HOMILÍA DE LA XXIII MISA DE LA ESPERANZA  

 Cruce Varela –  Sábado 17 de noviembre de 2018

 

“Escucha, Señor, el clamor de los pobres” 

Hermanas y hermanos:

Hemos hecho coincidir la celebración de la “Misa de la Esperanza” con la “Jornada Mundial de los pobres” convocada por el Papa Francisco, cuyo Mensaje tiene como lema la frase del Salmo 34, 7: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó”.

La profecía de Daniel, en la primera lectura, dice: “Los hombres prudentes resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que hayan enseñado a muchos la justicia brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos” (Dn. 12, 3). Ese texto nos evoca inmediatamente la memoria del Padre Obispo Jorge Novak, que al decir del Papa Francisco: “es una luz que brilla en el episcopado argentino”. Él enseñó a tantos hombres y mujeres los caminos de la justicia, los caminos de la salvación. Él encendió esta luz de esperanza en los corazones desalentados y agobiados por las injusticias y miserias humanas. Él nos ha regalado esta “Misa de la Esperanza” para tiempos difíciles. Los obispos de Quilmes agradecemos en nombre del Pueblo de la diócesis al Señor Nuncio Apostólico, Mons. León Kalenga, que haya querido visitar esta tarde nuestra Catedral y rezar ante la tumba del Padre Obispo Jorge, “amigo de Dios y de los pobres”. Señor Nuncio: ¡Gracias por presidir esta Misa de la Esperanza!

“Escucha, Señor, el clamor de los pobres”

Este lema se inspira en el Salmo 34, 7: “Este pobre gritó y el Señor lo escuchó”. Este salmo nos permite también hoy a nosotros, rodeados de tantas formas de pobreza, comprender quiénes son los verdaderos pobres, a los que estamos llamados a dirigir nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha a los pobres que le claman y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a todos los que son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada al cielo para recibir luz y consuelo. Oye a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que Dios es su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. A la luz de estas palabras podemos comprender más plenamente lo que Jesús proclamó en las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

 El Papa Francisco en esta Jornada nos invita a poner a los hermanos más sencillos, más pobres y desprotegidos, en el centro de nuestra oración y de nuestra preocupación con gestos concretos de amor y de misericordia. Así lo han hecho también en otras iglesias hermanas, e Argentina y acá en el gran Buenos Aires en esta semana. La olla popular organizada para este día, es un signo de tantas expresiones de fraternidad que hay en nuestros barrios. La Palabra de Dios muchas veces nos presenta los gritos de la humanidad que son oídos  por Dios. Dice a Moisés: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocado por los capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos” (Ex. 3, 7) Dios no se olvida de los más pequeños, de los que nadie tiene en cuenta, los más pobres y olvidados.

Muchos de ustedes saben que el mes pasado estuve en Roma participando del Sínodo de los Obispos, convocado por el Papa Francisco, con la temática: “Los jóvenes: la fe y el discernimiento vocacional”. El día 4 de octubre tuve mi intervención. Me inspiré en la Palabra de Dios que dice: “Sabemos que la creación entera, hasta el presente, gime y sufre dolores de parto” (Cfr. Rm. 8, 22). Los jóvenes tienen sus gemidos, sus gritos y dolores. Sufren grandes heridas sociales, agredidos en la vulnerabilidad propia de su edad. Si pensamos en sus clamores, son gritos a veces ruidosos y estridentes. Otras, gritos silenciosos, casi sin voz. Precisamos saber escuchar y entender el lenguaje juvenil.

Sus mayores clamores y gritos son: como cualquier ser humano,  “quiero ser feliz”; “quiero que me entiendan”; “quiero que me amen”. Claman sintiéndose arrojados a la existencia y se preguntan: “¿para qué estoy en el mundo?”. “En esta realidad de porquería... ¿para qué vivir? Mi vida no vale, la tuya tampoco”. Reclaman hacer lo que quieren, pero en realidad sólo tienen la libertad para moverse. Falta la libertad como camino de felicidad, como opción de vida.

Precisamos escuchar los gritos silenciosos de los adictos, de los que no hablan de lo que les pasa. Hay que aprender a escuchar ese silencio que duele, porque es un silencio que lleva a la soledad, a la cárcel y al cementerio. Los “pibes” presos creen que sólo saben robar o cometer delitos; su primer clamor es hacia adentro… hacia ellos mismos, y se dicen: “Quiero cambiar, pero no sé hacer otra cosa; mi vida está hipotecada”. Los jóvenes que se quejan y sufren con cuestiones de identidad sexual y sus preguntas: “¿Cómo ser feliz? ¿Cómo seguir? ¿Dios me ama como soy?”. También existen otros gritos, otros gemidos de los jóvenes que lograron graduarse, y ven frustrados sus sueños al no poder ejercer su profesión.

A los gritos de ellos se suman la de hermanas y hermanos de nuestras barriadas que ven perder sus puestos de trabajo; de los que trabajando de sol a sol, ven que sus salarios son comidos mes a mes por una inflación galopante; los clamores de los que cada año ven que sus pocas pertenencias se las arruina el agua contaminada que desborda de los arroyos, y pasan las décadas y las obras proyectadas y prometidas nunca se realizan. Los gritos que claman justicia frente a los hechos de corrupción que malogran las obras públicas. Los clamores de una sociedad que sufre la inseguridad y que ve cada vez más deteriorada la educación pública; esos gemidos de los abuelos y de los enfermos que ven que las políticas de salud pública no llegan a todos y son insuficientes. Lamentablemente, como respuesta a todos esos gritos sólo se repiten políticas que crean cada día más desigualdad.

Dice el Papa Francisco: “Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales” (EG 202)

El domingo 28 de octubre, el Papa Francisco, al clausurar el Sínodo, en su homilía comentó el evangelio de ese día que narraba la curación del mendigo ciego Bartimeo, que a los gritos decía: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Todos los querían hacer callar, y él clamaba más fuerte todavía. Nos decía el Papa: “Bartimeo es ciego y no tiene quien lo escuche; y cuando quería hablar lo hacían callar. Jesús escucha su grito. Y cuando lo encuentra lo deja hablar. No era difícil adivinar lo que Bartimeo le habría pedido: es evidente que un ciego lo que quiere es recuperar su vista. Pero Jesús no es atropellado, da tiempo a la escucha. Este es el primer paso para todos : escuchar. Es el apostolado del oído, para nosotros los curas, obispos, para cualquiera de nosotros papá, mamá, hermano, hermana: escuchar, antes de hablar”. Por el contrario, muchos de los que estaban con Jesús imprecaban a Bartimeo para que se callara. Para Jesús, en cambio, el grito del que pide ayuda no es algo molesto que dificulta el camino, sino una interpelación vital. ¡Qué importante es para nosotros escuchar la vida!, la vida que late.  Los hijos del Padre celestial oyen a sus hermanos: no las murmuraciones inútiles, sino las necesidades del prójimo. Escuchar con amor, con paciencia, como hace Dios con nosotros, que a veces le repetimos tantos pedidos. Dios nunca se cansa, siempre se alegra cuando lo buscamos. Pidamos también nosotros la gracia de un corazón dócil para escuchar los gritos, los dolores, los sufrimientos de los que están a nuestro lado.

“Escucha, Señor, el clamor de los pobres”

El salmista dice que el Señor, no solo escucha el grito del pobre, también le responde. La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas para sanar el alma, para restituir justicia y para ayudar a reemprender el camino. Es también una invitación a que todo el que cree en él. También nosotros algo podemos hacer, con el que necesita, con el que está a nuestro lado.

La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza, dice el Papa; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana que sufre. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, que lo hagan los otros,  sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. Cuantos hermanos y hermanas están acá y han venido de movimientos sociales y nos acompañan, todos somos un movimiento social, somos todos la sociedad y todos tenemos que movernos por los demás. A muchos les gusta rotular a esa gente que están todos los días escuchando el clamor de los demás y tratan de organizarse para un mundo mejor, ellos a veces son rotulados como los que causan no se que clase de problemas, cuando los que causan los problemas son los que cada vez más ajustan la vida social del pueblo que no se cansa de luchar siempre por un mundo mejor y que no es otra cosa que traer el pan para sus hijos, no es otra cosa que un trabajo digno, no es otra cosa que una casita para vivir y un poquito de terreno para hacer la vida aquí en esta tierra más digna. No se busca otra cosa, no están pensando en grandes capitales, la gente lo que busca es simplemente eso, vivir un poco mejor. Y como no acompañarlos, como no estar junto a ellos, como no escuchar los gritos de tanta gente que necesitan simplemente alguien que los escuche, que los haga sentir que son un ser humano, no una cosa, no un número, no un digito más en medio de tantos números. Por eso hoy queremos estar muy atentos a esas angustias de tanta gente que está a nuestro lado, que camina por nuestros barrios, por nuestras ciudades, nos duele. Nos duele ver que se aumentan los niños en nuestros comedores, no solo niños, adolescentes, y no solo adolescentes también están viniendo los padres y hasta los abuelos. Es un dolor grande. Pero bueno frente a todo eso, multiplicamos nuestros gestos de amor y solidaridad, no nos quedamos simplemente en la queja o en la denuncia, hacemos también algo en medio de nuestras posibilidades, porque estamos guiados por el evangelio, por la Palabra de Dios, no por otra cosa, que dice: “… tuve hambre me diste de comer, tuve sed me diste de beber, estuve enfermo me visitaste, estuve preso me viniste a ver, estuve de paso me alojaste.

Con la certeza de que Dios escucha el clamor de los pobres, el Padre Obispo Jorge Novak  iba a Luján cada año para pedir por todas las necesidades de su pueblo. Es lo que lo motivaba para escribir sus cartas, organizar Misas por el Pan y el Trabajo, a ofrecer su propia vida para el consuelo de su gente. Era un hombre que tenía el mismo convencimiento de ese otro pastor a quien la Iglesia ha reconocido como mártir,  junto a otros hermanos de la Iglesia riojana, Mons. Enrique Angelelli, que será beatificado con Fray Carlos de Dios Murias, el Presbítero Gabriel Roger Longueville y el laico Wenceslao Pedernera. Será el 27 de abril de 2019. Angelelli vivió identificado con este Dios que escucha, responde y libera a su pueblo. Esa actitud la plasmó en su conocida frase: “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio”. Y Dios le dio la gracia de imitar a Jesús Buen Pastor, dando la vida por los amigos.

Es oportuno decir acá las palabras que el entonces cardenal Bergoglio dijo en La Rioja, conmemorando los 30 años de la pascua de estos futuros beatos: “El recuerdo de Wenceslao, Carlos, Gabriel y el obispo Enrique no es una simple memoria encapsulada, es un desafío que hoy nos interpela a que miremos el camino de ellos, hombres que solamente miraron el Evangelio, hombres que recibieron el Evangelio y con libertad. Así nos quiere hoy la Patria, hombres y mujeres libres de prejuicios, libres de componendas, libres de ambiciones, libres de ideologías; hombres y mujeres de Evangelio, sólo el Evangelio, y, a lo más, podemos añadir un comentario, el que añadieron Carlos, Gabriel, Wenceslao y el obispo Enrique: el comentario de la propia vida” (Card. Bergoglio. Catedral de la Rioja. 4 de agosto de 2006), palabras del actual Papa Francisco para estos cuatro futuros beatos que nosotros hoy también queremos recordar para que nos ayuden en este camino difícil que todos tenemos.

Gracias por estar presentes. Gracias hermanas y hermanos que trabajan cada uno en sus comunidades, en sus barrios, sirviendo a los demás. No nos cansemos de hacer el bien a pesar de todo, fijando los ojos en Jesús por quien hacemos todo, porque a Él todo le debemos y en Él estamos sirviendo a cada uno de nuestros hermanos. Y así se lo estamos haciendo a ese mismo Jesús que se nos presenta pobre, sencillo, humilde, por las calles de nuestros barrios y nuestra ciudad. Jesús camina en medio nuestro: son los pobres y humildes que nunca permites que nos olvidemos que Jesús vive en medio de ellos y nosotros estamos para servirlos.  ¡Viva Jesús! ¡Viva María!

+ Carlos José Tissera

   Obispo de Quilmes.