HOMILIA DE LA MISA DE ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Jueves 20 de junio de 2019

Hermanas y hermanos:

Para la Iglesia que peregrina en Quilmes, hoy es un día de fiesta. La Ordenación Diaconal de estos doce hermanos nuestros que han venido formándose en nuestro Instituto de Formación Diaconal “San Lorenzo Diácono”.

También, como pueblo argentino, celebramos el Día de la Bandera, que el Gral. Manuel Belgrano nos legó, con los colores del manto de la Inmaculada Concepción.

Los corazones de estos hermanos, de sus esposas y familiares, de todas nuestras comunidades diocesanas están llenos de santa alegría. Celebramos el gran amor de Dios, ese amor que nos relata el Evangelio de hoy. Como decía el Santo Cura Brochero, “en la última Cena, el corazón de Jesús explotó de amor”.

“Permanezcan en mi amor”. Lo hemos escuchado hoy de la boca de Jesús repetidamente. Es el deseo más íntimo del Maestro y el consejo más alentador, para quienes escojan libremente, seguirle y hacer verdad su testimonio y el Mandamiento de Amor que no han de olvidar mientras vivan, abriéndoles un Camino de Esperanza y Alegría, la que nada ni nadie podrá arrebatar.

Momentos antes, Jesús les había lavado los pies. Un signo de su misión y de la misión de sus discípulos: el Servicio.

Jesús define el servir, en última instancia, en el dar la vida. Esto es lo contrario del apetito de parecer grande (“ser tenido por… grande”). En el espíritu del evangelio toda autoridad, todo encargo, se ordena al servir a los hermanos, a la comunidad. Es un servicio de amor. Servir hasta dar la vida, pero no darla necesariamente como hecho final, en la muerte corporal, física, como nuestros Beatos Mártires Riojanos. Dar nuestra vida se va expresando en dar nuestro tiempo, nuestro saber, ejerciendo nuestra profesión u oficio, nuestro trabajo, todo con un sentido social de servir a la comunidad, servir al prójimo. Servicio de la fe en querer evangelizar, con el testimonio de vivir el evangelio. Servicio de la promoción de la justicia, que es parte integrante de la evangelización. Esto vale para todo fiel cristiano; cuánto más para aquel que ha recibido el llamado de Dios para ser en medio de su pueblo signo, sacramento de Cristo Servidor, Cristo Diácono.

Hoy, en medio de esta crisis que vive nuestro pueblo, Jesús nos vuelve a recordar sus palabras: “Permanezcan en mi amor”. Las escucharemos siempre. Urge renovar nuestra fe y confianza en la presencia del Espíritu, tener certeza de que el Amor no termina ni se ausenta. No queremos vivir de las apariencias que ahora son y al instante se “hacen humo”. Nosotros sabemos a quién seguimos, en la certeza de su Amor, preludio de su Espíritu de Vida, y de vida plena. No estamos solos; Jesús nos acompaña. Él alienta nuestra fragilidad, la pequeña llama de nuestra fe y de nuestra esperanza, animándonos a permanecer en su AMOR, amando como Él nos ama, con un amor compasivo, de entrañable ternura y misericordia.

Queridos hermanos: serán ordenados para el servicio. Para hacer presente a Jesús que lava los pies de la humanidad hambrienta de fe, de esperanza, de consuelo y misericordia. Lavar los pies cansados de caminar sin rumbo y heridos por la injusticia y el maltrato. Los pies de los pobres y descartados, de los que son despreciados y olvidados. Los pies que se han embarrado en el vicio y de los que viven el encierro de la soledad. Nuestros pies; los que el mismo Jesús quiere lavar con su amor.

Leemos en la Constitución dogmática “Lumen Gentium”, del Concilio Vaticano II:

“los diáconos, reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio». Así, confortados con la gracia sacramental, en comunión con el obispo y su presbítero, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura”. (LG, 29)

Sean hombres alegres y disponibles. Personas que en la comunidad tienden puentes y no levantan muros. Que escuchan antes de hablar. Apasionados por servir a la verdad, con serenidad y dulzura. Despojados de ambiciones de poder y de privilegios. Generosos y comprensivos. Dispuestos a colaborar con las causas justas de los vecinos. Hombres de diálogo con sus fieles, con los sacerdotes y el obispo. Constructores de la unidad y de la paz.

Caminando hacia el Tercer Sínodo Diocesano, que la figura señera de nuestro primer pastor, el Padre Obispo Jorge Novak, los aliente a ser “amigo de Dios y de los pobres, misioneros incansables, defensores de los derechos humanos y servidores de la unidad de los cristianos”.

La Virgen María, es nuestro modelo de servidora. Fue quien supo escuchar a Dios y decidió ponerse en camino para el servicio. Podemos decirle:

María, mujer de la escucha, abre nuestros oídos; haz que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús entre las mil palabras de este mundo; haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, cada persona que encontramos, especialmente aquella que es pobre, necesitada, en dificultad.

María, mujer de la decisión, ilumina nuestra mente y nuestro corazón, para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús, sin titubeos; dónanos el coraje de la decisión, de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida.

María, mujer de la acción, haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan «sin demora» hacia los otros, para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús, para llevar, como tú, en el mundo, la luz del Evangelio. Amén”. (Papa Francisco, 31/05/2013) 

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes