HOMILIA EN LA 39° PEREGRINACIÓN A LUJÁN

Domingo 10 de septiembre de 2017
 
“Yo soy la servidora del Señor” (Lc. 1, 38)
 
Hermanas y hermanos:
 
Han quedado resonando en nuestros oídos y en nuestros corazones estas palabras de Jesús: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt. 18, 20) Su promesa su cumple. Hoy estamos acá reunidos en su nombre. Somos más que dos o tres… ¡El Señor está en medio nuestro!
 
Estamos a los pies de la Virgencita de Luján en esta 39° Peregrinación de la diócesis de Quilmes, esta vez con el lema: “Yo soy la servidora del Señor”. Palabras suyas en respuesta al ángel Gabriel. Precisamente, en el marco de la celebración de los 40 años de creación de nuestra Iglesia particular, estamos abocados a RENOVAR EL SERVICIO. Juntos queremos decir con el canto del P. Julián Zini: “Queremos ser, Señor, servidores de verdad, testigos de tu amor, instrumentos de tu paz”.
 
Contemplando a María de Luján, nos nace en el alma decir como ella: “Yo soy la servidora (o el servidor) del Señor”. Palabras que brotan de nuestros corazones creyentes. Esas palabras de la Virgen expresan su total confianza en Dios. Para María la fe no fue un simple asentimiento frío, intelectual, de unas verdades, como lo es para tantos de nosotros. La fe fue un donarse totalmente y sin condiciones a Dios nuestro Señor. Acogió a Dios en su corazón y en su vida entera. Creyó en Dios y a Dios porque “para Él no hay nada imposible”. Por eso san Bernardo afirma que “por su fe, María concibió primero a Cristo en su corazón y luego en su vientre”. Ése fue el “fiat” –en latín, “hágase”– de María.
 
Un autor espiritual contemporáneo ha escrito con toda razón que “la fe no es un mero sentimiento de la presencia de Dios o de la voluntad de Dios en la vida. Para mí creer es darme, ofrecerme a Dios, entregarme a Él ciegamente. Para mí creer es dejarme conquistar por su amor para su causa y no ofrecerle reparos. Para mí creer es caminar, sufrir, luchar, caer y levantarme, tratando de ser fiel a un Dios que me llama y a quien no veo. Para mí creer es lanzarme en la oscuridad de la noche, siguiendo una estrella que un día vi, aunque no sepa adónde me va a llevar. Para mí creer es sobrellevar con alegría las confusiones, las sorpresas, las fatigas y los sobresaltos de mi fidelidad. Para mí creer es fiarme de Dios y confiar en Él”.
 
Mirar la bella imagen de la Virgencita de Luján, mueve nuestro corazón para contemplarla como la contemplaba el Negro Manuel. Necesitamos tener la humildad de ese pequeño esclavo para experimentar la ternura de esa Madre de los pobres, la Virgencita de Luján. 
 
Si queremos ser servidores de verdad, necesitamos acercarnos y conocer al Negro Manuel, y que de la mano él nos lleve a su “dueña y su Madre”,  y nos hable de Ella.
 
El Negro es apresado por traficantes de esclavos y llevado en barco desde su tierra africana hasta Pernambuco, en el norte de Brasil. Muchos de sus compañeros mueren en el viaje. Él llega sano y salvo al Nuevo Mundo.
 
El Negro es comprado por un navegante portugues, Andrea Juan. Lo bautizan y lo llaman Manuel. 
 
El negro Manuel viene en el barco que salió de Pernambuco (Brasil) y traía en el cargamento la imagen de la Inmaculada que tenía como destinatario un estanciero de Sumampa (Santiago del Estero). El Negro Manuel es entregado por Andrea Juan a su amigo Bernabé Gonzalez Filiano. Este amigo y nuevo dueño de Manuel, es administrador de una estancia a orillas del río Luján, lo de Rosendo a donde llevan al esclavo. El cargamento es llevado en carretas desde el puerto hacia el Norte. La segunda noche de viaje llegan a lo de Rosendo. Al querer seguir a la mañana siguiente, una de las carretas tirada por bueyes, no se mueve. Luego de varios intentos, bajan uno de los cajones dónde está la imagen de la Virgen. Entonces los bueyes tiran de la carreta y ésta se mueve. Cuando abren el cajón y ven la hermosa imagen, dicen ¡Milagro! ¡La Virgen se quiere quedar aca!. 
El Negro Manuel, testigo de todo, es puesto a cuidar la sagrada imagen. Asi se cumple lo de Cristo en la cruz: "Ahí tienes a tu Madre". Era el año 1630.
 
El Negro Manuel estuvo con la Virgen unos cuarenta años, allí en lo de Rosendo, donde ocurrió el milagro. El esclavo se ocupaba de la limpieza de la pequeña capilla que se hizo junto a la casa. Mantiene prendida la lámpara de aceite de la sagrada imagen. Recibe a quienes van a ver a la Virgen, les cuenta el milagro y a las personas enfermas les pone el aceite de la lámpara. El Negro Manuel es tenido por amigo de todo el pueblo. 
 
El Negro Manuel se queda solo en lo de Rosendo porque Ana de Matos, mujer creyente, compra la sagrada imagen, para llevarla a su casa que quedaba lejos de ahí, también a orillas del río Luján. Sin embargo, la imagen vuelve dos veces a lo de Rosendo dónde el Negro se había quedado. Ante este hecho increíble, Ana consulta al Obispo en Buenos Aires y deciden llevarla a su nuevo destino en la casa de Ana. En esa procesión participa el pueblo y también el Negro Manuel. La sagrada imagen se queda para siempre en su nuevo lugar, en lo que hoy es Luján. Esto sucedía en 1671. 
 
El Negro Manuel al ser llevado con la Virgen es reclamado por los herederos de su dueño ya fallecido. Por el pleito que surge el Negro tiene que ir a Buenos Aires. Alli el se defendía diciendo: "Soy de la Virgen nomás". La situación se resuelve cuando Ana de Matos y el pueblo 
hacen una colecta y compran al Negro para que sea de la Virgen y continue su servicio a lansagrada imagen de Luján. Corría el año 1674.
 
El Negro Manuel al ser vendido por sus dueños, queda definitivamente unido a la Virgen de Luján, a quien él reconoce como su Dueña y su Madre. El amor de la Purísima por su fiel servidor, de rara candidez y simplicidad se fue haciendo más grande y así el Negro hacía con el aceite numerosas curaciones de enfermos que llegaban de distintos lugares. 
 
Asi ocurrió con un cura de Buenos Aires que fue a Luján, muy grave y a quien el Negro ungiéndolo en el pecho con el aceite de la lámpara le devolvió la salud y a quien le dijo claramente: "La Virgen lo quiere para que sea su sacerdote". El padre Pedro Montalbo prometió hacerlo y asi ocurrió.
 
El Negro Manuel cuando iba en las mañanas a saludar a la Virgen se encontraba con que su manto estaba lleno de abrojos y flechillas de campo, y comprendiendo lo que pasaba le decía con trato familiar y confiado: "Señora que necesidad tiene de salir por la noche a ver a sus hijos, siendo tan poderosa, que desde aquí los puede ayudar. Y anda entre los pecadores que no la tratan bien".
 
Manuel de daba cuenta que la Virgen por ser Madre quería ir a visitar los ranchos de los pobres del lugar.
 
Con la ayuda del Negro Manuel, el Padre Montalbo continúa la construcción de la iglesia iniciada por la Señora Ana de Matos, y la finaliza en 1685.
 
El Negro Manuel ya anciano, con barba crecida, seguía gozando de la amistad de todo el pueblo. 
 
El Negro Manuel, ya muy enfermo dijo un día: "Mi Ama, la Virgen, me ha dicho que voy a morir un viernes y que el sábado siguiente me llevará a la gloria". Y así ocurrió la muerte de Manuel, en los primeros meses de 1686. Habían pasado 56 años del milagro de la carreta.
 
El cuerpo del Negro Manuel fue enterrado detrás del altar mayor de la iglesia de Montalbo, a los pies de la Virgen de Luján, por la fama de santo que tenía.
 
El Negro Manuel, vive en el pueblo creyente que ama a la Virgen como Madre, con preferencia en los humildes, en los que sufren, en quienes padecen males, esclavitud e injusticias. Él, que anduvo con la Virgen toda su vida, inspira y anima al pueblo a peregrinar con Ella. Acompaña a los que llevan de visita su imagen a las casas, se hace amigo de toda persona y ayuda al pueblo en sus necesidades. 
 
Él nos dejó esta frase como expresión de su vida: “Soy de la Virgen, nomás”. También nosotros podemos hacerla nuestra. (Cfr. Extratos de la publicación “El Negro Manuel y su historia con la Virgen de Luján”, del equipo que promueve su glorificación)
 
Esta pequeña y gran historia la he contado, para que en la persona del Negro Manuel podamos reconocer a tantas hermanas y tantos hermanos que han servido a la Iglesia de Quilmes en estos 40 años, empezando por el generoso y fiel servidor, su primer pastor el Padre Obispo Jorge Novak. Cuántos “Negro Manuel” hubo y hay en nuestras comunidades, en el servicio de la Palabra, de los Sacramentos, de la Caridad en todas sus formas. Servidores y servidoras incansables, humildes y generosos, la mayoría con muy bajo perfil, alegres y de gran corazón, valientes y perseverantes. ¡Cuántos nombres y rostros se vienen a nuestra memoria! Por ellos damos gracias, y también pedimos para que fortalezca, con la fuerza de su Espiritu de amor, a todos los que entregan su vida cada día en bien del prójimo;  y por los que consagran su vida a Dios para el servicio de su pueblo. Pedimos por el aumento de vocaciones de servicio en la Iglesia y en la sociedad argentina.
 
Hoy vivimos momentos de gran preocupación por el futuro inmediato. Falta el pan en las mesas de los hogares; el desasosiego va ganando el corazón ante la creciente falta de trabajo; nos causa dolor cómo crece la violencia, en sus distintas manifestaciones, y asistimos a enfrentamientos que dificultan la “cultura del encuentro” con la que sueña la Iglesia del Papa Francisco. Los más desprotegidos socialmente son los que sufren las consecuencias de las medidas económicas, que parecen orientadas a la gran economía del país, pero que parece no tener en cuenta la pequeña economía de la mayoría más humilde de nuestro pueblo, que no ve una satisfacción a las necesidades básicas de alimentación, salud, educación, vivienda digna, trabajo estable, seguridad, entre otras. 
 
Ante los pies de la Patrona de los argentinos, también presentamos nuestra oración confiada pidiendo por la aparición con vida de Santiago Maldonado. 
 
También presentamos las fatigas y los esfuerzos de tantas personas que trabajan por la justicia y la paz.
 
El Señor está en medio nuestro. Esa es nuestra esperanza profunda. Por eso, al decir de nuestro recordado Mons. Angelelli, “hay que seguir andando nomás”.
 
Como el Negro Manuel, hoy decimos con el corazón agradecido y lleno de alegría:
 
“SOY DE LA VIRGEN, NOMÁS”