Homilía en el III Domingo de Pascua   

 

Capilla del Obispado
18 -04-2021

 
Hermanas y hermanos:

Hoy el Señor nos dice: “Ustedes son testigos de todo esto” (Lc. 24, 48). Hasta hoy, después de tantos siglos, la Iglesia sigue predicando que Jesús ha resucitado, la Buena Noticia. Y lo celebramos de modo particular durante todo este tiempo de la Pascua. En este contexto de ahora, como en tantos lugares del mundo, en que estamos retirados en nuestras casas, con distanciamiento, en medio de una pandemia feroz.

El año pasado estábamos asustados, ahora ya todos tenemos algún amigo, algún conocido, algún familiar que se contagió o que, desgraciadamente, ya ha muerto. Cunde la muerte y la enfermedad. Pero asumimos el momento, con los medios que tenemos, cuidándonos, vacunándonos en la medida que van llegando las vacunas, a cuentagotas en todo el mundo. Todos sabemos que la pandemia ha traslucido la realidad triste de la humanidad, la gran desigualdad, las grandes injusticias. En definitiva, la miseria del corazón humano.

Pero nosotros estamos, precisamente, mirando siempre a Jesús. Porque en tiempos difíciles, más tenemos que mirarlo, contemplarlo. Hoy el Señor nos dice: “miren”, “miren mis manos y mis pies, soy yo mismo” (v. 39). Mirarlo a Jesús. No quedarnos encerrados en nosotros mismos. Esto que vivimos, el encierro: ¿para qué? Es para guardarnos, para contemplar, retraernos para mirar “más allá”. Es tiempo de más amor. Eso es el tiempo de la Pascua: tiempo de mayor amor.

Los apóstoles también estaban recluidos, encerrados; llenos de temor, de miedo, de recuerdos tremendamente dolorosos; como esos discípulos de Emaús, que iban por el camino discutiendo, enojados…Pero Jesús resucitado ¿qué es lo que hace? Los invita a abrirse a la paz. “La paz esté con ustedes” (v. 36) ¿Qué es la paz? La paz es Jesús, el Señor mismo. ¿Por qué es la paz para nosotros? Porque derrama su Espíritu, porque derrama su amor en nosotros. El amor produce la paz; el amor es que realiza la unidad; el amor produce la alegría. Son los dones del Resucitado. Si bien la muerte había asustado y había encerrado en tristeza amarga a los discípulos, el Señor resucitado viene a transformar, a sobreponerse a una triste realidad, que todos conocemos y la sufrimos. No estamos sólo para morir. Jesús es Vida. Jesús nos invita a vivir siempre con Él. Para eso ha resucitado. Para que en el caminar de la vida, donde sufrimos tantas muertes (muerte a nosotros mismos, a tantas cosas que perdemos, y también a seres queridos) nosotros sigamos anunciando que la vida es Jesús. Él ha resucitado. Este es el mensaje.

Por eso, en este tiempo particular, en el que tenemos que abstenernos de muchas cosas, de gustos, deseos… (A quién no le gusta salir, hacer visitas…) ¿Qué vamos a hacer? Precisamente, en la Diócesis de Quilmes hacemos esta propuesta: “pongámonos en un estado de oración”. Es lo que nos va a ayudar a todos. Para acompañar mejor a los enfermos, para sobrellevar las dificultades que tenemos en casa; para unirnos más; para mirarnos y descubrirnos que “todos estamos en la misma barca”, con muchas necesidades… Y de esta manera, poder abrirnos para que Dios entre en nuestra vida, en nuestro corazón.

Nadie tiene la solución; nadie lo sabe todo de cómo enfrentar esta pandemia, como a veces vemos a algunos que se creen… no sé qué. Sólo Dios puede llenar nuestro corazón, e invitarnos a esto que hoy nos dice en el Evangelio “vaya y sean testigos”; vayan y muestren que el amor es el que realmente sana los corazones, nos fortalece, aún en circunstancias muy, muy dolorosas. El amor es el que hace que también abracemos la realidad triste de la muerte con esperanza. Este es el mensaje cristiano. De lo contrario, realmente estamos perdidos.

Que la Palabra de Dios de este fin de semana nos ayude a transitar estas horas, estos días, mirándolo a Jesús. Mirando a Aquél que entregó su vida por nosotros para darnos ese Espíritu que a Él mismo lo ayudó a llevar la cruz, el sufrimiento, la soledad, la amargura, sabiendo que la vida es más fuerte que la muerte; sabiendo que el amor es realmente el que nos va a sostener día a día.

Por eso, en esta Misa rezamos por los que han fallecido, para que gocen de la gloria de Dios. Rezamos por sus familias, que están traspasadas por ese dolor, y los acompañamos con nuestro respeto, nuestro silencio, nuestro cariño. También rezamos por los enfermos; por los médicos y médicas, enfermeras y enfermeros, personal de la salud; rezamos por aquellos que se quedan desprotegidos, que no tienen para lo de todos los días; por aquellos que los ayudan. Rezamos para que, en estas circunstancias, reaccionemos con más amor y, al modo como podamos cada uno, lo podamos expresar no sólo con las palabras sino sobre todo con nuestro ejemplo, como hoy hemos escuchado en la segunda lectura: “en aquél que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud” (1 Jn. 2, 5ª)

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes