HOMILIA DE LA MISA DE CORPUS CHRISTI - 2 de junio de 2018   

 

Hermanas y hermanos:
Estamos reunidos esta tarde para celebrar la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el “Corpus Christi”; y lo hacemos como Iglesia diocesana de Quilmes. Hemos elegido este lugar porque el pasado 8 de diciembre, la Parroquia de San Francisco Solano ha celebrado sus 60 años de creación, junto con otras parroquias de la Diócesis, cuando todavía estas ciudades del sur de Buenos Aires pertenecían a la Arquidiócesis de La Plata.
La Palabra de Dios hoy nos ayuda a contemplar este gran misterio de la fe: la Eucaristía. “En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Desde entonces, los discípulos tenemos todo lo necesario para nuestro camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para su pueblo el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. ¡Y este Pan de vida ha llegado hasta nosotros! Hace 60 años empezó a celebrarse permanentemente la Misa en estos lugares, que crecieron por la necesidad de tantas personas que venían buscando un futuro mejor para ellos y sus hijos; la fe que los animaba, fue alimentándose con este Pan de los peregrinos, ayudándolos a formar familias fraternas y solidarias, sosteniéndolos en sus luchas por un salario justo y por una tierra y techo que los cobijara.
Hemanas y hermanos, el Misterio de Cristo que celebramos es insondable, es un verdadero abismo para nuestra pequeña mente humana. San Pablo mirando a Jesucristo dice: “Me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Y aunque difícilmente se encuentra a alguien dispuesto a morir por una persona justa, solo Jesucristo quiere dar la vida por un pecador como yo. Con estas palabras, San Pablo intenta hacernos entrar en el misterio de Cristo. No es fácil, es una gracia. Lo han entendido no solo los Santos canonizados sino también tantos santos escondidos en la vida ordinaria, gente humilde que pone su esperanza solo en el Señor: han entrado en el misterio de Jesucristo crucificado, que es una locura, dice Pablo, advirtiendo que si tuviera que gloriarse de algo, sería de sus pecados y de Jesucristo crucificado.
 

Queremos en Solano decir y proclamar:
“Honremos a Jesús Eucaristía venerándolo en los excluidos del banquete de la Vida”

 
Hay un texto de la Liturgia de la Iglesia que dice: “Reconozcan en este pan, a aquél que fue crucificado; en el cáliz, la sangre brotada de su costado. Tomen y coman el cuerpo de Cristo, beban su sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate” (Responsorio de la 2ª lectura de la Liturgia de las Horas. Corpus Christi)
¿Qué significa hoy, disgregarse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.
Participando en la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda herida, y al mismo tiempo que se convierta en comunión también con el más pobre, sea apoyo para el débil, atención fraterna con los que se fatigan para el llevar el peso de la vida cotidiana y están en peligro de perder la fe.
¿Qué significa hoy para nosotros “disgregarse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarnos engañar por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos disgrega, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos.
Porque no queremos disgregarnos; porque queremos vivir en comunión, hoy desde Solano decimos:
 

“Honremos a Jesús Eucaristía venerándolo en los excluidos del banquete de la Vida”

 
Uno de los más grandes Santos Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo (347-404) dice en una homilía: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez. Porque Él mismo que dijo: Esto es mi cuerpo, y con su palabra llevó a realidad lo que decía; afirmó también: Tuve hambre, y no me dieron de comer, y más adelante: Siempre que dejaron de hacerlo a uno de estos pequeños, a mí en persona lo dejaron de hacer. El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres, en cambio, necesitan que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos.”
“¿De qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? Da primero de comer al hambriento, y luego, con lo que te sobre, adornarás la mesa de Cristo. ¿Quieres hacer ofrenda de vasos de oro y no eres capaz de dar un vaso de agua? Y, ¿de qué serviría recubrir el altar con lienzos bordados de oro, cuando niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? ¿Qué ganas con ello?”.
También el beato Pablo VI (que será canonizado el próximo 14 de octubre) insiste en esta identificación moral entre Cristo y el pobre; lo hace partiendo de la Eucaristía: “Hemos venido a Bogotá para rendir honor a Jesús en su misterio eucarístico (…) El sacramento de la eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; ustedes son también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino (...) Toda la Tradición de la Iglesia reconoce en los Pobres el sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística en ella. Por lo demás Jesús mismo nos lo ha dicho en una página solemne del evangelio, donde proclama que cada hombre doliente, hambriento, enfermo, desafortunado, necesitado de compasión y ayuda es Él, como si Él mismo fuese ese infeliz, según la misteriosa y patente sociología, según el humanismo de Cristo” (Homilía en Bogotá, 23 VIII 1968). Como dice uno de los primeros escritos de los cristianos: “Si compartimos el pan celestial, ¿cómo no vamos a compartir el pan terreno?” (Didajé IV, 8).
 

Por eso hoy, desde Solano decimos juntos:
“Honremos a Jesús Eucaristía venerándolo en los excluidos del banquete de la Vida”

 
“Unidos en la fracción del pan” (Act 2,42). Al comulgar decimos “Amén” al cuerpo santísimo de Jesús, nacido de María y muerto por nosotros; pero decimos también “Amén” a su cuerpo místico, que es la Iglesia, es decir, a los hermanos que están a nuestro alrededor en la vida o en la mesa eucarística. No podemos separar los dos cuerpos, aceptando el uno sin el otro.
Vivimos circunstancias difíciles en el país. Han crecido la desocupación, la cantidad de niños y adolescentes que acuden a los comedores barriales; crece la necesidad de tener un techo donde vivir; pero a la vez, escuchamos y vemos, por los medios de comunicación, que se multiplican discursos y acciones que ofenden la dignidad de los más humildes cuestionando sus derechos a la educación, a la salud, a la tierra y a la vivienda digna. Ya hemos expresado estas preocupaciones; pero a la vez a todo ello, respondemos valorando y agradeciendo el trabajo sacrificado y generoso de tantas personas que sirven a los pobres en nuestros barrios y ciudades, no sólo en las instituciones de nuestra Iglesia, sino también en otras iglesias y agrupaciones de índole civil. Pedimos a Jesús que nos sostenga en el servicio.
Hoy nos parece que hay un compromiso con políticas macroeconómicas dirigidas a suprimir las bocas en vez de agregar un plato a la mesa. Estas embestidas de ciertos poderes muerte se han dado en diversas épocas de nuestra historia.
Al inicio de la década del noventa, el Padre Obispo Jorge Novak, en una alocución radial, decía con ocasión del día de la madre: “No se puede separar el “día de la madre” de su referencia necesaria y esencial a la familia y al tema de la vida. En tal sentido nos preocupa profundamente una tendencia a favorecer el aborto en nuestra Argentina. Cierto periodismo, tratando con superficialidad un tema tan vital para la moral privada y pública, ha querido predisponer a la población a aceptar favorablemente la despenalización del aborto. Los países llamados del Primer Mundo han aprobado leyes de permisivismo estatal en la materia. Los argumentos aparentes (en realidad, simples sofismas) han sido rebatidos, no sólo por la Iglesia con su magisterio en materia de fe y de costumbres, sino por muchas otras personalidades e instituciones, respaldadas en la sana razón y en la constatación objetiva de las devastadoras consecuencias de leyes inicuas, que permiten asesinatos a mansalva.
La Iglesia no levanta reparos por mera contradicción a las tendencias de la decantada “modernidad”. Ella habla defendiendo la vida de verdaderos seres humanos; encuentra aquí uno de los desafíos más decisivos en pro de los derechos humanos; sale a la defensa de criaturas humanas totalmente indefensas, expuestas al atropello más inicuo e inaudito que se pueda imaginar.
Basada en la Biblia y en una tradición ininterrumpida encara, con medios humanos muy inferiores a los de la campaña favorable al aborto, la lucha por la vida, por la dignidad intangible de la persona, por el rescate de una civilización que corre el riesgo de hundirse en la historia” (Historia y Evangelio. 21/10/1990. Radio Universidad Nacional de La Plata, 9.30 hs. “Maternidad y Aborto” Lc. 1, 39-45).
Es por eso que hoy, aquí en Solano, queremos adorar a Jesús Eucaristía, dejándonos transformar por ese amor divino, que sana nuestro corazón de toda idolatría, de toda soberbia y vanidad, de todas nuestras mezquindades y egoísmos. 

Y decimos:
“Honremos a Jesús Eucaristía venerándolo en los excluidos del banquete de la Vida”

 La Virgen Madre, en cuyo seno se formó Jesús, y servidora de la vida naciente en el seno de su prima Isabel, nos acompañe en la misión de compartir el pan de la vida con todos los hermanos sin discriminación.
 
BENDITO Y ALABADO SEA JESÚS EN EL SANTISIMO SACRAMENTO DEL ALTAR


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes