Solemnidad de San Pedro y San Pablo

Miércoles 29 de junio de 2016

Hermanas y hermanos:

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, es la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús: para ustedes ¿quién soy yo? Jesús felicita a Pedro. A la vez le dice que no ha sido por su inteligencia o por su rapidez, sino porque se dejó iluminar por el Padre Dios. Un acto de fe. También el Señor le anuncia el lugar que ocupará en la comunidad, la Iglesia, para mantenerla en la verdadera fe: “Tu eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En otro momento Jesús dirá: “Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú, por tu parte, confirma a los hermanos” (Lc. 22, 32)

Pablo es el gran evangelizador. El hombre que, animado y transformado en apóstol por el poder del Espíritu del Resucitado, llevó la Buena Noticia a los paganos. El que superó las barreras del judaísmo para anunciar a Jesucristo a los paganos. “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Cor. 9, 16). El horizonte del Evangelio es todo el mundo.

De este modo, Pedro y Pablo, llegarán a la capital y corazón del paganismo: la ciudad de Roma, donde ambos, a imitación de Jesucristo, darán testimonio de la Verdad y lo rubricarán con su propia sangre, uno extendido en en la cruz boca abajo y otro decapitado al filo de la espada.

Hoy celebramos a estas dos grandes columnas de la Iglesia, y nuestra fe se renueva al participar de la Eucaristía de la que ellos se alimentaron y nos transmitieron esta sagrada Tradición de la Iglesia Apostólica.

El libro de los Hechos de los Apóstoles hoy nos narra la primera persecución de la Iglesia, en Jerusalén. Santiago ha sido ejecutado por orden del rey Herodes, y Pedro fue arrestado. En unos de los versículos hemos leído: “Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él”. Desde entonces, la Iglesia siempre ora por el sucesor de Pedro, particularmente en este “Día del Papa”, hoy: Francisco.

Todos tenemos muy presente aquella tarde del 13 de marzo de 2013. La explosión de alegría, particularmente de los argentinos, cuando el cardenal francés pronunció, en el tradicional “Habemus Papam”, el nombre del cardenal Jorge Mario Bergoglio. Como decimos comúnmente: nos parecía mentira. La alegría llenó nuestros corazones y explotamos en cantos y abrazos fraternos, como queriendo abrazar a ese hombre que tantas veces vimos acá, como aquel 17 de diciembre de 2011, día en que cumplía sus 75 años, cuando vino a esta Catedral de Quilmes a ponerme en posesión como Obispo de todos ustedes.

Todo el mundo se conmovió por su humildad, cuando desde aquel balcón de la Basílica se inclinó para pedir la bendición del pueblo a su pastor. Los romanos lloraban de alegría cuando se presentó como obispo de Roma y que al otro día iría a visitar a la Madonna. Los periodistas del mundo, creyentes y no creyentes, quedaron sorprendidos cuando expresó: “Sueño con una Iglesia pobre para los pobres”. Y desde aquél día, los portales de todos los medios de prensa empezaron a reflejar sus dichos y sobre todo, sus gestos. Se empezó a mostrar como un maestro que enseña con sus gestos más que con sus discursos. Así lo entendieron las dirigencias de todo el mundo, empezando por los grandes jefes de estado.

Sin embargo, cuando la enseñanza del Papa Francisco fue ahondando en predicar decididamente sobre el drama de la pobreza y de los excluidos, siendo fiel al Magisterio social de la Iglesia (por ejemplo cuando habló en Bolivia a todos los movimientos sociales y el capítulo 4 de su carta “La alegría del Evangelio”), cuando empezó a tener gestos claros y contundentes para dar visibilidad a los rostros de los refugiados, que puso en primera plana de los periódicos de Europa la fotos desgarradoras de esos rostros dolientes, empezó a correr tinta en los diarios y escucharse voces en los espacios de radio y televisión respirando desconfianza hacia su persona, considerándolo un hombre con intencionalidades puramente políticas. Nuestro Papa Francisco ha sido y sigue siendo un pastor, un apóstol de Jesucristo. Evidentemente que la predicación del Evangelio iluminando la realidad de la sociedad actual y la exposición de la doctrina social de la Iglesia, tienen repercusiones políticas. Pero cosa muy distinta es interpretar su accionar a partir de un móvil político. El pueblo creyente cuando escucha a Francisco en su fe sabe que escucha al sucesor de Pedro, al pastor de la Iglesia universal, al obispo de Roma.

Francisco nos ha convocado el año pasado a celebrar el Año de la Misericordia. Hoy estamos en la Catedral, enriqueciéndonos de la indulgencias al pasar esa Puerta Santa. Durante todo este tiempo, desde el 8 de diciembre, Francisco nos ha hablado y nos ha mostrado la misericordia de Dios con sus palabras y sobre todo con sus gestos, dispensados a personas de todo el mundo, empezando en el África, pero también a los argentinos que han ido a visitarlo, yo mismo, uno de ellos, cuando estuve el pasado 27 de febrero. A todos lo repito hoy: en él he encontrado a un padre misericordioso. A tantos ha recibido Francisco, sin revolver historias pasadas, sino buscando un cambio de actitud, un cambio de corazón. En cada uno está el dejarnos transformar por esos gestos, reflejos del amor misericordioso de Dios, y seguir los caminos del encuentro y de la reconciliación, que son las huellas que transitaron tantas y tantos, como Pedro, Pablo, Francisco de Asís, la Madre Teresa de Calculta, la mama Antula o el Cura Brochero.

Como le pasó al hijo mayor de la parábola del Padre misericordioso o del hijo pródigo, capítulo 15 del evangelio según san Lucas, nos cuesta entender la misericordia de Dios. Humanamente la solemos entender como debilidad del corazón, como un pasar sobre la justicia, falta de reconocimiento a los méritos… y no es así. La misericordia supera la justicia. La misericordia  mira a cambiar el corazón del que es abrazado por ella. El padre hace fiesta porque el hijo muerto ha vuelto a la vida. El hijo mayor no repara en el hermano que ha vuelto. Se mira a sí mismo comparándose. Cree que él merece más. No valora que vivir de verdad es estar viendo con el padre, gozando de su amor. Cuánto nos cuesta el perdón. Es por eso que vivimos en un espiral de venganzas, de violencias y de repetidos rencores, en lo personal, en lo social y en el país. Y con esa vara, medimos al Papa. No hace falta abundar en esto. Pero tampoco podemos dejar de decirlo. Porque debemos proclamar al  mundo que el camino para la verdadera justicia y para la paz, es el camino del amor, el camino de la misericordia. Francisco lo está predicando, pero también lo está sufriendo. Por eso, rezamos por el Papa. Para que sea fiel a esa misión que el Señor le ha encomendado para el bien de la Iglesia y del mundo. Para muchos quizás, les gustaría más un Papa que se pasee por los jardines y celebre solemnes liturgias, nada más, y no ponga el dedo en las llagas que supuran en esta civilización de muerte que muchos se empeñan en sostener con el móvil de sórdidas ganancias, en lo que Francisco llama “la tercera guerra mundial”.

Los apóstoles Pedro y Pablo nos invitan a anunciar al mundo el Evangelio de la alegría. Ellos nos animan a salir más allá de las fronteras de nuestro yo, de nuestras comodidades, a las periferias existenciales de la humanidad, para anunciar a Aquél que llena de amor y de vida el corazón del hombre, dándole un sentido a su existencia. Jesús nos ha elegido a cada uno para ser sus discípulos y misioneros. El Espíritu del Resucitado nos mueve a dejar la orilla para navegar “mar adentro”, venciendo los miedos, con la mirada puesta en Él. Poder decirle, con el gozo de sabernos hermanos, “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”.

Estamos a días de celebrar los 15 años de la pascua de nuestro primer pastor, el Padre Obispo Jorge Novak. Conmemorando a los apóstoles, su recuerdo nos aclara y acerca al corazón la presencia del buen Pastor, que da la vida por las ovejas.

Hermanas y hermanos, en esta Eucaristía, demos gracias a Dios por el Papa Francisco, el sucesor de Pedro que el Espíritu nos regaló a la Iglesia de este tiempo. Es uno de los nuestros que está en la sede de Pedro. Jesús, como a Pedro, le dice: “apacienta a mis ovejas”. Rezamos para que el Señor le dé salud y fortaleza, y la alegría llene su corazón tan cercano al dolor humano, para que siga siendo un profeta de la esperanza.