y los ricos mueren, tienen el mismo destino, todos nosotros, no hay excepciones a esto- y entonces se dirigió a Abraham suplicándole con el apelativo de “padre” (v. 24.27). Reclama, por lo tanto, de ser su hijo perteneciente al pueblo de Dios. Y sin embargo en vida no ha mostrado alguna consideración hacia Dios, más bien ha hecho de sí mimos el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de desperdicio. Excluyendo a Lázaro, no ha tenido en cuenta ni al Señor, ni a su ley. ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Y esto debemos aprenderlo bien ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Hay un particular en la parábola que cabe señalar: el rico no tiene un nombre, sólo el adjetivo “el rico”, mientras que aquel del pobre es repetido cinco veces, y “Lázaro” significa “Dios ayuda”. Lázaro, que reposa delante a la puerta, es una llamada viviente al rico para recordarse de Dios, pero el rico no acoge tal llamado. Será condenado por lo tanto no por sus riquezas, sino por haber sido incapaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo” (Francisco, Audiencia General, 18/05/2016)

El olvido de la justicia, de la solidaridad y de la generosidad es lo que provoca la miseria, el dolor y la desigualdad. Jesús nos invita a reconocernos hermanos, partícipes de la mesa que el Padre Dios nos ofrece a todos, sin excepción.

Estamos viviendo este Año Santo de la Misericordia, con el lema: “Misericordiosos como el Padre”. La Iglesia toma de la Palabra de Dios esas obras de misericordia que nos invitan a ver en el hermano el rostro vivo de Jesús.

Obras de misericordia corporales:

-          dar de comer al hambriento
-          dar de beber al sediento
-          vestir al desnudo
-          albergar al forastero
-          asistir a los enfermos
-          visitar a los presos
-          enterrar a los muertos        

Obras de misericordia espirituales:

-          dar consejo al que lo necesita
-          enseñar al que no sabe
-          corregir al que yerra
-          consolar al triste
-          perdonar las ofensas
-          soportar con paciencia las personas molestas
-          rogar a Dios por los vivos y por los difuntos

Uno de nuestros poetas argentinos, que para el primer centenario apenas tenía diez años, y que vivió años de gloria y fracasos del pueblo argentino, miembro de la Academia Argentina de Letras, don Francisco Luis Bernárdez, en su poema LA PATRIA, leemos:

Dios la fundó sobre la tierra para que hubiera menos llanto y menos luto.
Dios la fundó para que fuera como un inmenso corazón en este mundo.
Mano sin tasa para el pobre, puerta sin llave, pan sin fin, sol sin crepúsculo.
Dulce regazo para el triste, calor de hogar para el errante y el desnudo.
La caridad es quien inspira su vocación de manantial y de refugio.
En las tinieblas de la historia la Cruz del Sur le dicta el rumbo más seguro.
Ninguna fuerza de la tierra podrá torcer este designio y este rumbo.
Por algo hay cielo en la bandera y un gesto noble y fraternal en el escudo.
¡Gracias, Señor, por este pueblo de manos limpias, frentes altas y ojos puros!
¡Gracias, Señor, por esta tierra de bendición y porque somos hijos suyos!”

Señor, enséñanos a amar nuestra Patria, que es un don de tu amor, a cuidarla como un bien precioso, a cumplir nuestros deberes ciudadanos. Ilumínanos para que podamos estimular a otros a vivir como ciudadanos responsables, honestos, justos.

Regálanos la alegría de vivir y de convivir bajo tu luz.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes