Domingo de Ramos - 5 de abril de 2020 

Hermanas y hermanos:

Ha comenzado la Semana Santa. Es especial en este año, donde la humanidad vive el flagelo de la pandemia del Covid-19.

En todo el mundo, los obispos presidimos nuestras celebraciones de este Domingo con una reducida cantidad de fieles, como lo ha hecho hoy el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro. Los medios modernos que tenemos para comunicarnos, hacen posible que las comunidades puedan participar, desde sus hogares, de estos misterios que contemplamos en estos días santos, tan queridos por nuestro pueblo creyente.

Los ramos, de cualquier planta, que tienen en sus casas hoy han sido bendecidos desde esta Misa y de las que celebran todos los sacerdotes a lo largo y ancho de nuestra diócesis y de nuestro país.

La Palabra de Dios, que ocupa el lugar central de la oración de todos los hogares, hoy ha sido proclamada solemnemente en esta Liturgia del Domingo de Ramos.

El relato de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, y la lectura de la Pasión según San Mateo, ocupan el lugar preponderante de esta Misa.

Jesús hace su último viaje a Jerusalén. En el camino había explicado a sus discípulos qué destino le esperaba en la ciudad y lo que significaba. Ellos no habían entendido.

Jesús entra a la ciudad en una cría de burra, aclamado como Hijo de David, Enviado de Dios, cumpliendo las antiguas promesas (Za 9,9). Esto ya es un mensaje. Su reinado es muy diferente. No entra como los poderosos reyes que entraban a la ciudad montados a caballos, con gran pompa y adornado con joyas y trofeos. Es la diferencia entre poder y autoridad. El poder domina, trabaja por los demás, pero está centrado sobre sí mismo, en su propio éxito y prestigio. La autoridad, en cambio, se dedica al servicio y está centrada en el otro, cuida los más delicados signos de vida, y no se preocupa por las apariencias y por el prestigio personal.

Jesús se propone como rey, y morirá en la cruz como “rey de los judíos”, pero indica la calidad de su reinado. Él es manso, vulnerable, hombre de paz, que no necesita armas ni ejércitos que luchen y estén dispuestos a dar la vida por Él. Será Él que se dejará quitar la vida.

Entra montado sobre ese burro. Animal imprescindible para la vida de una familia, sobre todo en Galilea. Servía a la vida. En cambio, el caballo servía a la guerra y a la muerte. Es todo un gesto del rey humilde y pobre, que terminará sellando la inauguración de su reinado, como el último de todos, clavado en la Cruz. El gran Servidor de la humanidad. El Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.

En estos tiempos de pandemia, Jesús se nos muestra como modelo de autoridad, de servidor de los demás. Pensamos en todos aquellos que hoy tienen la misión de liderar, en tiempos tan desafiantes. No es tiempo para mezquindades, para oportunismos. La tentación del poder acecha siempre. El Domingo de Ramos nos presenta a un Rey, que desde la humildad nos propone un modelo de servicio en el amor. Desde los que tenemos grandes responsabilidades públicas, hasta el más pequeño lugar en los barrios y ciudades del país.

Pongamos en el Corazón de Jesús, a todos los que tienen la misión de gobernar, para que no se dejen dominar por las ambiciones de poder, sino que sirvan al pueblo con generosidad y grandeza de ánimo, contando con sus limitaciones personales, pero confiando la fuerza de la honestidad y la transparencia de sus acciones públicas. Que los ciudadanos, no nos dejemos llevar por nuestras apetencias individuales y siempre tengamos presente a los demás, a los conciudadanos, particularmente a los más frágiles y desprotegidos de la sociedad.

El pueblo que aclamó a Jesús entrando a Jerusalén, tenía sus sueños de grandeza. Estaban deseosos de un nacionalismo basado en el poder de la fuerza, del dinero y de la guerra. No lo entendieron a Jesús.

Hermanos, que nuestros sueños, en este momento en que vivimos, no estén cimentados en el dólar, en las finanzas, en las competencias del mercado, sino que nuestros sueños sean la fraternidad, el servicio, la ternura y confianza en Dios.

Que al comenzar esta Semana Santa tengamos muy claro el anuncio que nace del Misterio de Cristo, anuncio que se grave en nuestro corazón y que todos, desde el más niño hasta el más anciano debemos proclamar cada día de nuestra vida:

“Dios te ama”, “Jesús te ha salvado” y “Él vive”. El vive en nuestros corazones por la fuerza del Espíritu Santo que se ha derramado en nosotros.

Todos estos días, recemos en nuestra casa. Utilicemos esas celebraciones sencillas que se han distribuido a través de los WhatsApp, de Facebook, y otras redes. Que la Palabra de Dios anime y sea el centro de nuestra oración y de nuestras devociones en estos días.

La Virgen María, que estuvo siempre junto a Jesús, y de modo silencioso y valeroso junto a la Cruz, nos acompañe en esta Semana Santa llena de pruebas, pero preñada de Esperanza.

 
+ Carlos José Tissera
Obispos de Quilmes