Homilia de la Misa de Ordenación Diaconal de Juan Manuel Romero

Parroquia Ntra. Sra. de Lourdes – Quilmes
Viernes 9 de diciembre de 2016

Hermanas y hermanos:

El evangelio que hemos escuchado hoy se enmarca en la última Cena de Jesús. Se dirige a los apóstoles con profunda ternura: “Como el Padre me amó, yo también los amé”. Es un amor desbordante, inimaginable, fuente de una alegría que colma el corazón. Además es un amor íntimo, como el del amigo: “los llamo amigos”.

Lo que nos pide para seguir regalándonos tanta amistad no es algo penoso, al contrario, es lo que más nos gusta: amarnos, que nos amemos. Es el fruto que Él espera.

Nos pide que no nos quedemos en un intimismo autocomplaciente, autorreferencial. Nos pide que dejemos en libertad el dinamismo de su amor y lo compartamos con los demás, sin límites, hasta dar la vida: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”. Como lo dices en tu tarjeta de invitación: “Amar es tratar a Jesús en el hermano” (P. Ricardo)

El origen de esa capacidad de amor no está en nosotros. Él tiene la iniciativa: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes”. Él te ha llamado, el siempre estará buscándonos cuando nos alejamos. El siempre ama primero…

En sus orígenes, nuestro ministerio ordenado tiene un gran gesto: Jesús lava los pies a sus discípulos en la última Cena. Nuestra razón de ser es estar al servicio del Pueblo santo de Dios.

Hoy Jesús nos enseña que servir es: dar ánimo, prodigar consuelo, sentir entrañablemente lo que sucede a cada uno, a nuestro pueblo, a nuestra gente, a su historia. Un cristiano no puede permitirse la indiferencia. A veces será sólo presencia, llorar sinceramente con alguien, celebrar con otros su alegría. Esto es tan importante en nuestro ministerio, y es tremendamente eficaz: da ánimo porque Dios, en su bondad, hace de nuestra persona un verdadero Sacramento.

Esto no nos lleva a sostener ningún triunfalismo o clericalismo. Es muy cierto que no tenemos la solución de todos los problemas. La gente también lo sabe. Pero el Pueblo de Dios también lo sabe que del Obispo, del sacerdote, del diácono se espera la presencia, la compasión, la solidaridad. Es una manera sencilla y discreta de decir: “ánimo, el Reino de Dios está cerca”, “créeme que Dios de los males saca bienes”… Dicho desde un corazón creyente, como el de Abraham, que en los momentos de mayor prueba le decía a su hijo Isaac: “Dios proveerá, hijo mío”. Teniendo claro que también nosotros necesitamos ser animados y consolados, que pasamos por iguales o parecidas circunstancias que los demás, porque siempre somos fieles del Pueblo de Dios.            

Juan Manuel, serás ordenado diácono en vistas también de tu futuro presbiterado. Por eso, tu diaconado se ve enriquecido al elegir una vida célibe, al estilo de Jesús. Esto nos lleva a ser personas de profunda fe que va de la mano de la humildad, pero no menos de la mano del amor. Ser célibe no significa menos amor, sino un amor grande y generoso como respuesta a Jesús que nos llama a seguirlo, dando la vida con alegría y sencillez en lo cotidiano. Amor a la gente concreta, a quien se presenta en nuestro camino, no buscándonos a nosotros mismos, sino ayudando que los demás se encuentren con Jesús a quién anunciamos y hacemos presente con nuestro sacramento.

El estilo de Jesús nos lleva a vivir un amor que es fiel aún cuando algunos nos rechacen, cuando se nos burlen, cuando no nos acepten como somos, o no respeten nuestra libre elección; y fieles también cuando nuestro corazón en ocasiones se “empaca” y no quiere mantenerse en el “sí” que un día dimos para siempre. Es cuando la oración del pueblo de Dios nos ayuda, y nuestro corazón humilde pide: “Señor, creo, pero aumenta mi fe”.

Sos ordenado diácono para el servicio de los hermanos, de todos, especialmente de los pobres y de los afligidos.

Que la Virgen María, Madre del Movimiento de la Palabra de Dios, te acompañe en tu ministerio.

                                               + Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes