Homilía de la Misa de Ordenaciones Sacerdotales Viernes 7 de diciembre de 2018 - Iglesia Catedral de Quilmes 

 

Muy queridos Padres Obispos Luis y Maxi,
Sacerdotes, Diáconos, Religiosas, Religiosos,
Hermanas y hermanos:

Las palabras del Ángel a María resuenan con fuerza en nuestros corazónes: ¡Alégrate! Es el sentimiento que embarga nuestros corazones en esta tarde, particularmente el corazón de Leo, de Martín y de Christian. Desde este atardecer la Iglesia universal celebra gozosa a la Inmaculada Madre de Dios, patrona de nuestra Diócesis de Quilmes. ¡Qué mejor regalo para Ella que estos tres nuevos sacerdotes! Una muestra de la fecundidad de nuestra Iglesia de Quilmes, que como madre que da a luz, acaricia agradecida a su niño, fruto de una larga espera. Su oración ha sido escuchada por el dueño de los sembrados que envía trabajadores para la cosecha.

Queridos Leonardo, Martín y Christian: estos años de crecimiento en la fe vividos en su seminario, tiempo de discernimiento y de seguimiento del Señor, fueron providencialmente signados por dos acontecimientos eclesiales: el pontificado del Papa Francisco y la canonización del Cura Brochero. Hechos que llenaron de profunda alegría a nuestra Iglesia argentina. Ambos hombres nos han mostrado, con su vida y enseñanza, la alegría de ser cristianos. Dice Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”. Y el Santo Cura Brochero, además de su innato humor cordobés, su ministerio sacerdotal despertó los corazones de sus paisanos, adormecidos por la tristeza del pecado y por el dolor de la injusticia, con los Ejercicios espirituales y sus obras de misericordia, dejando grabadas en sus almas su clásico saludo: “Ave María Purísima”; o también: “Aquí vengo a darles música”.

Hoy son ungidos con el óleo de la alegría. Ustedes y nosotros estamos invitados hoy a cuidar este gran regalo: la alegría sacerdotal.
“La alegría del sacerdote es un bien precioso no sólo para él sino también para todo el pueblo fiel de Dios: ese pueblo fiel del cual es llamado el sacerdote para ser ungido y al que es enviado para ungir.

Ungidos con óleo de alegría para ungir con óleo de alegría. La alegría sacerdotal tiene su fuente en el Amor del Padre, y el Señor desea que la alegría de este Amor “esté en nosotros” y “sea plena” (Jn 15,11). Me gusta pensar la alegría contemplando a Nuestra Señora: María, la “madre del Evangelio viviente, es manantial de alegría para los pequeños” (EG 288), y creo que no exageramos si decimos que el sacerdote es una persona muy pequeña: la inconmensurable grandeza del don que nos es dado para el ministerio nos relega entre los más pequeños de los hombres. El sacerdote es el más pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza; el más inútil siervo si Jesús no lo llama amigo; el más necio de los hombres si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro; el más indefenso de los cristianos si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas; por eso nuestra oración protectora contra toda insidia del Maligno es la oración de nuestra Madre: soy sacerdote porque Él miró con bondad mi pequeñez (cf. Lc 1,48). Y desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez!”(/em> (Francisco. Misa Crismal. 17 de abril de 2014)

También Francisco nos invita a descubrir tres rasgos de la alegría sacerdotal: una alegría que nos unge, una alegría incorruptible y una alegría misionera.

“Una alegría que nos unge. Es decir: penetró en lo íntimo de nuestro corazón, lo configuró y lo fortaleció sacramentalmente. Los signos de la liturgia de la ordenación nos hablan del deseo maternal que tiene la Iglesia de transmitir y comunicar todo lo que el Señor nos dio: la imposición de manos, la unción con el santo Crisma, el revestimiento con los ornamentos sagrados, la participación inmediata en la primera Consagración… La gracia nos colma y se derrama íntegra, abundante y plena en cada sacerdote. Ungidos hasta los huesos… y nuestra alegría, que brota desde dentro, es el eco de esa unción.

Una alegría incorruptible. La integridad del Don, a la que nadie puede quitar ni agregar nada, es fuente incesante de alegría: una alegría incorruptible, que el Señor prometió, que nadie nos la podrá quitar (cf. Jn 16,22). Puede estar adormecida o taponada por el pecado o por las preocupaciones de la vida pero, en el fondo, permanece intacta como el rescoldo de un tronco encendido bajo las cenizas, y siempre puede ser renovada. La recomendación de Pablo a Timoteo sigue siendo actual: Te recuerdo que atices el fuego del don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos (cf. 2 Tm 1,6).

Una alegría misionera. Este tercer rasgo lo quiero compartir y recalcar especialmente: la alegría del sacerdote está en íntima relación con el santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una alegría eminentemente misionera. La unción es para ungir al santo pueblo fiel de Dios: para bautizar y confirmar, para curar y consagrar, para bendecir, para consolar y evangelizar” “Y como es una alegría que sólo fluye cuando el pastor está en medio de su rebaño (también en el silencio de la oración, el pastor que adora al Padre está en medio de sus ovejitas) es una “alegría custodiada” por ese mismo rebaño”. “Alegría custodiada” por el rebaño y custodiada también por tres hermanas que la rodean, la cuidan, la defienden: la hermana pobreza, la hermana fidelidad y la hermana obediencia”

El Santo Cura Brochero es un verdadero modelo de cristiano, de sacerdote. Su vida es fiel reflejo del hombre de la parábola que al encontrar un tesoro en el campo, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría vendió todo lo que poseía y compró ese campo (cfr. Mt. 13, 44) Brochero es el profeta de una Iglesia en salida: una Iglesia que se acerca, que se allana para no estar distante, que sale de su comodidad y se atreve a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cf. EG 20) Evangelizar era su pasión, incluso en la gran noche de su enfermedad final.

¡Cuántos jóvenes, y no tan jóvenes hoy, al vivir este momento de gracia en nuestra Catedral, sentirán en su corazón la voz del Maestro que les dice: “Sígueme”! Son muchas las voces que suenan en sus corazones. ¿Cuál de todas será la voz de Jesús? Se preguntarán qué pasó en la vida de Martín, de Christian o de Leo, para que luego de las diversas propuestas de la vida, hayan decidido seguir a Jesús en la vida sacerdotal. Ojalá encuentren a su lado alguien que los acompañe en su discernimiento. La oración de esta Iglesia siempre estará. El Pueblo de Dios pide a gritos alegres mensajeros del Evangelio de Jesús.

Queridos Christian, Martín y Leo: luego serán ungidos sacerdotes para siempre con el óleo de la alegría; sean misioneros de la alegría, enraizados en el Amor de Jesús. No la alegría del momento pasajero, de una falsa espiritualidad que huye del compromiso con la realidad; sino la alegría del que se juega por Jesús y por los hermanos. Ante la Inmaculada Concepción, que cariñosamentve el Santo Cura Brochero la llamaba: “Mi Purísima”, todos pedimos hoy que nunca olviden que son consagrados para pertenecer sólo a Dios y a su Pueblo; que salgan de sí mismos para estar disponibles al servicio de los demás. Que siempre estén contentos de ser sacerdotes de esta Iglesia de Quilmes; que sean obedientes a su pueblo, escuchando sus deseos y necesidades, y lo socorran dándoles misericordia y consuelo. Ser misericordiosos es hacerse cargo de las personas, curar las heridas abiertas por problemas materiales, por escándalos, heridas por las falacias del mundo. Muchos se alejan por la vergüenza de mostrar las heridas… a veces se alejan quejándose de la Iglesia, de los curas… Ser misericordiosos es hacernos cargo de las personas, en una Iglesia “hospital de campaña”. Que en sus vidas sencillas muestren una Iglesia refugio de pecadores; hogar para los sin techo; casa de salud para los enfermos; lugar de encuentro para los jóvenes; rincón de alegría para los niños; caricia de madre para los abuelos; una Iglesia fuente de amor para las familias. Que todos vean en ustedes la presencia de Cristo estando siempre alegres, abrazados a la Cruz de Jesús.

Sus primeros años sacerdotales estarán marcados por la preparación y realización del Tercer Sínodo Diocesano. Todo el pueblo convocado para considerar cómo anunciar el Evangelio hoy, en estos partidos de Quilmes, Florencio Varela y Berazategui. “Es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio a los que están alejados de Cristo, «porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia» (RM 34). La actividad misionera «representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia» (RM 40) y «la causa misionera debe ser la primera» (RM 86). ¿Qué sucedería si nos tomáramos realmente en serio esas palabras? Simplemente reconoceríamos que la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia. (EG 15)

El Padre Obispo Jorge Novak, testimonio de una Iglesia sinodal en la Argentina post conciliar, nos acompañará en el desafío de pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Esa es la verdadera fuente de alegría de la Iglesia: “Habrá más gozo en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc. 15, 7) Novak desde niño tuvo un alma misionera y una profunda pasión por el anuncio de Jesús: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co. 9, 16)

Queridas familias de Christian Latricchiano, de Martín Pedraglio y de Leonardo Sala: gracias por esta entrega generosa de sus hijos a la Iglesia de Jesucristo que peregrina en Quilmes. Dios les regala un hombre sacerdote, para ofrecer el mismo sacrificio de Cristo por la salvación de todos. Suben con Cristo en la Cruz para dar vida abundante. Serán “pastores con olor a oveja”. Han nacido y han salido de las familias de ustedes. Son del pueblo y vivirán para el pueblo. La alegría de ustedes será verlos que sus corazones sacerdotales están revestidos con los nombres de la gente; que las personas de nuestros barrios y ciudades reciban a través de sus palabras y obras ese óleo de alegría que vino a traer Jesús, el Ungido. Su alegría no es la de una promoción o del logro de un escalafón en la carrera. Es la alegría de ver que uno de ustedes es consagrado para ser consuelo de los tristes, oído de los que claman justicia, manos que socorren y ayudan a levantarse; uno que da el perdón de Dios a los que acuden deseosos de reconciliación y de alivio; uno que parte el Pan de Vida en medio de los hambrientos de amor. Ustedes, queridas familias, tendrán la alegría de ver que uno de ustedes es un servidor, mediador entre Dios y los hombres, y no un funcionario de lo sagrado o un gestor de cosas religiosas. Que el Señor los bendiga cada día fortaleciendo ese amor que anima la vida de sus familias.

Queridos hermanos sacerdotes: alegrémonos por estos nuevos presbíteros que el Señor agrega a nuestra familia sacerdotal; queridos diáconos: gocemos este don de Dios para nuestras comunidades que necesitan de pastor; muy queridas religiosas, queridos religiosos, consagradas y consagrados: demos gracias al Señor por estas vidas entregadas al servicio del Reino.

Juntos pidamos a Jesús que ayude a muchos jóvenes a descubrir ese ardor del corazón que enciende la alegría cuando se tiene el coraje de responder prontamente, con confianza y generosidad, al llamado que Él les hace.

Gracias a nuestro Seminario “María Reina de los Apóstoles”, a los padres formadores, a los profesores, a las personas que allí trabajan, a los seminaristas. Hoy el Señor corona una etapa del camino de formación, tan apreciado por la Iglesia. Es en esa etapa donde el Santo Espíritu de Dios va formando a ese discípulo misionero, en la vocación de ser buen pastor para el pueblo. ¡Felicidades en este día hermoso!

“Mi Purísima”, Virgen Madre, gracias por ser Causa de nuestra alegría. Gracias por darnos a Jesús otra vez en estos tres nuevos sacerdotes. ¡GRACIAS!


+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes