HOMILIA EN LA MISA CRISMAL 

 

Miércoles Santo. Catedral; 28 de marzo de 2018

Hermanas y hermanos en el único Sacerdocio de Jesús:

Hoy es el día de fiesta sacerdotal. Gracias, queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, pueblo de Dios por estar hoy aquí.

Hoy es la fiesta de la unidad diocesana; fiesta de la fidelidad presbiteral y diaconal; fiesta de la bendición de los Óleos. Fiesta en torno a Jesús que se nos ofrece en la Eucaristía, raíz y eje de toda la comunidad cristiana.

En la Semana Santa contemplamos a Cristo, que por amor se entrega en la Cruz por nuestra Salvación. Él mismo se aplica las palabras del profeta: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción” (Lc. 4, 18). Como Cristo, también nosotros somos ungidos por el mismo Espíritu y enviados para llevar la buena noticia a los pobres y anunciar la liberación a los cautivos. Esto implica fidelidad al Señor.

¿Qué es fidelidad al Señor? Es moverse en la esfera del Padre: “Sí, Padre, porque esta ha sido tu voluntad” (Hb. 10, 9); “Vengo para hacer tu voluntad”. Aunque me lleve a la cruz, quiero moverme en la esfera del Padre. (Cfr. Pironio. Misa Crismal 1974)

Fidelidad al Señor significa vivir en la fecundidad de la oración, en la fecundidad luminosa de la contemplación. Significa asumir en la serenidad la cruz.

Hoy es el día para comprometernos, porque es el día del “Testigo fiel, el primero que resucitó de entre los muertos” (Ap. 1, 5). Estamos a las vísperas del día en que Jesús por fidelidad al Padre va a entregar su vida por nosotros; primero bajo las especies del pan y del vino en la Eucaristía, y después en el camino hacia la cruz. Día en que “su Corazón reventó de amor”. Cristo, fiel al Padre, fiel al hombre, construye, en la Eucaristía, la Iglesia.

Queridos diáconos y sacerdotes, comprometámonos a ser hombres de oración y contemplación, para enseñar a los demás cómo se ora, cómo se encuentra al Señor a cada paso, cómo se lo descubre aún en los momentos y acontecimientos más adversos y complicados de la historia. Nos comprometemos a ser hombres de cruz: serenos, alegres, fuertes en la cruz, porque la Cruz es el gran don del Padre. Es el sello del sacerdocio cristiano, es el camino para la fecundidad del ministerio. “Consagrados por el Espíritu sentiremos que nos brota adentro esta agua viva que en nuestro interior grita, como decía San Ignacio de Antioquía: “Ven al Padre”. Esa agua viva es el Espíritu de Dios, en el cual hemos sido consagrados por la unción sacerdotal, en el bautismo y en el sacerdocio ministerial. (Pironio; ob.cit.)

Esta fidelidad al Señor es fidelidad a su Iglesia que nos exige a vivir en comunión. Esta participación de hoy es un signo de esa común unión, del Presbiterio con sus Obispos, y del Presbiterio entre sí, unidos a nuestros hermanos diáconos. Que vivamos la fraternidad sacramental de la misma consagración y de la misma misión.

Hoy le pedimos al Señor la fidelidad a Él y al Pueblo de Dios, del que nunca hemos dejado de ser parte, como sus discípulos misioneros. Cuántos ejemplos de hombres y mujeres fieles nos ayudan en nuestro compromiso. Sobre todo, aquellos que nos precedieron. Algunos que crecieron en nuestras comunidades, otros muy conocidos y proclamados por la Iglesia universal.

El Santo Cura Brochero, es uno de ellos. En una carta dirigida a su Obispo hay una frase que lo pinta como un hombre fiel. En el lenguaje de aquella época, familiarizado con las frecuentes luchas militares, lenguaje que también encontramos en los Ejercicios de San Ignacio, así se expresaba: “Yo bien comprendo que la carrera eclesiástica se toma, para trabajar en bien de los prójimos hasta el último momento de la vida, batallando con los enemigos del alma, como los leones, que pelean echados, cuando parados no pueden hacer la defensa” (Cartas y Sermones, n° 134).

Otro ejemplo de fidelidad es el Beato Óscar Romero, obispo y mártir. El día antes de morir, en la homilía dijo: “Así como Cristo florecerá en una Pascua de resurrección inacabable, es necesario acompañarlo también en una Cuaresma, en una Semana Santa que es cruz, sacrificio, martirio y como Él decía: Dichosos los que nos se escandalizan de su cruz”. La Cuaresma es un llamamiento a celebrar nuestra redención en ese difícil complejo de cruz y de victoria. Nuestro pueblo actualmente está muy capacitado, todo su ambiente nos predica de cruz; pero los que tienen fe y esperanza cristiana saben que detrás de este calvario de El Salvador está nuestra Pascua, nuestra resurrección y es la esperanza del pueblo cristiano” (Mons. Romero. Homilía. 23 de marzo de 1980).

Somos enviados para llevar la buena noticia a los pobres y anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos… Qué inmensa es la misión. Casi imposible de llevar a cabo. El desaliento nos puede tentar y querer ganar… Viene bien recordar una anécdota del P. Orlando Yorio; algo que le sucedió en Montevideo. Era una época de crisis; los niños de la calle eran explotados por mayores y los enviaban a pedir dinero. ¿Cómo no ser parte de una cadena de explotación? ¿Cómo ser indolente frente a un niño que sufre? Un día, uno de ellos lo miró fijo a los ojos, como diciendo: “sí, me explotan..., pero esta es mi vida”. Eso le hizo revivir las veces que había respondido: “te doy cuando vuelta”, cosa que no había hecho. Entonces Yorio decidió comprarle unos caramelos, y cuenta: “No para solucionar totalmente la situación, pero sí porque podía aliviar algo con esos caramelos, y además para mantener viva la marca en mi corazón. Lucha larga frente a algo que parece imposible. Normalmente una unción nos da fuerza y envía a situaciones de dimensiones imposibles de enfrentar. La unción no nos envía a solucionar cantidades o tamaños. Nos envía a solucionar las exclusiones desde la raíz. Y entonces, se va haciendo lo que se puede. Pero eso que se puede, tiene un valor cualitativo distinto. Y la superación no viene por la cantidad sino por las redes que se van tejiendo, por las semillas que se van sembrando” (“Orlando Yorio: relatos de vida”. Pg. 160)

Los ejemplos de estos Ungidos, consagrados de Dios, nos ayuden a ser fieles a la preciosa misión para la que el Señor nos eligió, aún en situaciones adversas y difíciles.

Querido Padre Maxi: la Iglesia diocesana goza con tu presencia ahora como legítimo sucesor de los Apóstoles. Tu ministerio nos unja con la alegre caridad que Dios te regala, y la mutua fraternidad nos fortalezca en el servicio a los hermanos.

La Virgen fiel, que debió vivir con tanta intensidad la primera Pascua de la Historia, nos renueve interiormente y nos cuide con amor maternal.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes