HOMILIA DEL DÍA DE LA VIDA CONSAGRADA 

Queridas hermanas y hermanos consagrados:

En este día de la Natividad de la Ssma. Virgen María, nos hemos reunido para compartir nuestra vida, escucharnos entre nosotros, y alimentarnos con el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía.
Encontrarnos entre nosotros es reconocernos como hermanos, llamados por Dios a ser sus hijos y llamados por Él a su seguimiento para ser totalmente suyos.
Mirémonos a nosotros, queridos hermanos y hermanas consagrados. Todo comenzó gracias al encuentro con el Señor. De un encuentro y de una llamada nació el camino de la consagración.

La vida frenética de hoy lleva a cerrar muchas puertas al encuentro, a menudo por el miedo al otro —las puertas de los centros comerciales y las conexiones de red permanecen siempre abiertas—. Que no sea así en la vida consagrada: el hermano y la hermana que Dios me da son parte de mi historia, son dones que hay que custodiar. No vaya a suceder que miremos más la pantalla del teléfono que los ojos del hermano, o que nos fijemos más en nuestros programas que en el Señor. Porque cuando se ponen en el centro los proyectos, las técnicas y las estructuras, la vida consagrada deja de atraer y ya no comunica; no florece porque olvida «lo que tiene sepultado», es decir, las raíces.

La vida consagrada nace y renace del encuentro con Jesús tal como es: pobre, casto y obediente. Se mueve por una doble vía: por un lado, la iniciativa amorosa de Dios, de la que todo comienza y a la que siempre debemos regresar; por otro lado, nuestra respuesta, que es de amor verdadero cuando se da sin peros ni excusas, y cuando imita a Jesús pobre, casto y obediente. Así, mientras la vida del mundo trata de acumular, la vida consagrada deja las riquezas que son pasajeras para abrazar a Aquel que permanece. La vida del mundo persigue los placeres y los deseos del yo, la vida consagrada libera el afecto de toda posesión para amar completamente a Dios y a los demás. La vida del mundo se empecina en hacer lo que quiere, la vida consagrada elige la obediencia humilde como la libertad más grande. Y mientras la vida del mundo deja pronto con las manos y el corazón vacíos, la vida según Jesús colma de paz hasta el final, como en el Evangelio, en el que los ancianos llegan felices al ocaso de la vida, con el Señor en sus manos y la alegría en el corazón. (Papa Francisco, 2 de febrero de 2018) 

Es hermoso encontrarnos en esta Catedral, a los pies de la Inmaculada en este día de la Vida Consagrada. En vísperas de la 40ª Peregrinación Diocesana a Luján, queremos renovar nuestra pertenencia al Pueblo de Dios que camina en Quilmes. María “toda de Dios y toda nuestra” nos acompaña en este camino que hacemos hacia el Tercer Sínodo Diocesano de la Evangelización. La Vida Consagrada tiene en él un papel especial, como testigos del Reino. Es bueno el andar, tengamos presente lo que el Papa Francisco decía este año en el Congreso Internacional de la Vida Consagrada, en el mes de mayo. Se refirió a las “3 P” que constituyen los tres pilares de la vida consagrada: la plegaria, la paciencia y la pobreza.

La plegaria

El Papa afirmó que “la plegaria es volver siempre a la primera llamada. Cualquier plegaria, tal vez una plegaria en caso de necesidad, pero siempre es regresar a esa Persona que me ha llamado”.
“La plegaria de un consagrado, de una consagrada, es regresar al Señor que me ha invitado a estar cerca de Él. Regresar a Aquel que me miró a los ojos y me dijo: ‘Ven. Deja todo y ven’”.
Aseguró que “la plegaria es lo que me hace trabajar para el Señor, no para mis intereses o para la institución en la que trabajo, no: Para el Señor”.
“La plegaria, en la vida consagrada, es el aire que nos hace respirar esa llamada –continuó–, renovar esa llamada. Sin ese aire no podríamos ser buenos consagrados. Quizás seremos buenas personas, cristianos, católicos que trabajan en tantas obras de la Iglesia, pero tú tienes que renovar continuamente la consagración allí, en la plegaria, en un encuentro con el Señor”.

La pobreza

El Santo Padre explicó la importancia de la pobreza en la vida consagrada y aseguró, citando las Constituciones de San Ignacio, que “la pobreza es la madre, es el muro de contención de la vida consagrada”.
Sin pobreza “no hay fecundidad en la vida consagrada. Y ese ‘muro’, te defiende. Te protege del espíritu de la mundanidad, por supuesto. Sabemos que el diablo entra por los bolsillos. Todos lo sabemos. Y las pequeñas tentaciones contra la pobreza son heridas a la pertenencia al cuerpo de la vida consagrada”.

La paciencia

“Sin paciencia, es decir, sin la capacidad de padecer, una vida consagrada no puede sostenerse a sí misma, estará a medio hacer”, advirtió el Pontífice. “Sin paciencia, por ejemplo, se entienden las guerras internas de una congregación. Porque no han tenido la paciencia de soportarse el uno al otro, y gana la parte más fuerte, no siempre la mejor; e incluso la que pierde tampoco es la mejor, porque es impaciente”.
Por otro lado, el Papa indicó que la paciencia no sólo es necesaria en la vida comunitaria, sino también “ante los sufrimientos del mundo. Llevar sobre los hombros los problemas, los sufrimientos del mundo”.
Que la Virgen Niña, nos regale un corazón de niños, para confiar en el Señor, dejarnos ayudar por Él y los hermanos, y para no perder la alegría de sabernos amados.

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes