HOMILIA   

Sr. Presidente del Honorable Concejo Deliberante
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Sr. Cura Párroco 

Hermanas y hermanos:
 
El pasaje del Evangelio que hemos escuchado nos presenta a Jesús orando al Padre; alabándolo al sentirse Hijo muy amado, y hermanado con aquellos pequeños a quienes Jesús les ha manifestado ese amor del Padre.
 
Dios, en Jesucristo, nos hace hermanos. Su amor nos cuida, nos hace pacientes, nos estimula y nos libera de la ceguera de nuestro orgullo y vanidad. Nos revela que, en ese amor, una vida distinta es posible.
 
Hoy queremos dejarnos iluminar, enseñar, por ese amor de Dios para hacer memoria agradecida de tantas hermanas y hermanos que nos han precedido, que gastaron su vida para que nosotros hoy gocemos de ser argentinos, hijos de esta Patria que nació hace más de 200 años. Ellos son los que nos hermanaron en su amor a la Patria con su trabajo, con su lucha, los que se dejaron guiar por la fe para entregarse sin reservas en la construcción del bien común, de todos los que pisan este bendito suelo, cobijados bajo la misma Bandera azul y blanca.
 
El evangelio nos habla de humildad. Jesús alaba al Padre por revelar su amor, las riquezas del Reino de Dios, a los humildes. Aquellos que reconocen que todo lo han recibido de Dios, que se saben dependiendo de Él. Cuanto más consciente uno es de los propios dones y limitaciones, las dos cosas juntas, seremos más libres de la ceguera de la soberbia. Así como Jesús alaba al Padre por su revelación a los humildes, hoy nosotros alabamos a Dios en este “Te Deum” por haber hecho nacer este “Sol del 25” en el corazón de quienes confiaron en el don de la libertad, esa libertad que Dios mismo hizo brotar en el corazón de aquel pueblo que gritaba con ansias: “el pueblo quiere saber de qué se trata”. En la humildad de su cantidad, de sus posibilidades, germinó la semilla de la verdadera liberación.
 
Esta memoria agradecida del 25 de mayo nos señala la generosa entrega y servicio de aquellos hombres y aquellas mujeres que no ahorraron sacrificios, renuncias, despojos y muerte, en este largo camino de construir una casa, un hogar para toda persona de buena voluntad que quiera habitar este suelo.
 
A lo largo de estos dos siglos hubo aciertos y errores, honrosos sacrificios y mezquinas ambiciones personales y de grupos, pero sólo ha perdurado lo que fue construido para todos, para el bien común de todos. Por eso alabamos al Padre unidos a Jesús, porque El se goza haciendo cosas grandes en el corazón de los humildes de corazón. Lo alabamos por aquellos que pudieron y pueden liberarse de sus ambiciones personales desmedidas, y tienen iniciativas, creatividad y entrega para gestar algo bueno y nuevo para todos.
 
Dios se nos revela en esos corazones humildes, conscientes de sus dones y de sus límites, y que son capaces de jugarse por el Bien Común.
 
Damos gracias a Dios porque nos sigue acompañando e inspirando todo lo bueno y bello que podamos hacer para construir la nación que soñaron nuestros mayores. A la vez, pedimos tener un corazón humilde, capaz de escuchar con prontitud; pedimos pensar y sentir, con los pies en la tierra, soñando la Patria grande que anhelaron los padres de la Patria.
 
Escuchar. Hemos venido a alabar a Dios, y también a escuchar su Palabra. Escuchar al Señor que inspira cosas grandes en el corazón tuyo y mío, del amigo y del vecino. Escuchando es como los vínculos se fortalecen. Tan repetida es la palabra “diálogo”; es esencial al diálogo, escuchar. El humilde es el que escucha, el que se reconoce necesitado y no autosuficiente. El humilde sale al encuentro. “Así es como crece y robustece la sabiduría de nuestro pueblo, silencioso y trabajador, sin otra condición social más que la de ser humildes” (Card. Bergoglio. 25/5/2011)
 
La sabiduría de los que cargan con la cruz del sufrimiento de la injusticia, de las condiciones de vida con que se enfrentan al levantarse todas las mañanas para sacrificarse por sus seres queridos. La sabiduría de los que llevan la cruz de la enfermedad, de sus dolores y de sus pérdidas, poniéndole el hombro como Cristo.
 
Como decía en Buenos Aires, el entonces Cardenal Bergoglio: “la sabiduría de miles de mujeres y de hombres que hacen filas para viajar y trabajar honradamente, para llevar el pan de cada día a la mesa, para ahorrar e ir de a poco comprando ladrillos y así mejorar su casa… Miles y miles de niños con sus guardapolvos desfilan por pasillos y calles en ida y vuelta de casa a la escuela, y de ésta a casa. Mientras tanto los abuelos, quienes atesoran la sabiduría popular, se reúnen a contar sus anécdotas”. “Pasarán las crisis y los manipuleos; el desprecio de los poderosos los arrinconarán con miseria, les ofrecerán el suicidio de la droga, del descontrol y la violencia; los tentaran con el odio del resentimiento. Pero ellos, los humildes, cualquiera sea su posición y condición social, apelarán a la sabiduría del que se siente hijo de un Dios que no es distante, que los acompaña desde la Cruz y los anima con la Resurrección en esos milagros, esos logros cotidianos, que los animan a disfrutar de las alegrías del compartir y celebrar”.
 
Los padres de la Patria supieron escuchar los anhelos de justicia y de libertad que estaban en el corazón de los humildes del pueblo. Hoy también reconocemos que es necesario sabernos escuchar, y sobre todo, escuchar y aprender de los humildes del pueblo. Eso nos aleja de las actitudes soberbias y engreídas, cuyo fruto es la veleidad que promete grandezas y con resultados que generan más angustias.
 
Jesús nos invita a alabarlo a Dios por todo lo que nos enseña en la vida de nuestro pueblo humilde; aquellos que cada día se ponen la patria al hombro, dando lo mejor de sí, poniendo sus capacidades y cualidades al servicio de los demás, ganando el pan con su trabajo, en gran porcentaje injustamente remunerado. Aquellos que, a pesar de no tener una ocupación formal, no renuncian a compartir lo poco, a unirse en cooperativas y movimientos sociales para generar un mundo más solidario y fraterno. Los que se unen para reclamar lo mínimo para una vida digna: “Tierra, Techo y Trabajo”.
 
Hoy también, para ser sinceros ante Dios, pedimos perdón. Porque en una tierra tan rica como nos ha dado, esas mínimas exigencias de dignidad humana universal no son satisfechas: hay muchísimos argentinos sin su espacio de tierra, su vivienda y el trabajo para llevar el pan a la mesa. El escándalo de la injusta concentración de la riqueza en manos de pocos sigue creciendo en el mundo y entre nosotros, generando más desigualdad, que es la madre de todos los males sociales que nos aquejan. Como herederos de los hombres de Mayo, y de tantas generaciones pasadas, que soñaron una Patria Grande, justa y solidaria, hoy tenemos que pedir perdón, porque son nuestras deudas pendientes.
 
Por todo esto hoy rezamos:
 
“Jesucristo, Señor de la historia, danos la gracia de saber gozar de nuestra hermandad y amistad humilde, que nos motive a construir juntos, porque nos sentimos hijos de tu Padre y Padre nuestro. Despierta nuestro corazón dormido en rivalidades y mezquindades, antes de que sea tarde. Que no nos dejemos llevar por la soberbia y la ambición para saber compartir sin manipular. Que sepamos aprender de los humildes de corazón, que nos dan ejemplo desde su sencillez y honestidad.
 
María Inmaculada, María de Luján, que te quedaste como Madre en nuestra tierra y nos trasmites la ternura del amor de Dios con tu presencia: escucha el gemido de tu pueblo por “una justicia largamente esperada”. Escucha el lamento silencioso de los que se destruyen porque no sienten esperanza, de los que se esfuerzan a diario y les pagamos con sobras, de los que ya no tienen memoria de la “alegría de ser”.
 
Tu rostro, Madre querida, nos dice que no hay agobio que nos hunda, porque mirando a tu hijo Jesús, como tú lo miras, encontramos la paz hasta en los momentos más duros.
 
Desde allí queremos recuperar la humildad que él tanto nos enseñó, y que nos reaviva la confianza.
 
Así sea...
 

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

 
Quilmes, 25 de mayo de 2017