HOMILIA EN LA MISA DE CONSAGRACIÓN DE VIRGEN MARIA SOLEDAD CARRIZO

8 de mayo de 2018

Queridas hermanas y hermanos; querida María Soledad:

En la hermosa tarjeta de tu participación a este momento importantísimo de tu vida, en la que te consagras en virginidad perpetua al Señor, has puesto al modo de lema las palabras de la Virgen María: “Hágase en mí según tu Palabra” (Lc. 1,38). El evangelio de hoy nos muestra a la Virgen Madre, al pie de la cruz, haciendo carne esa voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias.

Toda la vida de María fue un SI al Padre y un Magníficat. Hubo momentos fuertes en el gozo de su entrega: la Anunciación, la Cruz, Pentecostés. Pero lo verdaderamente grande en Ella fue la fidelidad cotidiana al plan del Padre, su radical entrega al Evangelio, vivido con sencillez y alegría de corazón. Su pobreza fue, ante todo, conciencia de su condición de servidora, hambre de la Palabra de Dios y de su Reino, inconmovible seguridad en Aquél para Quien nada es imposible, pronta disponibilidad para el servicio.

La vida de María fue simple. Y sin embargo, indudablemente su Sí cambió la historia y su Magníficat hizo desbordar sobre el mundo la alegría de la redención. “A cada uno le toca escribir una página inédita, totalmente suya, en la historia de la salvación. Con frecuencia perdemos el tiempo en ver cómo la escriben los otros o, peor aún, en juzgar cómo y por qué la escribieron mal. Y nosotros entretanto dejamos de escribir la nuestra. En definitiva, lo esencial no es saber qué pasa en la historia, sino en discernir por dónde pasa el Señor y qué quiere de nosotros” (Card. Pironio)

La vida no se nos dio para guardarla. Se nos dio para la gloria del Padre y el servicio de los hermanos. Sólo así seremos capaces de ganarla (Mc. 8, 35). Esto exige de nosotros que vivamos, “con sencillez y alegría de corazón” (Hch. 2, 46), nuestro “hágase en mí” (Fiat) cotidiano: a la voluntad del Padre y a la expectativa de los hombres, al silencio de la contemplación, a la fecundidad de la cruz, a la alegría de la caridad fraterna.

Todo esto es válido para todo bautizado. Pero es, sobre todo, exigencia de Dios para una consagrada, para un consagrado. Para vos, Soledad. La grandeza de una persona no se mide por la brillantez de sus obras, sino por la permanente y oculta fidelidad a su misión, a la palabra recibida y empeñada. María fue feliz porque dijo que Sí (Lc. 1, 45). La verdadera felicidad está en escuchar la Palabra de Dios y en practicarla, como María (Lc. 10, 28)

La consagración en la virginidad es signo de la nueva creación. Es un anticipo de su consumación definitiva. Con tal que se la viva en plenitud como seguimiento radical de Jesucristo y en el gozo de la inmolación al Padre y el servicio a los hermanos. Es el sentido hondo de la consagración: una ofrenda total con sabor a cruz. La novedad pascual del Bautismo se hace particularmente transparente y densa en la vida consagrada. La vida consagrada es un testimonio claro y entusiasta de la Pascua. Por eso, su sola presencia en el mundo es siempre un anuncio y una profesía: proclama que Jesús ya vino y vive, y anticipa en el tiempo la serenidad y el gozo del Reino consumado.

El corazón de esta creación nueva es el amor. Su fuente es la cruz. Su expresión, la alegría. Por eso es absurda una vida consagrada triste. Sería como una existencia sin Pascua. Esta creación nueva se da siempre en el Espíritu. En la medida en que nos dejemos conducir por Él. En la medida que lo dejemos a Él que grite al Padre. Es decir, en la medida de nuestra profundidad contemplativa, de nuestro amor a la cruz y de nuestra permanente fidelidad a la voluntad del Padre. Un signo claro de esta vida nueva en el Espíritu Santo es el equilibrio interior y una inagotable capacidad de estar alegres. También son un signo muy claro de esta novedad pascual la experiencia de una paz muy honda y la permanente disponibilidad para interpretar, acoger y servir a los hermanos.

La virgen consagrada camina cada día al encuentro del Señor, construyendo cada día el Reino y escribiendo cada día una página nueva en la historia de los hombres. Por eso, la virgen consagrada es un canto de esperanza; un signo de esperanza en el vida. Toda existencia cristiana, porque es experiencia pascual, es un grito de esperanza: “Cristo resucitó, mi esperanza”, dice María Magdalena según el Pregón Pascual. Pero de modo particular, la vida consagrada es un grito de esperanza. Su esencia es una proclamación profética de la esperanza: sólo cuenta Cristo. Al decir de Pablo: “Por Él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero basura, con tal de ganar a Cristo y estar unido a Él” (Flp. 3, 8-9) Hoy, cuánto nos hace falta la esperanza..! En este día de la Virgen de Luján, que bien nos hace pensar en Ella, contemplarla serenamente, y decirle: “Vida, dulzura y esperanza nuestra”.

Todo esto es un verdadero regalo de Dios. Pero también significa la entrega de nuestro ser, nuestra respuesta diaria. Por eso, querida Soledad, estas cosas no se improvisan. No son nuevas para vos. Precisamente, porque las has experimentado, y fuiste discerniendo, con la ayuda de tus acompañantes, que la voz de Dios te llamó para poder dar un día este solemne SI que hoy celebramos. Tus años vividos en la parroquia, en tantos servicios; tu experiencia en la misión; tu vocación docente; tu amor a las personas con alguna discapacidad; tus años en la pastoral juvenil; toda esa vida de discípula misionera de Jesús, alentó e hizo crecer esa llama ardiente de tu amor total al Señor, de quien desde hoy serás su esposa.

El pueblo cristiano, en donde el Señor siembra el llamado a su seguimiento, en tantas vocaciones, se alegra con tu SI. De modo particular, el Orden de Vírgenes, que te acompaña tan de cerca, da gracias por tu testimonio de entrega entusiasta y alegre.

El Padre Obispo Jorge Novak, a quien amas tan tiernamente desde tu niñez, cuide de tu consagración y su testimonio de consagración a Dios te estimule cada día.

La Virgen de Luján, patrona de nuestra Comunidad Parroquial, sea tu amparo y modelo de esposa fiel y causa de tu alegría.