Homilía del VI Domingo de Pascua

Capilla del Obispado – 09 de mayo de 2021

Hermanas y hermanos:

Seguramente después de escuchar estas lecturas, quedan como repiqueteando en nuestros oídos y en el corazón las palabras: amor y permanecer. Durante todo este tiempo celebramos con alegría este gran misterio de la Pascua, que tiene como centro la persona de Jesús que muere y resucita, vencedor del poder del pecado y de la muerte, y lo recitábamos en el Salmo: “El Señor reveló su victoria a las naciones”. Es la fuerza del poder del amor de Dios que ha vencido el poder del odio y de la muerte y que se difunde, como hemos escuchado en el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles. El evangelio llega al corazón de una familia pagana, a la casa del centurión Cornelio; Pedro, cabeza de los apóstoles, va a la casa de este pagano, cosa que no se le permitía a un judío, y allí comenta “veo que Dios no hace acepción de personas”, no hace diferencias, para Dios todos somos iguales, somos sus hijos queridos. Para ellos, también resucitó Jesús. Ellos han creído en Jesús y por eso lo llaman a Pedro; el Espíritu se había derramado en sus corazones, y debido a eso Pedro dice: “¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a los que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?” (Hch. 10, 47) Así es como la Iglesia primitiva rompe ese cascarón de la ley judía para hacer presente la fuerza de la fe en Jesús, y hace brotar eso tan bello que es el amor de Dios, puesto que el Espíritu Santo es el amor de Dios derramado en nuestros corazones. Es la obra del Resucitado. Es el amor del Padre que quiso que su Hijo se entregara por nosotros en amor, dando la vida por nosotros en la cruz; como dice San Pablo: “Me amó y se entregó por mí”, así el amor de Jesús se va derramando en nosotros y en todos aquellos que quizás nunca habían escuchado hablar del Dios de Israel y sus promesas; ese Dios presente en su pueblo y que iba preparando su venida. Ese Dios que se hizo carne en María virgen, que predicó el Reino y dio su vida para instaurarlo: es Jesús. Él ha resucitado, y es lo que celebramos con alegría durante todos estos días.

La segunda lectura de hoy es una página bellísima de la Sagrada Escritura, que dice “El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Qué bella definición. Ese Dios que nos amó primero y que permite que nos sepamos muy queridos por Él y nos hizo sus hijos. Jesús hoy nos dice en el evangelio: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor”. Jesús lo dice en la última Cena; Jesús abre su corazón y nos muestra lo más íntimo: el Padre. Él ama al Padre porque el Padre lo ama, y dice: “como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes”. Y Jesús nos deja el regalo de su presencia en la Eucaristía que ahora estamos celebrando, presencia viva en el pan y el vino, como comida y bebida, haciéndonos comensales de algo tan precioso como su amistad. “Ya no los llamo servidores… yo los llamo amigos”. “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. Esto es lo que celebramos en el tiempo de la Pascua y todos los días de la vida; el triunfo de ese amor que conlleva la muerte. El signo de los cristianos, desde los primeros tiempos, es la Cruz. Porque Cristo en la Cruz dio la vida. Por eso, para nosotros la cruz no es signo de muerte final, es signo de amor. El amor conlleva el sufrimiento y la entrega, “no hay amor más grande que dar la vida”. Dar la vida es doloroso; es dejar el yo, en el segundo lugar. Es vaciarse de uno mismo para que ese amor de Dios corra, se derrame y se transmita. Como la madre que prefiere la vida del hijo a la suya; como tantos santos, a lo largo de la historia, que dieron totalmente su vida por los demás, que llevaron ese amor al colmo, hasta ofrecer su vida por otros, como fue el caso de San Maximiliano Kolbe; él se ofreció morir a cambio de un compañero de pabellón en la prisión nazi, para que ese hombre pudiese volver junto a su esposa y sus hijos. Es un caso extremo; pero es el amor que anima a tantas y a tantos en las pequeñas cosas de todos los días. La vida cristiana se resume en esto: la caridad. Donde hay amor, ahí está Dios. Ese es el “olfato” que tienen los sencillos, los humildes, que ven esos “amasados” en el amor, todos los días, donde seguramente están los ingredientes de sudor, lágrimas, sacrificios, pero hay alegría. Éste es el misterio de la Pascua: muerte que da vida. Eso lo vemos en la intimidad de los hogares; en los lugares de trabajo; en las calles; lo vemos en todas partes. No aparecen en los grandes titulares de los diarios, salvo alguna que otra vez y, a veces, porque atrae plata. Ese amor que hace que se sostenga una familia, una comunidad, un país. Se habla mucho en este tiempo de las restricciones; es un sacrificio. Pero qué distinto es cuándo se lo hace por obligación que cuando se lo hace por amor. La motivación profunda en los grandes cambios en la vida de una persona, de una sociedad, es el amor. Cuando esos corazones están movidos por el odio, el resentimiento, el rencor, la venganza, es pan para hoy y hambre para mañana.

El amor perdura, permanece. El amor hace que una familia esté consolidada, y brille en la crianza de los hijos. Es lo que se siembra y luego da frutos, frutos de vida. Eso hace que un corazón se mantenga alegre; alegría serena, profunda; alegría del amor que se brinda. Es la alegría de los padres al ver crecer a sus hijos y se alegran con sus logros para ellos mismos, para sus familias. Es la alegría de saber que se brindaron, que se dieron a ellos; la alegría del que cosecha después de una siembra y una espera que seguramente tuvo sus sufrimientos. Ese es el amor que mueve y que cambia. En estos tiempos de restricciones, muchos reparan en lo que dejamos, en lo que no podemos hacer, lo que nos quitan; pero, por qué no vemos todo lo que se está haciendo para prevenir, para evitar que otros se enfermen, que otros tengan que cargar con el trabajo pesado y angustioso para salvar vidas, como lo están haciendo los y las enfermeras, médicas y médicos, todo el personal de la sanidad. Ellos están haciendo sacrificios inconmensurables para que otros vivan, para que otros se sanen, mientras algunos grupos de la sociedad sólo están pensando en el fin de semana que no pueden salir, en sus distracciones o paseos. El amor es el que puede hacer que nuestros sacrificios y privaciones las podamos realizar con mayor fuerza, sin mucha “alaraca”, y así construir una comunidad, una fraternidad que se hace, no a fuerza de leyes y obligaciones, sino a fuerza de amor. Es verdad que habrá normas que cumplir, pero son para que haya vida, vida fuerte y en abundancia.

El Señor nos invita a permanecer en su amor. Por eso es importante la oración. Por la pandemia, no podemos hacerlo con la reunión de grandes multitudes, grandes celebraciones de oración (como añorábamos ayer en el día de la Virgen de Luján), sino que lo hacemos en pequeños grupos, y por las nuevas tecnologías de comunicación. Estamos unidos igualmente por la oración que hacemos en casa. Dios presente. Presente porque hay fe, porque hay confianza, porque hay abandono a su voluntad y hay deseos de ser mejores, de dar una mano, mirar alrededor, y ser considerados, respetuosos de la vida y del sufrimiento de los demás. Ese amor que muchas veces falta; pero no nos quedamos en los lamentos. San Juan de la Cruz escribía en una carta a una religiosa: “donde no hay amor, poné amor y sacarás amor”.

Por eso, hermanas y hermanos, en medio de tantas cosas que vivimos, en este momento de tanto sufrimiento y tanto dolor que todos vivimos, tenemos que dejar que la Palabra de Jesús nos guíe: “Amense los unos a los otros, como yo los he amado”. ¡Es muy grande…! Pero es obra del Espíritu Santo. No es sólo una decisión nuestra. No es una pura voluntad nuestra. Es la decisión de dejarnos amar por Jesús y la decisión de entregar nuestra vida en amor sincero cada día.

La Virgen de Luján sea la que nos ayuda a escucharlo al Señor, a vivir su Palabra y a vivir el hoy, vivir el presente; gozar de las pequeñas cosas; ser agradecidos, corresponder a los amores que recibimos. No quedarnos mirándonos nosotros mismos, sino mirando a quien tenemos a nuestro lado, y así, la Virgen, modelo de amor y de entrega, sabrá atraernos del Señor todo lo que le pidamos. Jesús en el evangelio, hoy, nos invita a ser confiados en la oración. Nos dice: “Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, él se lo concederá”.

Así sea.
 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes