Homilía 8 de diciembre 2016

Inmaculada Concepción
150 años bendición templo de la Catedral.

Hermanas y hermanos:

Como decía en su carta el Padre Obispo Marcelo Colombo, la Fiesta de la Inmaculada Concepción cala hondo en el corazón de cada cristiano. La fe ayuda a contemplar en María, aquella por la cual el amor misericordioso de Dios, se hizo tan cercano que se hizo una criatura. Jesús, el Salvador, el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero Hombre, para hacer presente en la humanidad ese amor misericordioso que viene a perdonar los pecados, liberarnos de esa esclavitud del pecado y así hacerse cargo de nosotros, verdaderos hijos de Dios tan amados, como hemos escuchado en la segunda lectura.

La trágica historia que nos cuenta la primera lectura, el pecado de Adán y Eva, fue transformado por el amor misericordioso de Dios, haciéndose hombre y para ello, eligió una mujer y la preservó del pecado original, que todo cristiano lo sabe, lo vive, lo experimenta, y ha quedado plasmada esa frase: “Ave maría purísima, sin pecado concebida”.

Nosotros pecadores, vemos en ella que libre de pecado, se encarnó, se hizo en ella, el Hijo de Dios para nuestra salvación. Es por eso, que la cantamos, la bendecimos, la amamos tan profundamente, porque no sólo es la Madre de Jesús, sino que es madre nuestra y cómo no tener un cariño entrañable a nuestra madre. Por eso el pueblo cristiano hace fiesta el 8 de diciembre, porque celebramos a aquella por la cual, Dios nos ha abrazado con misericordia.
Hoy se une un acontecimiento histórico particular para la comunidad quilmeña, los 150 años de la consagración de nuestro templo parroquial, desde ese entonces y desde hace 40 años, templo mayor diocesano, Iglesia Catedral. Estas paredes que aquí ven, la han visto tantas generaciones anteriores.

Nos ubicamos en esa época, hacía poco el pueblo argentino tenía una constitución nacional, habían pasado 13 años. En aquel momento, la iglesia vivía la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. También llegaban las noticias de la aparición de la Virgen en Lourdes. Por eso, mientras iban levantando este templo que consagraron aquellos hombres, familias tradicionales de Buenos Aires, una comunidad que aquí estaba arraigada pero que también abría los brazos a muchos que ya llegaban desde la otra orilla del mar, los inmigrantes que fueron instalando en nuestra actual ciudad, aquellos inicios de grandes industrias. 

Así, este templo entonces, alberga sueños de antaño y realizaciones posteriores, y para nosotros hace que nuestro corazón se eleve agradecido a Dios, pero todo en honor de la Virgen, es la casa de la Inmaculada.

También hoy a 150 años, celebraba su primera misa, nuestro querido Santo Cura Brochero. Después traerían noticias a esta parroquia a través del padre Bartolomé, el párroco de aquí que iba a pasar sus vacaciones en la parroquia de Villa del Tránsito, actual Cura Brochero.
En fin, toda esta historia nos ayuda para encontrarnos en un camino de fe, de esperanza y gran caridad. En este templo, cuantas veces la voz del primer obispo de Quilmes, se elevaba para dar gracias a Dios pero también para implorar por las necesidades de ésta diócesis naciente. Aquí en este templo, mi antecesor el padre obispo Luis, también clamó enseñando al pueblo de Dios y marcando el camino de Iglesia Diocesana.

Hoy queremos dar  gracias a Dios a 40 años de la diócesis pero a 150 años de la inauguración de este templo, que fue un regalo que la comunidad quilmeña hizo al pueblo porque se cumplían los 200 años en aquel entonces de Quilmes, hoy celebrando los 350 años.
Cuanto tiempo, cuanta historia pero todo enraizado en esta mujer que hoy nosotros queremos celebrar, cantarle, mostrándole nuestro amor y pidiendo su intercesión porque nos sentimos hijos suyos, muy queridos.

Quiero unirme ahora a la oración que el Papa Francisco hizo hace unas horas ante la Inmaculada en Roma. Quiero hacerla mía y de todos nosotros:

Oh María, Madre nuestra Inmaculada, 
en el día de tu fiesta vengo a ti, y no vengo solo:
Traigo conmigo a todos aquellos que tu Hijo me ha confiado,
en esta ciudad de la Diócesis de Quilmes, 
para que tú los bendigas y los salves de los peligros.

Te traigo, Madre, a los niños, 
especialmente aquellos solos, abandonados, 
que por este motivo son engañados y explotados.

Te traigo, Madre, a las familias,
que llevan adelante la vida y la sociedad 
con su empeño cotidiano y escondido;
de manera particular a las familias hacen más esfuerzos,
debido a tantos problemas que hay.

Te traigo, Madre, a todos los trabajadores, hombres y mujeres,
y te confió especialmente a quien, por necesidad,
se esfuerza por desempeñar un trabajo indigno 
y a quien el trabajo lo ha perdido o no puede encontrarlo.

Tenemos necesidad de tu mirada inmaculada, 
para encontrar la capacidad de mirar a las personas y cosas 
con respeto y reconocimiento 
sin intereses egoístas o hipocresías.

Necesitamos de tu corazón inmaculado, 
para amar en manera gratuita 
sin segundas intenciones, sino buscando el bien del otro,
con simplicidad y sinceridad, renunciando a máscaras y maquillajes.

Necesitamos tus manos inmaculadas, 
para acariciar con ternura, 
para tocar la carne de Jesús 
en los hermanos pobres, enfermos, despreciados,
para levantar a los que se han caído y dar apoyo a quien vacila.

Tenemos necesidad de tus pies inmaculados, 
para ir hacía quien no sabe dar el primer paso, 
para caminar por los senderos de quien se ha perdido,
para ir a encontrar a las personas solas.

Te agradecemos, oh Madre, porque mostrándote a nosotros libre de toda mancha de pecado, 
tú nos recuerdas que ante todo está la gracia de Dios,
está el amor de Jesucristo que ha dado vida por nosotros, 
está la fortaleza del Espíritu Santo que hace nuevas todas las cosas.
Haz que no cedamos al desánimo,
sino que, confiando en tu ayuda constante, 
trabajemos duro para renovarnos a nosotros mismos,
a esta ciudad y al mundo entero.

¡Reza por nosotros, Santa Madre de Dios!