Homilía de Pentecostés 
Capilla del Obispado – 23 de mayo de 2021
 
Hermanas y hermanos:

“Al atardecer...” Así comienza el evangelio de hoy. Llega la noche. Pero esta vez es “el primer día de la semana”. Es la Pascua. Los discípulos “se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos”, en un lugar indeterminado. Puede ser cualquier comunidad de discípulos cuando no está el Señor, sino que domina el miedo, sin ganas de salir a pronunciarse como discípulos del Crucificado. El mundo les da miedo. Su única seguridad son las puertas cerradas.

Todo es diferente cuando se aparece Jesús. Él es la roca firme. “La paz esté con ustedes” es el saludo del Resucitado. Ofrecimiento de la misericordia que perdona mostrando las llagas gloriosas. Reencuentro con el Señor, el mismo a quien ellos abandonaron y traicionaron, ofreciendo ahora perdón y reconciliación. Paz como don de la Pascua que produce abundantes frutos de alegría y esperanza, de amor y ternura, de confianza en los demás; paz liberadora del miedo y la angustia.

“Les mostró sus manos y su costado”, los signos de la muerte en Cruz. Ha vencido a la muerte. Llagas gloriosas que destellan amor extremo: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. El miedo a la muerte, el más hondo de los miedos, ha desaparecido. La vida ha vencido.

Muchas de las expresiones de enojo y de bronca, gestos y actitudes violentas que se difunden masivamente por los medios de comunicación, nacen del miedo. Un miedo profundo y existencial. Hoy Jesús nos saluda: ¡la paz esté con ustedes! El miedo nos quita la paz. No el miedo lógico que evita un peligro. Comúnmente decimos: “el miedo no es sonso”. Se trata de un miedo de la mente. Miedo a cosas que podrían ocurrir, pero que en verdad no sabemos si ocurrirán. Es un miedo que nos descontrola, nos da inseguridad, nos quita la paz. No nos deja vivir el presente. No nos permite ser agradecidos con los que somos y tenemos. Ciertamente siempre habrá luces y sombras, días alegres y días tristes, pero esas tristezas son distintas del tener miedo. Seguramente tenemos que cuidarnos, pero cuidarnos sin que el miedo nos paralice y nos estruje el corazón para que nazcan de él los resentimientos y rencores, los odios y deseos de venganza, el egoísmo del “sálvese quien pueda” en vez de salvarnos juntos. El miedo no nos deja ser agradecidos. Jesús nos da la paz y nos libera del miedo, como a los apóstoles, y nos regala la libertad de los hijos de Dios. Y ese Espíritu embarga nuestra alma de profunda alegría para alabarlo y bendecirlo porque Él es el Señor.

Hoy, en la Secuencia, hemos pedido al Espíritu que venga a nosotros porque es descanso en el trabajo, templanza en las pasiones, alegría en nuestro llanto; que lave nuestras manchas, riegue nuestra aridez, sane nuestras heridas, suavice nuestra dureza… Lo pedimos como regalo; solos, no podemos.

A partir de la certeza que la muerte ha sido vencida, Jesús envía a los apóstoles. Como el Padre lo envió, ahora ellos deben cumplir la misión de comunicar esa vida. Por sí solos no podrán. Por eso “sopló sobre ellos y añadió: reciban el Espíritu Santo”. Ellos nacen de nuevo, por la fuerza del Espíritu. Jesús crucificado entregó su espíritu al Padre, y ahora lo comunica a los discípulos. También nos recuerda al soplo sobre Adán. Es un gesto creador: nace una nueva creación. Esos discípulos que durante la pasión mostraron el barro del que estaban hechos, ahora reciben el soplo del Resucitado para anunciar la Buena Nueva: ¡Cristo ha resucitado! ¡Somos hijos de Dios!

San Pablo VI decía: “No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo… No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu” (EN 75)

Ese Espíritu nos fortalece para vivir la Palabra y testimoniarla. Por eso él también gustaba decir: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan… o si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio" (EN 41)

El Espíritu capacita a los discípulos para que sean portadores de misericordia, de compasión, mensajeros de perdón, que algunos rechazarán, pero muchos aceptarán agradecidos por tanto amor gratuito: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.

En medio tanto miedo que hoy vivimos, rodeados de muerte y dolor; inmersos en un mundo afligido por la miseria, la enfermedad y la pobreza, nosotros ponemos nuestra seguridad en el Resucitado que sigue soplando su Espíritu para que hagamos presente con nuestros gestos y palabras, con nuestra vida entera, la gran compasión de Jesús, su amor misericordioso que vence todo egoísmo y rencor. Amor más fuerte que la muerte.

Hermanas y hermanas, en estos días el Papa Francisco ha invitado a toda la Iglesia a iniciar en octubre un camino sinodal. Nosotros lo venimos transitando como diócesis de Quilmes, hacia el Tercer Sínodo. Ahora también de la mano de todas las Iglesias de Latinoamérica y El Caribe, hacia una Asamblea Eclesial. Son las novedades del Espíritu que anima y guía a la Iglesia.

Nos confiamos a la Virgen María. “Ella se dejó conducir por el Espíritu, en un itinerario de fe, hacia un destino de servicio y fecundidad. Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación, y para que los nuevos discípulos se conviertan en agentes evangelizadores” (EG 287).

 
+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes