Homilía del V Domingo de Pascua   
Capilla del Obispado – 02 de mayo de 2021

Hermanas y hermanos:

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ayuda a vivir más hondamente el misterio de la muerte y resurrección de Jesús, el gran misterio de nuestra vida. El evangelio nos narra la alegoría, la comparación de la vid. En la historia del pueblo de Israel aparece muchas veces esta comparación; esa viña que Dios ha plantado y que no ha dado buenos frutos. La verdadera vid es Jesús, quien inaugura una nueva y definitiva etapa en la historia de la salvación.

Jesús habla en el marco de la última cena, relato iniciado con la narración del lavatorio de los pies y el mandamiento del amor. En el capítulo 15, encontramos esta alegoría de la vid y los sarmientos. “Yo soy la vid… ustedes los sarmientos… mi Padre, el viñador”. No sólo seguimos a Jesús porque Él es nuestro Camino, sino porque Él es nuestra vida. No somos cristianos sólo por saber cosas de Jesús, sino porque vivimos de Él; porque Él es nuestra vida. En el bautismo el Espíritu Santo nos ha comunicado la vida divina, por la que somos hijos de Dios. Por eso hoy Jesús nos dice que estamos insertos en Él, como las ramas unidas al tronco de la vida que es Él mismo. “Sin mí, nada pueden hacer”. Ciertamente podemos hacer muchas cosas buenas, realizar nuestra vida, desarrollarnos, pero es Él quien da vida plena a todas nuestras realizaciones; todo es gracias a esa vida que Él nos da. Y el Padre, muchas veces, poda para que demos más fruto todavía.

La Palabra nos invita a permanecer en Jesús. ¿Qué es permanecer en Él? El mismo Juan lo dice en su primera carta, en la segunda lectura: “El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él” (1 Jn. 3, 24). ¿Cuál es el mandamiento?: “que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó” (v. 23). Esto es permanecer en la vid; creer que Jesús es nuestra vida y amarnos unos a otros como Él nos ha amado. Por eso la misma carta dice hoy: “Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad” (v. 18). ¿Cuáles son las obras? Precisamente las obras de la caridad, del amor. Esos son los frutos que espera el Padre, como hoy nos dice Jesús: “La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos” (Jn. 15, 8). Ese fruto abundante son los frutos del amor, de la caridad; crear solidaridad, crear fraternidad. Esa es la obra de la Iglesia, formar comunidades, vivir como hermanos. Es lo que hoy nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Bernabé presenta a Pablo a los demás discípulos en Jerusalén; ellos están asustados, preguntándose sobre Pablo que hasta hace poco los había perseguido y que ahora era presentado como uno de ellos. Bernabé se ofrece como garante, testimoniando que Pablo ha experimentado un encuentro con Jesús Resucitado, y que Él lo ha cambiado con la fuerza de su Espíritu y lo constituyó apóstol suyo. Al principio les costó aceptarlo, pero luego lo envían a evangelizar a los gentiles, constituyéndose en fundador de innumerables comunidades cristianas. Nos pasa también en nuestras comunidades, que nos encerramos, desconfiando unos de otros; y el Espíritu Santo es el que va suscitando tantas personas que puedan crear fraternidad, aceptándonos unos a otros, con diferentes carismas, con distintos modos de ver las cosas, pero unidos en la fe y en verdadero amor cristiano.

Los frutos que Dios espera son frutos de solidaridad y fraternidad. Hoy lo podemos decir con mucha más fuerza, en este tiempo difícil que nos toca afrontar. Está la tentación de salvarse cada uno como pueda, o de salvarnos todos juntos; o sea, todos juntos hacer frente a esta crisis que vive la humanidad. No sólo por la enfermedad, sino por todas las consecuencias que la pandemia trae, en lo económico, en lo laboral o social. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué camino elegiremos? ¿Vamos a buscar salvar nuestros propios intereses, muchas veces muy mezquinos? O por el contrario, viendo el panorama de la realidad que nos rodea, solidarizarnos para estar a la altura del que más sufre, del más débil, del que tiene menos oportunidades. Tenemos que prepararnos para salir de este momento que daña no sólo a las familias, sino que daña a toda la sociedad. Los frutos abundantes que el Padre Dios nos pide son los frutos de fraternidad, de solidaridad. A mayor dolor y sufrimiento que vivimos, más tenemos que estar unidos a Jesús. Y estar unidos a Jesús significa eso, poder vivir su mandamiento, no sólo de palabra sino con obras y de verdad. Viviendo el amor cristiano, la fraternidad.

Hace unos días la Conferencia Episcopal Argentina ha proclamado Patrono de la Animación Bíblica de la Pastoral al Beato Mártir Wenceslao Pedernera, el laico de los cuatro mártires riojanos. El creyó en Jesús y su Evangelio, y dio frutos abundantes. Nacido y bautizado en un pueblo del oeste de San Luis, de joven se fue a trabajar a Mendoza. Por insistencia de Marta Ramona Cornejo (Coca) contrae matrimonio por Iglesia. Trabajaba en las fincas de una bodega. Era un cristiano no tan practicante; pero en una novena de la Virgen de la Carrodilla, el evangelio caló hondo en su corazón. Desde entonces nunca dejó de leer el Evangelio cada día; verdaderamente se “enamoró” del Evangelio. Empezó a formar parte del movimiento rural de la Acción Católica. Con otros campesinos formó una cooperativa de trabajo. Posteriormente quiso ir a ayudar a los trabajadores de La Rioja, donde conoció a Mons. Angelelli. Los sábados, junto con sus compañeros, leían la Palabra de Dios y la llevaban a su vida diaria. Su compromiso cristiano lo llevó a que lo acusaran de “comunista” y lo “ficharan” para matarlo. Nada justifica que por las ideas que tenga una persona deba ser matada. El 25 de julio de 1976, de noche, golpearon la puerta de su casa. Él abrió, pensando que sería algún vecino requiriendo ayuda como era habitual, pero un grupo armado de fuerzas especiales lo acribillaron. No murió en el momento; horas después antes de morir pidió a sus hijas: “no odien; perdonen”. Así murió Wenceslao.

Ahora es el Beato Mártir Wenceslao Pedernera, Patrono de la Animación Bíblica de la Pastoral y de los Animadores Bíblicos. Y la Conferencia Episcopal dispuso que el 25 de julio, día de su martirio, sea el “Día del Animador Bíblico”. Es un laico que nos enseña que escuchar la Palabra de Dios nos identifica con Jesús, llevando a algunos al punto de dar la vida por Jesús y su Evangelio, esos son los mártires; otros, haciendo tantas obras que permanecen en la vida de la sociedad y de la Iglesia, desgastándose en el servicio a los demás, dando verdaderos frutos de caridad.

Que esta Palabra de Dios nos aliente para sostenernos unos a otros en estos momentos difíciles, ayudándonos y orando unos por otros, como hoy Jesús nos dice: “Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán” (Jn. 15, 7) Porque estamos unidos por el amor a Jesús y a los demás, orando unos por otros, permitiendo que el Espíritu nos fortalezca en las buenas y en las malas.

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes