logo obispo ctissera05Decía el Cura Brochero: “La Gracia de Dios es como la lluvia que a todos moja” y hoy, esa lluvia de la Gracia de Dios abundantemente cae sobre nuestra diócesis de Quilmes con estos regalos, esta gracia de estos nuevos once servidores del Evangelio, estos diáconos que hemos elegido, que luego serán ordenados por la imposición de manos.

Gracias a Dios desde lo hondo del alma todos queremos agradecer y alabarlo por ser tan bueno con nosotros, por ser tan bueno con su pueblo. A todos nos hicieron llegar ustedes esta hermosa tarjeta de invitación que seguramente habrá llevado al menos  minutos u horas para ponerse de acuerdo once para hacer la tarjeta, como pasa con los novios cuando van a hacer la invitación.

Seguramente ese espíritu de Dios los inspiró para, además del dibujo hermoso que está allí, pongan esa frase de este evangelio que hoy nos ha estremecido el alma al escucharlo, todos los bautizados y aquellos que tenemos un servicio particular en medio de ustedes. Un Evangelio precioso, de llamado, y que ustedes han elegido esta frase: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”, palabras de Jesús a Pedro. Este Evangelio nos lleva al corazón mismo de Jesús, que luego de predicar a aquella multitud hambrienta de su palabra, le invita a Pedro a navegar mar adentro. No imaginaban los apóstoles, primero la milagrosa pesca que se iba a realizar, pero tampoco imaginaban, mucho menos, lo que Jesús haría después de su resurrección.

Éste, navegar mar adentro de la iglesia, animada por el Espíritu Santo que llega a hacer obras más grandes que las de Jesús en la tierra, como él mismo lo dice en la última cena. De esas obras más grandes, hoy somos participes. Porque esos mismos apóstoles, como hemos escuchado en la primera lectura, se animaron a ir mar adentro cuando empezaron a ver que crecía la comunidad y no daban abasto. Eligieron a estos hombres, con ciertas cualidades y les impusieron las manos para el servicio de la comunidad.

Avanzando en el tiempo, cuando se apagó un tanto este orden diaconal en la vida de la Iglesia, también el Espíritu Santo invita a un navegar mar adentro a los obispos del mundo, cuando aquel Santo, Juan XXIII invitó y animó a toda la Iglesia a reunirse en concilio, el Concilio Vaticano II. Éste navegar mar adentro también animó el alma de nuestro primer pastor, el Padre Obispo Jorge Novak, a quien le dirigimos éste aplauso. No sólo el iniciador de la diócesis sino también el iniciador del diaconado permanente en nuestra Diócesis de Quilmes.

Desde que empezó su ministerio entre nosotros, las palabras de Pablo: “¡ay de mí, si no evangelizo!” le llevo a navegar mar adentro, pero sobre todo escuchar del maestro estas palabras que hoy ustedes han elegido como lema de ordenación: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Cuantas cosas habrán pasado por el alma de este pastor, que todos de algún modo conocemos y queremos; que sin temor fue abriendo brecha, en medio de los titubeos y de tantas cosas que a veces pasan por el corazón de los hombres, y quiso que se iniciara esa escuela de ministerios en la diócesis. Así fueron saliendo desde el primer diacono Eugenio, tantos otros de esa escuela y luego, del Instituto de Diáconos Permanente.

Esta invitación que nos hacen, ilustrativa, tienen unos signos muy caros al corazón cristiano. Domina la Cruz. Que cosa más sencilla que una cruz, simplemente la cruz, la cruz de los quinientos años de la evangelización en nuestra tierra latinoamericana. Nos viene a la memoria la frase de Pablo: “¡ay de mí, si no evangelizo!” pero también, aquella otra frase: “No predico a otro Cristo, que Cristo crucificado”. Esa ha de ser nuestra predicación. Este Cristo que en la última cena lava los pies a los discípulos como signo de profunda humildad, y que luego se realiza en el gesto supremo de dar la vida por los amigos en la cruz. A él anunciamos, y ese es el poder que ustedes hoy reciben como lo acaba de decir San Pedro en su carta: “Poder recibido de Dios, y realizado en nombre de Dios”. Para que nos libre de toda tentación de otro poder mundano. Es el poder de darse y entregarse. Es preferible, decía san Pedro el domingo pasado,  sufrir por hacer el bien, si es voluntad de Dios, que hacer el mal.

Ustedes aquí también ponen la estola cruzada signo del diacono, el servidor. Una gloriosa tradición de la Iglesia desde los primeros Padres, nos habla de la misión del diacono. Diacono quiere decir eso, servidor. Servir en esta Iglesia nuestra con tantos desafíos. Servir, algo que desde niños han aprendido en sus propias casas; desde sus mismas familias, de sus padres y de sus madres, de sus abuelos, y eso es lo que los ha formado hombres para llevar adelante un hogar. Ahora al servicio de sus hijos, pero más ahora la iglesia les pide estar al servicio de la comunidad. Servicio a todos sin distinción.

Ponen allí los signos de la eucaristía, es que allí está el alimento de todo el pueblo cristiano. Cristo se hace pan y vino para el camino de la vida. Serán ustedes, con la predicación del Evangelio, los que animarán a tantos que quedan caídos a la orilla del camino, a que se levanten y continúen, con las palabras de consuelo, con la cercanía, con la comprensión, con la ayuda solidaria.

Gestando tantas cosas, que el Señor haga brotar en sus corazones, embargados por el Espíritu Santo, nuevas ideas para aportar, no sólo al conjunto de los hermanos diáconos,sino también a los sacerdotes y a todos los servidores que hay en nuestra Iglesia Diocesana, que gracias a Dios son tantos, para que entre todos podamos estar cerca de nuestros hermanos y crean en el Evangelio.

Ponen otra ánfora, que es donde está el agua para lavar los pies. Ser el último de todos es lo que Jesús nos dijo. No estar a lo último de todo como en una actitud egoísta de sentirme inútil y no hago nada, pero si estar sin dejarnos llevar por la vanagloria del querer ser servido o simplemente aparecer.

Hay una imagen que llena de ternura, como la de sus esposas en sus casas y en el corazón de ustedes, la imagen de la Virgen de Luján. Ella es, aquella que nos hace permanentemente estar atentos a todos y todas, pero particularmente de la hermanita o el hermanito más olvidado. La Madre no se olvida de sus hijos. Que ella sea para ustedes, la que constantemente lo haga sensibles, tiernos, amplios, perdonadores como el corazón de una madre que siempre sabe comprender, perdonar;  y sea ella la que los ayude a cada uno de ustedes en esta misión a estar atentos a la voluntad del Padre, como la Virgen.

Vamos a terminar agradeciendo a ustedes, las esposas. Gracias por haber formado el corazón de estos hombres, y los hicieron padres de familia. Gracias a sus hijos, a las familias de ustedes. Gracias a éste Instituto Diaconal, a los que están animando constantemente de distintas maneras al Instituto Diaconal. A quien animó por muchos años, el Padre Félix Gibbs, y al Padre Lucio, quien tiene ahora esa responsabilidad ¡muchas gracias!.

Hermanas y hermanos decíamos, que es una lluvia de Gracias, no solamente Dios nos da estos diáconos; mucha gente dispuesta a servir hay en nuestra diócesis, en tantos ámbitos que tiene la tarea pastoral que es ingente, es grande. Somos pobres pecadores, como dice San Pedro, y ojala nunca me olvide, ni nos olvidemos, que somos pobres pecadores; pero amados por Dios, elegidos por Dios para anunciar el Evangelio.

Una esperanza grande se abre a nuestros ojos, en este día nublado, el sol del 25 de Mayo no se deja vencer, tira un rayo de esperanza. Que sea un rayo de esperanza para la Iglesia, un rayo de esperanza para nuestra Patria.