HOMILIA DE LA MISA CRISMAL 2017

Hermanas y hermanos:

A los umbrales del Triduo Pascual, como Iglesia local nos reunimos en la Catedral para celebrar nuestra unidad como Pueblo de Dios. El único sacerdocio de Cristo, mediante su Espíritu desciende sobre este su pueblo, todo él profético, sacerdotal y real; eligiendo a algunos de sus miembros para ser sus servidores: servidores de la comunión, servidores de la misión.

Esta tarde está muy ligada al Jueves Santo del lavatorio de los pies, de la Eucaristía, del sacerdocio ministerial y de la diaconía. Nos unimos en acción de gracias también en este cumpleaños de nuestro antecesor el Padre Obispo Luis Stöckler, que nos acompaña.

Hoy es una celebración del Pueblo de Dios nacido del Bautismo.

Todos hemos sido crismados. Nacidos de las aguas bautismales quedamos hechos “cristos” (San Agustín), cuando el sacerdote o el diácono trazó esa cruz en nuestra frente con el Santo Crisma, y nos hizo a todos profetas, sacerdotes y reyes. Hoy, en esta misa, vivimos toda esta realidad litúrgica. Sentimos cómo opera en nosotros ese Crisma bautismal y brota de nuestros corazones las palabras de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia” (Lc. 4, 18).

Como dice San Pedro en su primera carta, hoy queremos renovar la vida de estas piedras que se edifican sobre la Piedra viva que es Jesús! (1 Pe. 2, 4-5. 9-10) Así entramos en la construcción de un edificio espiritual: la comunidad de los creyentes para una sacerdocio santo. Renovamos hoy el compromiso de ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por mediación de Jesucristo, en quien todos somos uno por el Bautismo. Todos celebramos esta alegría de nuestro sacerdocio común, que es profecía, que es ofrecimiento de alabanza, y por consiguiente, es oración silenciosa, sacerdocio real. Es el sacerdocio mismo de Cristo que ha comunicado a todos su Espíritu haciéndonos un solo pueblo, comprado al precio de su Sangre.

Eligió a algunos para el servicio de su Pueblo

“El mismo Señor Jesús, para que los fieles formaran un solo cuerpo, en el que todos los miembros no tienen la misma función, instituyó a algunos como ministros que, en el grupo de los fieles, tuvieran la sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y que desempeñaran públicamente, en nombre de Cristo, el ministerio sacerdotal a favor de los hombres” (PO 2).

Por la ordenación, el presbítero no es sacado del pueblo cristiano, ni colocado por encima de él, sino puesto a su servicio.

También nos dice el Concilio Vaticano II: “Los diáconos, que reciben la imposición de las manos ´no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio´... confortados con la gracia sacramental, en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad” (LG 29).

Hoy es un día importante, no sólo para el obispo, para los sacerdotes, para los diáconos, que renovamos nuestras promesas, sino para todo el Pueblo de Dios. El único sacerdocio de Cristo que desciende a los pastores, desciende a todo su pueblo.

La liturgia nos lleva a contemplar a Cristo Sacerdote, a ese Jesús Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Él es el centro de esta Semana Santa. Con ojos de fe y de gratitud a Cristo, miremos desde Él, al diácono, al sacerdote, al obispo; somos de carne y hueso, frágiles criaturas. Pobre, pecador, pero a quien Dios ha constituido pastor en su Iglesia, pastor servidor y siervo.

Miramos y contemplamos al Buen Pastor que da la vida en abundancia. El nos llama a participar de su acción de único Pastor. Con Él damos vida colaborando en la Iglesia desde nuestro sufrimiento, nuestra oración, nuestro apostolado, nuestra catequesis, nuestro trabajo en la educación, en la construcción de una sociedad más justa. Dar la vida es ir consumiendo gota a gota nuestra existencia, haciendo rendir los talentos recibidos, allí donde Dios nos puso en su providencia. Hemos sido llamados para dar vida, y  vida en abundancia. Recordamos la conocida copla: “moneda que está en la mano, quizás se deba guardar; pero la que está en el alma, se pierde si no se da”.

Renovar el servicio

Es el lema que nos acompaña en este año último del trienio de los 40 años de la diócesis, queremos destacar la presencia de los diáconos servidores en este año del servicio. Ese regalo grande del Concilio Vaticano II, de los primeros tiempos de la Iglesia, pero que el Concilio quiso revitalizar y que nuestro querido Padre Jorge Novak  quiso que nuestra diócesis de Quilmes se viera enriquecida por este servicio de los diáconos.

Esta Misa Crismal nos invita a reavivar la potencialidad de nuestro Bautismo, dejándonos conducir por el Espíritu que nos ha ungido para la misión.

“El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG 88)

Dice el Papa Francisco: “Se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad”(EG 91)

Y nos sigue enseñando Francisco:

“Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga «su primera misericordia a los pobres» (San Juan Pablo II)... Esta opción —decía el Papa Benedicto — «está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (Discurso en Aparecida, Brasil) Por eso quiso una Iglesia pobre para los pobres. Y así lo decía Francisco: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos.” (EG 198)

Esta Misa, en la que celebramos la abundancia de la Vida que brota del Corazón sacerdotal de Jesus, el Ungido del Padre, nos fortalece en nuestro compromiso bautismal. Queremos ser servidores de la mesa compartida.

La desigualdad en nuestra sociedad nos invita a trabajar con mayor empeño en ser discípulos que saben compartir la mesa de la vida, mesa de todos los hijos e hijas del Padre, mesa abierta, incluyente, en la que no falte nadie...

En esta Misa queremos también tener presente a Micaela García, brutalmente asesinada estos días. Y con ella recordamos a tantas mujeres que han sido y son víctimas de la violencia. ¡Cuánta sangre indefensa está bañando nuestro pueblo! Nos llena de esperanza ver a tantas personas, entre ellas muchos jóvenes, como Micaela, que se juegan por una sociedad más fraterna, más justa, más solidaria.

Nos comprometemos a defender a los más débiles, especialmente a los niños, a los enfermos, discapacitados, jóvenes en riesgo, ancianos, presos, migrantes... Queremos contribuir para garantizar condiciones de vida digna: salud, alimentación, educación, vivienda y trabajo para todos.

Hay ejemplos que nos animan

El testimonio y el ejemplo de servicio del recordado Padre Obispo Jorge Novak, nos estimulan en este Año del Trienio con el que celebramos los 40 años, con aquel lema: “Renovar el servicio”. Él mismo acá en la Catedral un 8 de diciembre de 1981 decía: “Ante nuestra santa Patrona, la Virgen Madre de la Purísima e Inmaculada Concepción, reitero mi propósito de servir, con el Espíritu de Cristo, a todos, pero particularmente a los más necesitados y más desprovistos de toda defensa; ningún motivo humano, con la gracia de Dios, me apartará del compromiso asumido ante la comunidad de actuar según el Evangelio”.

También el Papa Francisco en la “Evangelii Gaudium”, Pablo VI en la “Evangelii Nuntiandi”.  Y así lo hicieron tantas cristianas y cristianos con su testimonio: San Francisco de Asís, el Santo Cura Brochero, la Santa Madre Teresa de Calcuta, el Beato Carlos de Foucauld, por nombrar algunos más conocidos por nosotros.

Hermosamente este volver al Evangelio lo dice un sacerdote muy cercano a la fraternidad de Foucauld, Padre Antonio López Baeza, en un libro “Carlos de Foucauld. La fragancia del Evangelio”:

“Porque no hay vida cristiana fuera del seguimiento de Jesús:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque ninguna reforma de la Iglesia es verdadera, si no se basa en el servicio humilde y desinteresado:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque la auténtica fraternidad cristiana no sabe de distinciones entre jerarquía y pueblo:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque para ser levadura en la masa, es imprescindible fundirse con la misma masa:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque la sencillez de normas, ritos y creencias, es lo que está más de acuerdo con el espíritu de infancia:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque el pecado que más nos aleja de Dios, es el de creernos mejores o más necesarios que los otros:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque la mesa de Jesús está puesta para los pecadores, y la eucaristía debe ser signo de su amor, que a todos convida:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque en la cruz del amor de Dios al mundo, se nos revelan sus designios de salvación universal:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque, para saber que Dios es nuestro Padre, es imprescindible la confianza y el abandono en su Providencia:
¡Volvamos al Evangelio!
Porque es el Espíritu del Resucitado, el único que nos da fuerza para amar y defender la vida:
¡Volvamos al Evangelio!
Sí, volvamos al Evangelio:
El Evangelio de la ternura y de la gracia,
El Evangelio de la esperanza de los pobres,
El que nos dice a cada uno, en el silencio de nuestro corazón:
´¡Tú eres mi Hijo amado!´” (Antonio López Baeza, “Carlos de Foucauld. La fragancia del Evangelio”, PPC. 2016)
 
“Virgen y Madre María,
Estrella de la nueva evangelización,
ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión,
del servicio, de la fe ardiente y generosa,
de la justicia y el amor a los pobres,
para que la alegría del Evangelio
llegue hasta los confines de la tierra
y ninguna periferia se prive de su luz.
Madre del Evangelio viviente,
manantial de alegría para los pequeños,
ruega por nosotros.
Amén.” (EG288)